Cruda realidad / La eutanasia es saludada con un enorme bostezo

    Ya estamos anestesiados y maldita la falta que hace toda esa paciente labor preparatoria. Hoy solo un diario nacional ha dado a lo grande que se aprueba la eutanasia. Los otros, o lo incluyen como un aburrido trámite parlamentario

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    Una mujer bosteza. /Natalia Lobato-Foter cc-by
    Una mujer bosteza. /Natalia Lobato-Foter cc-by

    Recuerdo cuando, bajo el mandato de Felipe González, se ‘despenalizó’ el aborto. Recuerdo luego la Ley Aído, el ‘matrimonio’ homosexual, el divorcio ‘express’; no podría no recordar las recentísimas leyes de género.

    Recuerdo, y recuerdo cómo esas medidas fueron precedidas por largos y acalorados debates, tanto en las Cortes como en la palestra mediática.

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    Recuendo cómo antes de cada una de esas medidas de ingeniería social, que habrían de cambiar nuestra sociedad de tal forma que, en palabras de Alfonso Guerra, «no la iba a reconocer ni la madre que la parió», los medios y el mundo de la ‘cultura’ nos iban ablandado, como al pulpo, para dejarnos tiernos.

    Nos aprendimos de memoria el patrón. De repente, las páginas de ‘El País’ se llenaban de casos lacrimógenos que apuntaban todos, misteriosamente, en una misma dirección, en forma de noticias. Se creaba la ‘emergencia’.

    Venían luego, o a la vez, películas, canciones en las que el asunto se presentaba del modo más favorable a la medida que se pretendía aprobar. Se inventaban alegremente las estadísticas. Luego venían los editoriales y los artículos de opinión.

    Que venían a decir que «la sociedad está preparada», y ridiculizaban a modo a aquellos patéticos trogloditas que avisaban que aquello era solo la puerta para la siguiente ‘innovación’. Y, cuando se aprobaba, en efecto, venía la siguiente innovación, puntual como un banquero suizo.

    La derecha parlamentaria hace, por pura fórmula, el gesto desangelado de oponerse, pero sin ganas. ¿Para qué? Todo acaba llegando

    Pero ya estamos anestesiados y maldita la falta que hace toda esa paciente labor preparatoria. Hoy solo un diario nacional ha dado a lo grande que se aprueba la eutanasia. Los otros, o lo incluyen como un aburrido trámite parlamentario o lo ignoran por completo en sus portadas.

    Ya es lo que nos echen, ya hemos aprendido de qué va la cosa, ya aceptamos que no hay medida que alguien en alguna parte venda como ‘progresista’ que no acabe llegando, inexorable como esa misma muerte que nos venden. La derecha parlamentaria hace, por pura fórmula, el gesto desangelado de oponerse, pero sin ganas. ¿Para qué? Todo acaba llegando. Nos tragaremos el descenso en la edad de consentimiento sexual -la pedofilia, para entendernos-, acabará llegando la poligamia, el incesto… Lo que gusten. Estamos entregados, como sociedad.

    La muerte soluciona muchas cosas. Nadie quiere tocar un Estado del Bienestar absolutamente impagable con nuestra pirámide de población

    Y es curioso, en el caso de la eutanasia, porque en su día las ‘fuerzas progresistas’ montaron una fuerte ofensiva, ¿recuerdan?, con la película esa de Amenábar, ‘Mar adentro’, y dándole vueltas al caso real que se narra en la película y todo quedó en nada.

    Quizá porque decidieron que la eutanasia se puede aplicar sin ley, sin demasiadas alharacas. ¿Quién, sino otro médico, puede decidir si la sedación fue excesiva? ¿Alguien va a tomarse la molestia de estudiar tantos casos dudosos, cuando nadie protesta?

    La muerte del niño Alfie Evans en Gran Bretaña, por ejemplo, nos hizo descubrir que lo que hicieron con el hijo de Tom y Kate era un procedimiento habitual, que se dan cientos de discretas eutanasias cada año sin necesidad de ley.

    La ley, en todo caso, viene que ni pintada, porque si sin ella hemos llegado hasta aquí, con ella avanzaremos varias leguas más, que se lo pregunten a los jubilados holandeses que prefieren hacerse los chequeos rutionarios en Alemania, no vaya a tocarles un médico entusiasta que les ve mala cara.

    La muerte soluciona muchas cosas. Nadie quiere tocar un Estado del Bienestar absolutamente impagable con nuestra pirámide de población, porque el candidato que le ponga la menor pega está electoralmente muerto. Pero cuando se puso la edad de jubilación a los 65, la esperanza de vida rondaba esa cifra, y hoy es estar pagando décadas de ociosidad carísima.

    ¿No es, entonces, tentador acabar con el abuelo? La muerte es un maravilloso solucionador, como intuía Stalin: si matas al que causa el problema, acabas con el problema. Fácil, ¿no? La muerte es cada vez más el gran recurso. Los muertos no gastan, no protestan, no votan mal.

    Hemos leído mucho últimamente de cómo se está ‘erradicando’ el Síndrome de Down. Y, efectivamente, cada vez se ven menos en la calle. En Islandia creo haber oído que ya no hay. Pero no, no se ha descubierto una revolucionaria terapia génica: sencillamente, los matan antes de nacer. Así acabo yo, que no soy Ramón y Cajal, con cualquier enfermedad que me pongan por delante, si me dan licencia y un número suficiente de balas.

    Me dirán que no, que tienes tú que pedirlo, que está sometido a un riguroso proceso… Ya, como el aborto previo a la Ley Aído, con ese supuesto de riesgo de la salud psíquica de la madre al que se apuntaba el 98% de los casos, con certificados firmados por psiquiatras a sueldo de las propias clínicas.

    Vale que acepten la eutanasia, allá ustedes. Pero, al menos, no se engañen a sí mismos ni se sorprendan demasiado si las últimas palabras que oyen en esta vida son: «Papá está ya muy mayor para saber lo que firma, ya lo haré yo en su nombre…».

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