La última oración de los mártires cristianos. Jean Leon Gérôme (1883) /WikimediaLa última oración de los mártires cristianos. Jean Leon Gérôme (1883) /Wikimedia
La última oración de los mártires cristianos. Jean Leon Gérôme (1883) /Wikimedia

Vivimos en una sociedad poscristiana, nos guste o no. Y puesto que la realidad tiene horror al vacío, el espacio mental dejado por el cristianismo ha sido ocupado por la religión progresista. Una doctrina que carece de Iglesia o siquiera de un libro oficial de referencia, lo cual es una de las causas de su fuerza: es muy difícil resistirse a algo difuso, que está infiltrado en todas partes, incluida la Iglesia católica.

Sin embargo, no es difícil definir los principios fundamentales de la religión poscristiana. Según Paul Johnson, la visión moderna del mundo (lo que aquí denomino progresismo) triunfó al popularizarse “la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio, de bien y mal, de saber y, sobre todo, de valor.”

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El historiador y periodista inglés señala el momento simbólico en que se produce ese triunfo: el 29 de mayo de 1919, cuando las observaciones de un eclipse solar confirmaron espectacularmente una de las predicciones más audaces de la Teoría General de la Relatividad de Albert Einstein, aquella según la cual los rayos de luz no siguen trayectorias euclidianas a escala astronómica.

En realidad, la teoría de Einstein, pese a su nombre, no afirmaba que todo sea relativo. Al contrario, establecía un nuevo absoluto que desafía la intuición de cualquiera: la velocidad de la luz permanece constante, sea cual sea la velocidad del observador que la mida. Si la teoría de Einstein pudo malinterpretarse, con burdo oportunismo, como un apoyo científico del relativismo, fue por la influencia de pensadores como Marx y Freud.

Marx y Freud cuestionaron radicalmente la idea de responsabilidad individual, de que existiera un orden moral objetivo

Mientras que el primero redujo la cultura, incluyendo los principios morales, a una segregación de las condiciones económicas de la existencia, el segundo explicó la conciencia personal como una interiorización de la represión social de nuestros impulsos sexuales. Cada uno a su manera, ambos cuestionaron radicalmente la idea de responsabilidad individual, de que existiera un orden moral objetivo, “herencia conjunta del judeocristianismo y el mundo clásico.”

Aldous Huxley, en su célebre novela Un mundo feliz, sitúa mordazmente el inicio de la “era de Ford” (como expresa abolición de la era cristiana) en 1908, con la introducción del “modelo T” de automóvil, considerado el arranque de la moderna civilización basada en la producción en serie y el consumo de masas. Sea como fuere, entre esa fecha y la propuesta por Johnson, estallaría la Primera Guerra Mundial, madre del bolchevismo y del fascismo, dos movimientos “modernistas” que, pese a su apariencia antitética, fueron las dos caras de una misma moneda.

Las ideologías totalitarias no son otra cosa que una exacerbación de la idea progresista según la cual el hombre es el dueño exclusivo de su destino, carece de una naturaleza esencialmente inalterable y por tanto le está permitido hacer tabla rasa con todo legado cultural, percibido como una rémora para la ambición prometeica de la emancipación total.

“Todo es posible” era el auténtico lema totalitario, según Hannah Arendt. ¿Y qué progresista de nuestros días no lo suscribiría, entusiasmado ante las posibilidades crecientes que brinda la bioingeniería, sean cuales sean las dudosas implicaciones éticas de algunas de ellas?

Cien años después, el relativismo moral no ha dejado de afianzarse en nuestra cultura occidental. La pérdida de referentes trascendentes se ha traducido (más aceleradamente tras mayo del 68) en un subjetivismo que lo impregna todo, y que resulta especialmente patente en la subversión de la moral sexual judeocristiana, llegando hasta la negación del derecho a la vida del no nacido.

¿Qué entiendo por subjetivismo? Se comprenderá fácilmente: “Si se quieren, ¿por qué no pueden casarse?” “Si quieren tener un hijo eludiendo el método natural, ¿por qué no?” Y así todo. El sentimiento, erigido en única guía de la moral y la política.

La incompatibilidad radical entre cristianismo y progresismo fue evidente allí donde se implantaron los regímenes marxistas, y no es de sorprender que países como Polonia o Hungría, que han escapado hace pocos años de la tiranía comunista, hayan reaccionado tratando de reencontrarse con sus raíces cristianas.

El progresismo se presenta falazmente como un cristianismo depurado, sin las “partes antipáticas”

Ahora bien, el progresismo es mucho más peligroso en la medida en la que evita chocar frontalmente con el evangelio, y se presenta falazmente como un cristianismo depurado, sin las “partes antipáticas”, como lo son su exigente moral sexual y sus afirmaciones más indisimulablemente sobrenaturales, tan difíciles de digerir para la mentalidad seudocientífica imperante.

Este progresismo sibilino ha tenido un indudable éxito en introducirse entre numerosos cristianos, convencidos de buena fe de que el cristianismo es ante todo una doctrina social, de liberación de los pobres y denuncia de los ricos, y que quienes tienen algo que objetar al progresismo desde las Escrituras, la tradición y el magisterio de la Iglesia son “ultracatólicos” y ”fundamentalistas”.

Resulta comprensible, en consecuencia, que muchos cristianos que perciben con claridad la radical incompatibilidad del progresismo (en particular la ideología de género) con la Verdad encarnada en Jesucristo, intenten hacerle frente poniendo entre paréntesis sus propias creencias fundamentales, apelando exclusivamente a la moral natural y la razón.

Desde luego, esto es algo necesario, aunque sólo fuera porque muchos no creyentes siguen siendo “cristianos culturales”, y no estamos precisamente en condiciones de menospreciar su noble ayuda. Si ello además les ayuda a ellos eventualmente a terminar replanteándose su agnosticismo, mejor que mejor.

Pero no debemos caer en el extremo de ocultar nuestra condición de cristianos, y menos aún transigir con una deformación “simpática” del cristianismo, que lo trivialice y reduzca a un programa que pudiera asumir hasta un extraterrestre, evocando al entrañable E.T. de Spielberg, que se despedía de sus amigos diciéndoles “¡sed buenos!”

No basta con ser buenos, si se entiende por “bueno” cualquier cosa que no contraríe mis sentimientos ni los de quienes me rodean. No murió Cristo en la cruz para que le caigamos bien a todo el mundo. Y si no creemos en su carácter divino, al menos no finjamos que podemos prescindir de éste sin desnaturalizar el sentido de su vida, y por ende el de toda vida humana.

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Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.