Arnold Schwarzenegger como Terminator
Arnold Schwarzenegger como Terminator

El filósofo –y ministro de Educación francés en 2002-04- Luc Ferry ha publicado este año un libro de gran interés: “La revolución transhumanista”. Pero me resultó más intrigante el subtítulo: “Cómo la tecnomedicina y la uberización del mundo van a transformar nuestras vidas”. ¿Qué afinidad cabe encontrar entre la revolución biotecnológica y la “economía colaborativa” al estilo de Uber, BlaBlaCar o Airbnb?

Lo que antes era ciencia-ficción, ahora podría ser factible en unas décadas

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Primero aclaremos conceptos. ¿Qué es el transhumanismo? Se lo puede sintetizar en dos eslóganes: “de lo terapéutico a lo mejorativo” y “del azar a la elección [from chance to choice]”. La vocación clásica de la medicina había sido la reparación del organismo enfermo; las nuevas biotecnologías permiten plantearse un objetivo más ambicioso: el human enhancement, la modificación deliberada de la naturaleza humana misma, para perfeccionar la especie. El desciframiento del genoma humano abre posibilidades insospechadas. Podríamos cambiar nuestro código genético para obtener seres más inteligentes, más fuertes, resistentes a ciertas enfermedades, más longevos… Sí, el viejo sueño del superhombre. Con la diferencia de que, lo que antes era ciencia-ficción, ahora podría ser factible en unas décadas, a juzgar por el rápido desarrollo y la complementariedad de las tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, informática y “ciencia cognitiva” [o sea, inteligencia artificial]).

¿Por qué “del azar a la elección”? Los transhumanistas interpretan el progreso técnico como una lucha del ingenio humano contra las limitaciones impuestas por la naturaleza. El azar de la evolución configuró la condición humana con una serie de rasgos, muchos de los cuales nos parecen indeseables. Nuestra inteligencia nos ha permitido ya modificar algunos de ellos: la medicina permite que la esperanza media de vida sea de 80 años en lugar de 30, y que patologías antes mortales ahora sean superables; los anticonceptivos han permitido el control de la fecundidad. La biotecnología permitirá pronto acabar con otra fatalidad natural: la aleatoriedad del fenotipo de la criatura por nacer, que hasta ahora era producto del azar cromosómico. Tendremos el “bebé a la carta” (ya hay empresas biotecnológicas californianas que ofrecen la elección del sexo de la criatura en la reproducción asistida): “quiero una niña de ojos castaños, con talento musical y con coeficiente intelectual de 140”.

Kurzweil piensa que la técnica permitirá dentro de unas décadas almacenar la memoria, la inteligencia y las emociones del individuo en discos duros indestructibles

Y sí, los transhumanistas más audaces sueñan ya con vencer también al último enemigo, la fatalidad suprema. “Cuestionamos el carácter inevitable de la vejez y de la muerte”, proclama el manifiesto “Principios extropianos 3.0”, de Max More. Otros, como Raymond Kurzweil, aspiran al cyborg, el hombre-máquina. Kurzweil piensa que la técnica permitirá dentro de unas décadas almacenar la memoria, la inteligencia y las emociones del individuo en discos duros indestructibles, o en el cerebro artificial de un robot. En este caso, se suele hablar de “posthumanismo”, pues no se trata ya de perfeccionar a la humanidad, sino de sustituirla por algo nuevo. La mente humana abandonaría su soporte biológico. Las tecnologías NBIC apuntan en la dirección de la desmaterialización creciente: la información cuyo almacenamiento requería antes habitaciones enteras cabe ahora en chips milimétricos. El fin de fiesta sería nuestra propia desmaterialización.

Taxi contra Uber
Taxi madrileño tuneado para la huelga contra los servicios de VTC como Uber y Cabify. (Fotografía: EFE)

¿Y qué relación guarda todo esto con la “economía colaborativa”? En primer lugar, hay una infraestructura tecnológica en parte común: los big data, el “internet de las cosas”, la inteligencia artificial, las impresoras 3D y la robótica tienen aplicación en ambas esferas. Pero la “vinculación subterránea” más importante entre la ingeniería genética y la economía descentralizada-uberizada es, según Ferry, conceptual: “en ambos casos, se trata de incorporar al ámbito de la libertad humana aspectos de la realidad que antes pertenecieron al orden de la fatalidad”. En el caso de Airbnb, BlaBlaCar o Amazon, se trata de la fatalidad de la dependencia respecto a hosteleros, taxistas, tour operadores y demás profesionales del ramo. También, la fatalidad de las regulaciones laborales: “el geek que crea una aplicación Apple puede trabajar de noche, el conductor de BlaBlaCar no tiene por qué hacer pausas, las viviendas de Airbnb no cumplen las normas para minusválidos”. Los proveedores y consumidores de servicios se entienden directamente, puenteando tanto a las empresas tradicionales como al Estado y su omnipresencia reguladora. Es una ganancia de libertad. Sí, quedarán víctimas por el camino: los taxistas y libreros arruinados por Uber o Amazon. También los palafreneros fueron arruinados por la invención del automóvil. Es la destrucción creativa consustancial al capitalismo.

Es maravilloso tener a mi disposición la producción editorial en Amazon, pero será aberrante poder escoger por catálogo los rasgos de un hijo por nacer.

La premisa de la equiparación de ambas esferas, sin embargo, es que no hay diferencia sustancial entre la producción de bienes y servicios y la fabricación de humanos, o la modificación de la naturaleza humana. Es una premisa errónea. Considero bienvenida cualquier ganancia de libertad en el primer ámbito, pero peligrosa y necesitada de las máximas precauciones la libertad en el segundo. Es magnífico que Internet me permita ponerme de acuerdo con un señor de Tailandia para que me alquile su casa a un precio inferior al de un hotel; pero es lamentable que pueda comprarle a una tailandesa su ovocito, o alquilar su útero, para gestar un niño. Es maravilloso tener a mi disposición toda la producción editorial mundial con un solo click de Amazon, pero será aberrante poder escoger por catálogo los rasgos de un hijo por nacer.

Y no solo porque la selección se hará por diagnóstico preimplantatorio (crear muchos embriones, seleccionar para su implantación al que tenga las características deseadas, y destruir los demás). Es también porque, en la economía colaborativa, se trata de nuestra relación con objetos externos (libros, discos, viviendas, viajes); en el transhumanismo, se trata de nosotros mismos, la humanidad misma. Y la humanidad no es un objeto más. La autotransformación genética sería “el fin del hombre” (Fukuyama). ¿Nos hemos cansado de ser humanos? El creyente ve en el transhumanismo prometeico un desafío a la divinidad (“y seréis como dioses”); pero no faltan los pensadores agnósticos (Habermas, Sandel o el propio Fukuyama) que han expuesto serias objeciones al “mundo feliz” posthumano. Los mismísimos Stephen Hawking y Bill Gates, acompañados de un millar de científicos, advirtieron en 2015 sobre el peligro del desarrollo de una inteligencia artificial “fuerte” que podría rebelarse contra nosotros (¿recuerdan a Terminator?). “Lo sorprendente no es que la inteligencia artificial suscite temor, sino todo lo contrario, que la gente no esté aterrorizada”. Todo esto es vertiginoso, así que mejor seguimos otro día.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).