Dos tercios de las mujeres de 35 años en España no tenían hijos en 2018.
Dos tercios de las mujeres de 35 años en España no tenían hijos en 2018.

El 70% de las mujeres de 35 años en España no tiene hijos, alertan expertos de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF). Incluso a mí, una endurecida profeta del apocalipsis demográfico de Occidente, me ha sorprendido un dato que dudo haya repetido otra sociedad a lo largo de la historia.

La demografía es destino. La historia es un concurso cuyo galardón lo recoge el que queda, y españoles parece que no van a quedar. Pocas cosas son tan fáciles de calcular, incluso para una absoluta lega en matemáticas -o para Juan Carlos Monedero calculando hipotecas-, a saber: en igualdad de circunstancias, si en un grupo nacen hoy 100 niños, dentro de 25 años habrá 100 individuos de 25 años, salvo defunciones.

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Naturalmente, la respuesta es que no hay “igualdad de circunstancias”, que ponemos nuestra fe en el Tercer Mundo, que llega a nuestras playas en oleadas sucesivas y que promete hacerlo aún más masivamente en lo próximos años.

Es decir, que podemos, nos dicen, seguir tranquilos.

Es pensamiento desiderativo, naturalmente. Una civilización que no se reproduce ha dejado de creer en sí misma. En la columna en la que traté sobre lo ominoso de que tantos mandatarios europeos fueran personas sin hijos -May, Merkel, Macron, Gentiloni-, recordé un efecto psicológico perfectamente comprensible por el que tener descendencia te daba un interés en el futuro, en el destino de la sociedad muchos años después de que hubieras muerto.

Eso es lo que nos ha traído donde estamos, la idea de continuidad, también de continuidad genética, carnal, tangible. Cuando se repite la manida pregunta de “qué futuro vamos a dejar a nuestros hijos”, siempre pienso en nuestra tasa de fertilidad y me respondo interiormente: “No tenemos hijos”.

No tener hijos es ya una declaración de principios, al menos cuando, como sucede en la mayoría de los casos, es una opción libre. No tener hijos suele ser una confesión de que la filosofía que nos mueve es alguna variación del “carpe diem” horaciano, de ese “vivir para el momento” que nunca nos habría sacado de la Edad de Piedra.

“El dato, en fin, no es disociable de las demandas cada vez más chillonas para aprobar una ley de eutanasia, no es algo que carezca de puntos de contacto con el apoyo generalizado a la masacre que es el aborto”

La civilización, es evidente, la construyeron hombres y mujeres capaces de transcenderse a sí mismas, de buscar un bien más grande que ellas mismas, de mirar hacia un futuro que sabía que no llegarían a ver; que, en fin, plantaban un frutal sabiendo que nunca lo verían en sazón.

Que más de dos tercios de las mujeres de 35 años no tengan hijos, cuando el embarazo ya se aproxima a lo que los profesionales consideran “de riesgo”, es la noticia de nuestro tiempo, la que debería copar las portadas y abrir los telediarios día tras día. Porque es la que va a tener una influencia más evidente e innegable en nuestro futuro.

Pero no solo como causa de lo que venga, sino también como consecuencia de aquello en lo que nos hemos convertido. El dato, en fin, no es disociable de las demandas cada vez más chillonas para aprobar una ley de eutanasia, no es algo que carezca de puntos de contacto con el apoyo generalizado a la masacre que es el aborto. La Cultura de la Muerte no solo se caracteriza por lo que mata, sino también por lo que no deja vivir.

Es la cultura del presente permanente, la que jamás podrá construir nada duradero, la que vive de sucedáneos y a la que se anima a un continuo y atolondrado consumo para no ver ese futuro que, sin embargo, llega siempre demasiado pronto e implacable, el momento en que empecemos a ser más una carga que una compañía apetecible y nos veamos rodeados de extraños -doblemente extraños, déjenme decirles, si van a ser miembros de culturas remotas con valores muy distintos-, preguntándonos en nuestra soledad cómo nos dejamos engañar tan fácilmente.

Tener hijos es una apuesta, es un modo de decir que se cree en el futuro, que se sigue confiando, y que hay cosas más grandes e importantes que el último aparatejo de moda que saque Apple o la esperada promoción banal que nos hará sentir un poquito más empoderadas.

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