¿Por qué el aborto es importante para la izquierda?

    No es casualidad que los primeros éxitos del movimiento pro abortista tuviesen lugar en regímenes totalitarios. En Rusia se legalizó en 1920. En la alemania nacional socialista, en 1938. La URSS fue el primer régimen que impuso el aborto libre y gratuito.

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    Un grupo de feministas reclama la legalización del aborto en Argentina.
    Un grupo de feministas reclama la legalización del aborto en Argentina.

    La práctica de matar a los hijos incluso antes de que éstos nazcan no es en absoluto nueva. Lo que es reciente es la creación de un movimiento social que defiende el derecho de los padres, y en particular el de las madres, de practicar un aborto. De hacerlo, además, por consideraciones que van más allá de la salud de la madre, como pueden ser el hecho de que la concepción no haya sido deseada, o de que rompa sus planes vitales, o sus expectativas profesionales o económicas. También se ha defendido como un instrumento ideal para mejorar la sociedad, por medio del control de la natalidad que permitiría bien limitar la población, bien hacerla más perfecta desde el punto de vista racial. Incluso se ha utilizado como medio de protesta por las condiciones laborales.

    En la historia de este movimiento se suele citar a la inglesa Marie Stopes, pero ella era una firme defensora del control de la natalidad, pero no del aborto, y prefería buscar alternativas a terminar de manera dramática la llegada de un bebé no deseado. Para ella la alternativa era la prevención por métodos anticonceptivos. Stopes creó la Sociedad para el Control Constructivo de la Natalidad y el Progreso Racial. Al otro lado del Atlántico, Margaret Sanger tenía una posición muy parecida, favorable al control de los nacimientos para la mejora de la raza, pero crítica con el aborto.

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    Ya a comienzos del siglo pasado, Stella Browne planteó el derecho al aborto, y lo hizo en unos términos que nos resultan familiares. Si la mujer podía acabar con la vida de su hijo antes de que naciera, tendría un control total sobre su cuerpo y su sexualidad. También asumió las teorías de Thomas R. Malthus, según las cuales hay que elegir entre la prosperidad y el crecimiento de la población.

    Esos términos, los expuestos por Stella Browne, son los que se han impuesto en el movimiento pro aborto: Liberada de la necesidad de tener que continuar con un embarazo, deseado o no, la mujer tiene más opciones para organizar su vida. Se pone en pie de igualdad con el hombre, cuya vinculación con la persona concebida es menor. Y llegamos así a la nueva sociedad, en la que encajan las expresiones “liberación de la mujer” e “igualdad real entre hombres y mujeres”.

    No es casualidad que los primeros éxitos del movimiento pro abortista tuviesen lugar en regímenes totalitarios. En Rusia se legalizó en 1920. En la alemania nacional socialista, en 1938. La URSS fue el primer régimen que impuso el aborto libre y gratuito. Tiene una lógica aplastante, pues en un sistema socialista el control es más fácil cuando la población es menor. Eso lo entendía Lenin perfectamente. No en vano, inició una guerra contra su propio pueblo de un alcance y brutalidad desconocidas para la humanidad hasta entonces, y el objetivo de crear esa maquinaria de exterminio era el control político.

    «Si transige con el aborto, la Iglesia pone en peligro todo el dogma. La izquierda lo sabe, y entiende que la religión católica, y en realidad el cristianismo en general, son un obstáculo para sus planes»

    Las pretensiones del régimen nazi eran menos ambiciosas, y más en línea con la moral progresista de entonces. Cuando se habla de darwinismo social se suele pensar en William Graham Sumner y “la supervivencia del más apto”, pero el mayor influjo de Darwin en el pensamiento social fue en la izquierda.

    Y con un razonamiento en principio atractivo: Todos los animales están sometidos a las leyes de la evolución; todos menos el hombre. El hombre es el único que conoce el ambiente y las condiciones de esa evolución, y que puede cambiarlos. Si lo hace, habrá tomado el control de su propia evolución, y será capaz de crear una sociedad sobre bases nuevas. Y con esas ideas, al servicio del socialismo y de un racismo asumido como científico, el movimiento progresista internacional abrazó la eugenesia como una de las principales palancas del progreso.

    La Alemania de los años 30’ y 40’ fue la primera en llevar a cabo esos objetivos a gran escala. Y el aborto era un engranaje imprescindible de esta construcción. Después de la guerra, el gusto por la eugenesia ha decaído mucho, sin llegar a desaparecer. Y los argumentos en favor del aborto siguen las líneas de Stella Browne.

    El ex secretario general de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Martínez Camino, presenta una campaña provida en 2014. /CEE
    El ex secretario general de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Martínez Camino, presenta una campaña provida en 2014. /CEE

    Estos son los términos que ha puesto el movimiento pro aborto sobre la mesa. Lo que yo planteo es cuáles son los motivos por los que esta cuestión es tan importante dentro de la izquierda. Por un lado, la igualdad de resultados es propia de la izquierda. Por otro, autores como Miguel Delibes veían incoherente que la izquierda se postulara como adalid de los desfavorecidos y permitiese el crimen definitivo sobre los seres humanos más indefensos. ¿Dónde hay que buscar el motivo de que sea tan importante para la izquierda?

    A mi modo de ver donde hay que mirar es a la Iglesia. La Iglesia siempre defenderá al nonato. No hacerlo supondría desechar la mano divina nada menos que en la concepción de las personas. Si transige con el aborto, la Iglesia pone en peligro todo el dogma. La izquierda lo sabe, y entiende que la religión católica, y en realidad el cristianismo en general, son un obstáculo para sus planes, porque plantean una visión del hombre radicalmente distinta de la suya.

    Por eso tiene que defender al aborto. Porque, y aquí llegamos al núcleo del asunto, el aborto es un instrumento político poderosísimo. Pongámonos en la situación de una mujer que ha abortado, o que ha decidido hacerlo, o incluso que se plantea que tendrá que tomar esa decisión en el futuro. Por un lado tiene a la Iglesia acusándola de acabar con la vida de un ser humano, de una persona en potencia. No hace falta recurrir a palabras como “crimen” para que esa acusación caiga con todo el peso moral que asumimos para otros casos en los que se mata a alguien. Por otro lado, tiene a un movimiento que no sólo le dice que no tiene culpa, sino que utiliza los términos más duros para la Iglesia, y le promete que por ese camino, el de la elección sobre el progreso del embarazo, llegará a la plena realización personal. ¿Qué posición es más fácil de asumir? Y una vez asumida, ¿no será más fácil dejar de lado todo lo que se asocie a la Iglesia y su visión de la vida?

    Este es el reto al que se enfrenta la Iglesia. Y, a la vista de lo que ha ocurrido en Irlanda, es un reto difícil de superar.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.