Cruda realidad / ‘El aborto salva vidas’, asegura una columna del New York Times

    Hemos cerrado el círculo y la célebre novela de Orwell, 1984, ya ha dejado de ser una exagerada ficción: la paz es la guerra, el amor es el odio, la libertad es la esclavitud. Es su sacramento, el pilar fundamental de la Cultura de la Muerte. Nadie puede ponerlo en duda.

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    El caso que utilizó a Norma Mc Corvey -a la izquierda- logró que el Supremo de EEUU legalizara el aborto en 1973.
    El caso que utilizó a Norma Mc Corvey -a la izquierda- logró que el Supremo de EEUU legalizara el aborto en 1973.

    En la última escena de La Pasión de Cristo de Mel Gibson puede verse en un plano tomado desde arriba al diablo lanzando un terrible aullido de desesperación y rabia al darse cuenta, al fin, de lo que ha supuesto el gesto salvífico de Jesús al morir en la cruz. Y no he podido dejar de recordar esa escena al enfrentarme a la reacción en medios y redes sociales a la decisión del Congreso de Alabama de aprobar una ley que, en la práctica, prohíbe el aborto provocado en todo el estado.

    Con la mente fría, una podría pensar que no es para tanto. Son cincuenta estados, y Alabama no es exactamente de vanguardia. Por lo demás, con la sentencia del caso Roe vs Wade en los setenta, el Tribunal Supremo creó una nefasta jurisprudencia en el sentido de convertir el aborto en un derecho constitucional, haciendo imposible a los estados, al Congreso nacional o al propio presidente cambiarlo, con lo que con toda probabilidad se impugnará la ley, quedando de nuevo la decisión en el Supremo.

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    Además, últimamente hemos tenido el desolador resultado del referéndum irlandés y la triste irrupción por la puerta de atrás del aborto en Argentina, sumando dos países más, de los últimos que resistían, al imperio de la muerte. ¿Por qué, entonces, tal reacción histérica por parte de los abortistas?

    Lo hemos dicho: es su sacramento, el pilar fundamental de la Cultura de la Muerte. Nadie puede ponerlo en duda, no puede retroceder en ningún rincón; ni siquiera puede reabrirse el debate, o todo podría venirse abajo, a la larga.

    El aborto no hace falta practicarlo para que haya sembrado sobre toda nuestra civilización un espantoso hedor a muerte

    El aborto no hace falta practicarlo para que haya sembrado sobre toda nuestra civilización un espantoso hedor a muerte. Hace de nuestras sociedades cómplices cobardes del más vil de los crímenes, del que se comete contra una víctima indefensa e indisputablemente inocente, y parece contagiar una extraña necrofilia ambiental en la que, en la duda, se prefiere la muerte a la vida. El caso reciente de Vincent Lambert, condenado -y absuelto in extremis- a morir de sed sin estar de ningún modo en trance de muerte natural es bastante revelador en este sentido.

    Pero en esta histeria generalizada descubren sus cartas, su avilantez, el absurdo de su postura, que no teme siquiera al ridículo en las cabeceras más respetadas de la prensa americana. En las prestigiosas páginas del New York Times ha aparecido estos días como consecuencia de la decisión de Alabama un artículo con este lisérgico titular: “El embarazo mata. El aborto salva vidas”. Hemos cerrado el círculo y la célebre novela de Orwell, 1984, ya ha dejado de ser una exagerada ficción: la paz es la guerra, el amor es el odio, la libertad es la esclavitud. Todo es su contrario, y el único medio conocido para llegar a este mundo, los 1.700 millones que estamos en él, los que vivieron antes y el propio autor del artículo, un tal Warren M. Hern, es un procedimiento letal, mientras que quemar, desmembrar o succionar el cerebro de un niño en el vientre de su madre ‘salva vidas’.

    Más de cincuenta millones de niños muertos después, el aborto salva vidas. En la América del S. XXI, el embarazo mata. ¿No hiede a desesperación? Claro que Warren, nos aclara el diario, se especializa en abortos de embarazo avanzado, con lo que el hombre está defendiendo su tétrica forma de vida. Conflicto de intereses, solía llamarse antes.

    Pero este disparate solo es destacable por haber aparecido en un diario presuntamente serio. Mucho más común y sincero es el comentario espontáneo en redes sociales. Supuran tal odio, una pulsión de muerte tan salvaje, que tengo que pedir al lector discreción antes de seguir leyendo.

    Tomo como referencia una foto colgada en Twitter de un feto de 14-16 semanas por Medical Videos. Las respuestas hielan la sangre. “Me pregunto si se quedará pegado si lo tiro contra la pared”, responde una delicada damisela americana.

    Cuando toda una cultura lo ve bien, matar es fácil, se hace fácil, y nos convierte a todos en cómplices

    Otra ‘contraataca’ con un niño abortado, presuntamente propio, en una gasa, con este divertido comentario: “Le llamamos ‘milagro’, porque intentamos abortarle cinco veces y al final salió pateando”. El tierno corazón de una madre. Vanessa Dee -con foto propia en el avatar- declara: “Lo pisotearía hasta que quedara irreconocible y lo haría con una sonrisa en la cara”. ¿No es conmovedor? Ian McGlinsey, que acompaña su nombre con la ya ubicua bandera del arcoiris: “Parece literalmente mermelada de fresa con virutas de chocolate”. “Combinándolo con vino: mmmm, qué sabor”, bromea un anónimo (Jack); “Esa mierda probablemente sabría bien con algún adobo”, replica alguien que responde al evidente pseudónimo de Adam Whorelock.

    Sinceramente, eso no es lo que suelen vendernos, ¿verdad? No, lo que nos dicen es que abortar es siempre una decisión dramática, una decisión dificilísima que ninguna mujer toma a la ligera. Y no dudo de que en muchos casos sea así, y de que originalmente lo fuese en casi todos o en todos.

    Pero va haciendo callo, la conciencia se va embotando. Cuando toda una cultura lo ve bien, matar es fácil, se hace fácil, y nos convierte a todos en cómplices. Necesitamos quitarle hierro, frivolizarlo: ¿quién quiere vivir pensando que ha matado a su propio hijo, o que lo ha hecho un ser querido? Y lo que empieza siendo esa ‘dramática elección’, esa ‘decisión agónica’, al cabo se convierte en indiferencia ante la muerte y, al final, en una satánica satisfacción en ella.

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