Ilustración de unos clérigos.
Ilustración de unos clérigos.

¿Se imaginan poner a un becario recién salido de la universidad a dirigir una empresa como Repsol, El Corte Inglés, Iberdrola o Telefónica? Sin duda, sería una temeridad y esa multinacional, probablemente, se iría al garete. Pues, aunque no lo crean, está pasando algo así en la Iglesia católica. Y me explico.

No hace mucho, visité el magnífico monasterio de Cañas, en La Rioja, cerca de los más conocidos de Suso y Yuso. Allí, en la espléndida sala capitular, se encuentra el sepulcro gótico de la beata Urraca Díaz de Haro, que fue abadesa del cenobio a mediados del siglo XIII.

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Por lo que cuentan los cronistas y hagiógrafos de la época, Urraca fue una mujer de carácter, emprendedora, hábil en la guía del convento y, además, santa. Bajo su eficaz mandato, el monasterio de Cañas llegó a su punto más alto en siglos. La beata Urraca pertenecía a la nobleza, y renunció a sus riquezas y comodidades para seguir a Cristo en la vida consagrada.

Tenemos el mismo número de parroquias que hace unas décadas, o incluso más, pero un número de curas mucho menor

Me acordaba de ella hace unos días, mientras hablaba con un amigo sobre cómo están algunas obras de la Iglesia en nuestros días. Produce un inmenso dolor, pero no se puede ocultar más: son cientos las casas religiosas en España que apenas se pueden mantener abiertas por los pocos religiosos que quedan y por la avanzada edad de éstos. En las parroquias sucede algo similar: tenemos el mismo número de parroquias que hace unas décadas, o incluso más, pero un número de curas mucho menor.

Sepulcro de Urraca Díaz de Haro.

Al haber pocas monjas y sacerdotes, los obispos y superiores tienen poco donde elegir. Y, en no pocas ocasiones, escogen como directores de las obras de la Iglesia a gente poco capacitada para ello. Lo diré claramente, esperando que sólo se lo tomen como algo personal aquellos que deban darse por aludidos: hay personas ocupando cargos de responsabilidad en la Iglesia –sean obispos, párrocos, directores de colegios y residencias, superiores de comunidades, catequistas y laicos- que están ahí por la sencilla razón de que no había nadie más a quien elegir.

Creo que fue Jesús Urteaga en “El valor divino de lo humano” quien escribió que, con demasiada frecuencia, se escoge como líderes para las obras de la Iglesia a personas de buen corazón, bonachonas, pero con pocas cualidades para dirigir.

El maestro de novicios de san Rafael Arnaiz, en el monasterio de Dueñas (Palencia), tenía una curiosa manera de discernir la idoneidad de un chico que quería ser monje trapense: “Vuelve a tu ciudad; busca un trabajo, una novia y, cuando tengas algo que abandonar, entonces vuelve”.

Hoy en día, nos encontramos algunas obras de la Iglesia dirigidas, sencillamente, por personas incompetentes. Personas que seguramente sean buenas, pero mezquinas e incapaces. Hace unas décadas, esos curas, monjas o laicos no habrían pasado de ostentar una pequeña responsabilidad. Hoy, ante la falta de vocaciones, dirigen colegios, parroquias o incluso obispados y congregaciones religiosas.

Existe una gran crisis de liderazgo en la Iglesia. Y uno se encuentra con monasterios inmensos, colegios con miles de alumnos, grandes hospitales, obras de apostolado y parroquias al frente de las cuales se encuentra una persona pusilánime, poco decidida, poco madura humanamente, incapaz de trabajar en equipo, de delegar sin temer perder su liderazgo o de tomar decisiones, mal comunicador,  y que no sabe formar un equipo de laicos católicos y maduros en su fe.

Y me acuerdo de la beata Urraca, de cómo abandonó honores, tierras, riquezas y comodidades y de cómo, con tesón, habilidad, liderazgo, acierto y santidad, supo llevar al monasterio de Cañas a su máximo esplendor. Y sueño con que haya más líderes en la Iglesia como ella.

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Álex Navajas es periodista. Contertulio habitual de El Gato al Agua, de Intereconomía TV, ha trabajado once años en La Razón y dirige su propio Gabinete de Comunicación. Imparte también cursos y seminarios de formación.