El muerto era un cabrón

    Eso es el hombre. Un cabroncete -algunos unos cabronazos- con destellos más o menos visibles de verdad, bondad y belleza. Conviene tomar distancia de los escarnios públicos que demonizan al enemigo -algún día no muy lejano el escarnio será contra nosotros.

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    Imagen referencial /Pixabay
    Imagen referencial /Pixabay

    En Un mundo feliz, de Aldous Huxley, a los niños se les esconde la muerte para evitarles el dolor y hacerse preguntas incómodas. A nosotros, hoy, se nos esconde quién es el muerto para que nos sea fácil amar u odiar. Pero igual que con Huxley, nada es real.

    Vivimos en un mundo en el que parece que solo la muerte nos capacita para hurgar en el corazón de nuestro enemigo, y por eso siempre llegamos tarde en el amor.

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    Desconfío de quienes santifican a todos los difuntos, y desconfío también de quienes son incapaces de ver una brizna de bondad en los que todavía corretean por el planeta tierra.

    Unos y otros parecen desconocer la realidad del hombre, y unos y otros parecen moverse por impulsos esquizofrénicos que los alejan de lo real para acercarlos al fantástico mundo de las ideas.

    Hace poco hablaba con un abogado penalista, José María de Pablo, quien me decía algo que hago mío. Por su trabajo ha conocido a personas que han cometido malas acciones, y me decía: “No conozco a nadie que por muy malo que sea no tenga algo de bondad en su corazón”.

    Eso es el hombre. Un cabroncete -algunos unos cabronazos- con destellos más o menos visibles de verdad, bondad y belleza. Y eso los cristianos deberíamos ser los primeros en entenderlo y defenderlo.

    El mundo, que no entiende el sufrimiento, y huye del dolor y de la cruz, demoniza a quien no ama ni quiere amar, y convierte en santo súbito a quien quiere en los altares de la opinión pública, porque este es el único modo de conseguir que la gente los ame.

    «Hay que desconfiar de obituarios de ciertos difuntos que no conocemos, que niegan que nuestra naturaleza esté caída»

    Nuestra obligación es mostrar al mundo que, de lo que se trata, es de amar a cabrones y cabroncetes, y de encontrar también en ellos esos destellos de verdad, bondad y belleza que a veces no nos deslumbran tanto como quisiéramos. Nuestro propósito es mostrar al mundo que nuestro amor nace de lo Alto, y que no hace distingos entre amigos y enemigos, cabroncetes y seres de luz. 

    Y a medida que vamos viviendo, descubrimos que los más cabroncetes son aquellos con quienes más compartimos y a quienes más nos cuesta querer, y los que más lejos nos quedan, aquellos a quien más fácilmente santificamos y menos cuesta querer. Y estamos llamados a querer al prójimo, que es el más próximo, y por tanto del que más evidente se nos hace cada uno de sus defectos, y por eso hay que desconfiar de obituarios de ciertos difuntos que no conocemos, que niegan que nuestra naturaleza esté caída y nos hacen creer que existe alguien que puede ser mejor que nuestra esposa, nuestros padres y amigos, y nada más lejos de la realidad.

    Y por eso conviene tomar distancia de los escarnios públicos que demonizan al enemigo -algún día no muy lejano el escarnio será contra nosotros-, y muy lejos también de esas canonizaciones laicas -y religiosas- con el difunto de cuerpo presente. Porque lo uno y lo otro nos impide amar verdaderamente, y por tanto, es profundamente enemigo del hombre.

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