El dueño de una perra humaniza el cumpleaños de su animal de compañía.
El dueño de una perra humaniza el cumpleaños de su animal de compañía.

Una bloguera sube una foto de su perrita a Twitter. “¡Hola a todos! Hoy es el quinto cumpleaños de Bianca. ¡Gracias por formar parte de nuestra vida!”. El animal en cuestión aparece delante de una tarta coronada por una vela encendida en forma de cinco, aunque no parece tener la intención de apagarla de un soplido.

A unos turistas les han recomendado visitar un conocido local de Madrid para probar un buen jamón serrano. Cuando se acercan, se encuentran un pelotón de gente en la puerta con pancartas y carteles llamando asesinos a los que están dentro e impidiendo el acceso de nuevos clientes y varios medios de comunicación grabando las escenas. Los turistas deciden dar media vuelta y entrar en la típica cadena de hamburgueserías para dejarse de malos rollos.

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Tarde de toros en Valencia. Varias amigas acuden juntas a la plaza. Cuando llegan, se encuentran a una turba gritando e insultando a todos los asistentes que han decidido ir libremente al coso taurino. De pronto comienza una lluvia de objetos que lanzan los animalistas contra los aficionados y una piedra del tamaño de un huevo golpea en la cabeza de una de ellas. Queda tendida en el suelo mientras la sangre le cae a borbotones por la cara. “Le está bien empleado por asesina”, bramarán muchos en las redes sociales a los pocos minutos de conocerse la noticia.

Eso mismo escriben cuando un torero recibe una cornada y, si éste llega a morir, no faltarán las burlas y los insultos a la mujer y los hijos del fallecido.

Elevar casi a la categoría de humanos y sobreproteger tanto a las mascotas es, precisamente, la forma más refinada y sutil de maltrato animal

Matt y Helen son un matrimonio norteamericano que vivió en España durante un tiempo. Hace unos años retornaron a su país, pero cada año regresan a nuestras tierras. Y siempre en la misma fecha: el aniversario de la muerte de “Reflection”, su fiel perro. Toman un vuelo de nueve horas, aterrizan en Madrid y se dirigen sin perder ni un minuto al cementerio de mascotas, donde se encuentra el nicho de mármol italiano del can. “Reflection” reposa allí junto a los que fueron los animales de compañía de conocidos actores, cantantes y hasta ministros. Después vuelven a la ciudad, descansan en un buen hotel y toman el avión de regreso a su país.

Hace unos días, en Barcelona, unos agentes de la Guardia Urbana pidieron a un mendigo que se identificara. En esto, su fiel mastín se lanzó sobre el policía y le mordió un brazo. El agente, desenfundando su pistola, le pegó un tiro y lo mató. A las pocas horas, las redes sociales comenzaron a arder pidiendo la cabeza del policía y colgándole el conocido sambenito de “asesino”. “Hijo de p… Asco es lo que siento al ver esto. Matadme a mí antes que a un pobre perro, subnormales”, escribía en Instagram un conocido influencer catalán.

Entiéndaseme bien: no tengo nada en contra de los animales; al contrario, me encantan. Y, precisamente por eso no comparto que se les dé tantísima importancia. Porque elevar casi a la categoría de humanos y sobreproteger tanto a las mascotas es, precisamente, la forma más refinada y sutil de maltrato animal.

Comprendo perfectamente y comparto que a uno le embargue una pena terrible cuando se muere la mascota que le ha acompañado durante años. Lo entiendo: los seres humanos somos sensibles y tomamos cariño por aquellas criaturas que nos han demostrado fidelidad y cercanía y que nos han hecho pasar unos momentos entrañables. Hasta ahí, todo correcto.

Pero “humanizar al animal” celebrando su cumpleaños, llevándole con frecuencia a la peluquería canina, vistiéndolo “a la moda”, prestándole casi más atención que a un hijo, abriéndole un perfil propio en Instagram, gastándose ingentes cantidades de dinero en su defensa, haciéndole merecedor de unos derechos (pero nunca de unos deberes), llamando “asesino” a un policía que actúa en defensa propia, increpando al que se está comiendo un bocadillo de chorizo y hasta dándole una digna y carísima sepultura, es un auténtico disparate.

Ni los animales necesitan todo eso ni los humanos debemos proporcionárselo. A las mascotas hay que cuidarlas, asumir la responsabilidad que conlleva tener una, disfrutar de su compañía y, llegado el momento, llamar a los servicios veterinarios para que se lleven su cuerpo. Todo lo demás es superfluo.

El problema, como suele ocurrir en nuestra sociedad actual, es que priman los sentimientos sobre la razón, y uno llega a escuchar todo tipo de barbaridades como que “prefiero la vida de mi gato antes que la de bastantes humanos”, a la vez que muchos se conmueven más ante un perrito que se ha partido la pata que ante un borracho mugriento y maloliente que está tirado en un cajero de un banco. A varios, la vida del animal les parecerá más digna y valiosa que la del mendigo.

Pero claro, están juzgando a través de los sentimientos de ternura y cariño que el animalito dañado provoca en la persona, mientras que el borracho sólo inspira asco y rechazo. Y entonces la razón es arrinconada (no digamos ya el sentido trascendente de la persona), y no sabe ver en el pobre mendigo a un ser humano necesitado.

Mal van algunos cuando han perdido el sentido de hermanamiento entre los hombres y ponen al mismo nivel a un gato, a una iguana, a un loro y a un ser humano cualquiera. Por favor, traten a los animales como lo que son: animales. Ellos serán los primeros en agradecérselo.

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Álex Navajas es periodista. Contertulio habitual de El Gato al Agua, de Intereconomía TV, ha trabajado once años en La Razón y dirige su propio Gabinete de Comunicación. Imparte también cursos y seminarios de formación.