Nuestra unión espiritual con Dios, en el origen de los tiempos, previo al pecado original, era total.
Nuestra unión espiritual con Dios, en el origen de los tiempos, previo al pecado original, era total.

¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? ¿A qué estamos llamados? ¿Qué debemos hacer aquí y ahora? ¿Cómo podemos hacerlo? Son preguntas complejas y existenciales para todo aquel que se toma en serio su existencia terrenal y su futuro celestial. Son palabras que representan muchísimos retos para nuestra nimiedad humana, pero al mismo tiempo son una ventana de esperanza para nuestro potencial trascendente. Somos nada y muy pequeños, pero al mismo tiempo fuimos creados a imagen y semejanza de un Dios todopoderoso y, sobre todo, bondadoso.

“Y vio Dios que todo era bueno”, una cita bíblica que contiene la historia y el destino de la persona humana. Las preguntas que lancé al principio pueden, y deben, ser respondidas a la luz del Génesis. Y es que al principio todo era bueno; Incluido nuestro corazón y nuestras intenciones, íntimamente ligadas a Dios. Nuestra unión espiritual con Dios, en el origen de los tiempos, previo al pecado original, era total. No existía nada ni nadie en medio de esa relación. Personalmente me gusta llamarle a este estado, el corazón de los orígenes. Un estado de completa plenitud, que nos permitía desarrollarnos como hijos de Dios, llamados a vivir en comunidad con Él y el Otro. En aquel estado de perfección, los seres humanos no conocíamos nada que estuviera fuera de la bondad del Ser Supremo, nuestro Creador. Contemplábamos la vida y la eternidad desde un lugar que constantemente nos inundaba de paz y armonía. Ese corazón de los orígenes nos permitía pensar, sentir y actuar de acuerdo a la Creación y la nobleza de su más grande fin, el Amor.

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“Solo la conversión del corazón puede hacer más humana nuestra Tierra, tan llena de terror y de violencia”, palabras del Papa Francisco en el prólogo del DOCAT, una publicación que recoge las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia, adaptada para jóvenes. Y es que esa es la única y mejor manera de poder acercarnos al estado del corazón de los orígenes. Transformando nuestro corazón a su estado anterior, su estado natural, el estado al que está llamado desde antes de su creación. Para muchos podrá sonar idealista y hasta imposible. Pero para quienes sabemos y reconocemos el sentido de trascendencia que inunda nuestro ser, sabemos que esa es la única y más grande misión de nuestro transitar terrenal.

Recuperar el corazón de los orígenes implica descubrir nuestra íntima relación con Dios, que debe anteponerse a cualquier otra relación social que tengamos, esperemos o busquemos

Recuperar el corazón de los orígenes implica descubrir, nuevamente, nuestra íntima relación con Dios. Una relación que debe anteponerse a cualquier otra relación social que tengamos, esperemos o estemos buscando. Y ese descubrimiento lo podemos hacer única y exclusivamente a través de la gracia, fruto de nuestra apertura al Espíritu Santo y de recibir los sacramentos; de una respuesta constante al llamado que Dios nos hace todos los días y de un pleno conocimiento de nuestras fortalezas y debilidades, de nuestras limitaciones como seres humanos.

Para ir logrando esto es sumamente importante la formación. A continuación, propongo dos lecturas que, a través de la reflexión y meditación de las mismas, pueden irnos guiando para encontrar nuestro camino y misión, respecto a nuestro origen:

Broken Gods o Dioses Rotos (Los siete anhelos del corazón humano), de Gregory K. Popcack. “Una obra a la vez práctica e inspiradora, el Dr. Popcak explora nuestros deseos más profundos -e incluso nuestros deseos más oscuros- y nos habla sobre nuestro destino final, revelando un enfoque lleno de sentido común para descubrir cómo cumplir totalmente nuestro verdadero propósito en la vida. En esta obra el Dr. Gregory Popcak pone de relieve una realidad que a veces podemos pasar por alto: hemos sido creados para algo más”. (Extracto de Amazon.com).

Deus Caritas Est (Dios es Amor), la primera carta encíclica del Papa Emérito Benedicto XVI, la cual aborda el magnífico mensaje del amor cristiano.  El documento papal consta de dos partes: la primera es en relación a la unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación (la cual tiene un gran peso para poder analizar mejor el estado del corazón de los orígenes). La segunda expone el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como comunidad de amor. Es un documento con muchísimas joyas para guardar en nuestro corazón y meditarlas, y luego poner manos a la obra en la práctica diaria de las mismas.

Como hijos de Dios, independientemente de nuestra edad, estamos llamados a algo más allá de este aquí. Esto porque tenemos un origen sobrenatural innegable, el cual nos es imperante descubrir y abrazar plenamente. No será un camino sencillo, pero definitivamente inundará nuestro corazón de libertad interior, paz, gozo y alegría.

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No nacío para hacer una cosa, sino para muchas. Lee, escribe y participa con el objetivo de construir puentes que le transporten a lugares que de otra forma no conocería. La filosofía de Wojtyla es lo suyo. La empatía es la virtud por la que lucha diariamente. Licenciada en Diseño Industrial y magíster en Educación de Valores porque así dicen sus títulos. Consultora, docente universitaria, columnista y fiel defensora de la dignidad humana y los valores occidentales.