La nominación de juez Brett Kavanaugh para el Tribunal Supremo de los EE. UU. ha movilizado al feminismo y la izquierda en general. /EFE
La nominación de juez Brett Kavanaugh para el Tribunal Supremo de los EE. UU. ha movilizado al feminismo y la izquierda en general. /EFE

Así, de entrada, no se me ocurre qué sistema podrían inventar los norteamericanos que fuera más sucio y cruento que el que ya tienen para confirmar un miembro del Tribunal Supremo. No sé, quizá una multitudinaria lucha en el barro, o un duelo a muerte tipo Mad Max entre el candidato y el líder de la oposición.

Pero quizá tenga que matizar: esto es así cuando el seleccionado es conservador.

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Al juez Brett Kavanaugh le están haciendo pasar las de Caín en el Senado. Están escarbando en su pasado y acusándole de las cosas más peregrinas de cuando estaba en la universidad, como un intento de violación que la víctima ha tenido misteriosamente callado durante tres décadas, sin testigos, sin pruebas y sin el mínimo indicio. Kavanaugh se ha visto obligado a reconocer que no solo no violó a la interfecta ni intentó hacerlo sino que se mantuvo virgen hasta el matrimonio, algo que ha encontrado muy cómico la actual ralea de periodistas políticos.

Como declaraba una de las senadoras demócratas que ha destacado en el ataque, la prueba de que Kavanaugh merece la tortura que está padeciendo y mucho más no es tanto que haya podido violar a un ejército entero de animadoras, sino que «quiere revertir Roe»

Kavanaugh está pasando por una versión mejorada y aumentada de la ordalía que le hicieron pasar al juez Thomas en su día para el mismo puesto, y que le hizo pronunciar hacia el final un memorable discurso -si pueden encontrarlo, les aconsejo vivamente que lo vean- en el que acusó a los senadores de protagonizar un linchamiento público y afirmó que ninguna persona en su sano juicio aspiraría a puesto alguno que exigiera ver cómo arrastran su reputación por el barro delante del pueblo americano, su familia, sus colegas y sus amigos. «Aunque logre la nominación, ¿quién me devuelve mi reputación?».

Thomas, que sigue siendo miembro del Supremo, era, como Kavanaugh, conservador. Y católico. Y ahí empieza y acaba todo lo que interesa de este asunto. Como declaraba una de las senadoras demócratas que ha destacado en el ataque, la prueba de que Kavanaugh merece la tortura que está padeciendo y mucho más no es tanto que haya podido violar a un ejército entero de animadoras, sino que «quiere revertir Roe». Acabáramos.

Verán: los americanos veneran su Constitución, que sigue siendo la misma -con las consiguientes enmiendas- desde la fundación del país, hace unos dos siglos y medio. Pero la razón de que el viejo pergamino siga vigente en la segunda década del siglo XXI tiene truco: su interpretación está limitada en exclusividad al Tribunal Supremo.

En teoría, tiene todo el sentido del mundo que exista un cuerpo encargado de la correcta interpretación de la ley sobre la que se basan todas las demás leyes. Pero, en la práctica, esto convierte al Supremo en una camarilla de nueve dictadores que toman decisiones sin apelación posible, en base a decir que leen en el texto lo que nadie en su sano juicio lograría leer ni después de haber ingerido dosis masivas de orujo.

Por ejemplo, recientemente han leído que la Constitución impone el derecho a casarse de las personas del mismo sexo, que ya es imaginación leer semejante cosa en un texto legal del siglo XVIII. Pero no hay nada que hacer, y todos los estados tienen que decir «amén».

Y llegamos a lo que nos interesa, y a lo que explica que los demócratas -y no pocos republicanos- estén dispuestos a todo, incluyendo lo más ruin, para que Kavanaugh no forme parte del Tribunal Supremo.

Buena parte de que el aborto sea legal en tantas partes del mundo se debe a que es legal en el país que ha sido la vanguardia del resto del planeta, Estados Unidos; y en Estados Unidos es un derecho constitucional inasaltable para cualquier estado o presidente porque así lo decidió el Tribunal Supremo en 1973 en un caso que sentó jurisprudencia, Wade contra Roe.

El juez Brett Kavanaugh, durante una sesión de la Comisión de Senado que analiza su candidatura al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / EFE
El juez Brett Kavanaugh, durante una sesión de la Comisión de Senado que analiza su candidatura al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. / EFE

‘Roe’ era el nombre que asignó el tribunal a la demandante, que deseaba permanecer anónima. Al cabo del tiempo salió del anonimato, se proclamó provida y reconoció haber fabulado bastante en el juicio y haber estado teledirigida por los grupos de presión abortista, pero esa es otra historia.

El caso es que, como derecho constitucional asentado por el Tribunal Supremo, solo el propio Tribunal Supremo puede revertir la decisión. ¿Entienden? Hasta hace poco ha habido una sólida mayoría ‘progresista’ -ya me entienden ustedes- en el tribunal, pero la jubilación de uno de estos progresistas, el juez Kennedy, permitió al presidente proponer un nombre además del que ya había logrado introducir, Gorsuch. Y eligió a Kavanaugh, católico, conservador y con un historial brillante e intachable.

Algunos otros miembros ‘progresistas’ son muy mayores ya, como la juez Ginsburg, y su salida -con los pies por delante o retirándose voluntariamente- no parece muy lejana. Con lo que tampoco parece muy lejano el día en que el aborto deje de considerarse derecho constitucional.

Entiéndanme, eso no significa que el aborto deje de ser legal en todo Estados Unidos. Significaría que los estados pueden decidir si lo es o no. Y ya es bastante, porque la tendencia favorece consistentemente a los políticos provida.

Pero, como hemos dicho a menudo en estas páginas, el aborto es el sacramento mayor de la cultura de la muerte, la colina en la que están dispuestos a luchar hasta el fin sus adeptos. Si cae el aborto, muchas otras piezas del dominó progre pueden caer detrás. Y eso no lo van a consentir mientras puedan.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.