¿Cuestionar el aborto es volver a la Edad Media?

    El truco consiste en hacer creer que matar niños en el vientre materno es progreso y defender la vida es barbarie. Y que si los católicos y los de derechas se oponen al aborto es por una atávica cerrazón, por superstición religiosa. Pero ese viejo truco ya no cuela.

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    María Luisa Carcedo, ministra de Sanidad, y la abogada Paloma Zorrilla.
    María Luisa Carcedo, ministra de Sanidad, y la abogada Paloma Zorrilla.

    Paloma Zorrilla, la abogada navarra que ha sido expedientada por Vox porque su marido tiene una clínica abortista, está “profundamente decepcionada”. La pobre señora no acaba de entender la decisión del partido, porque pensaba que Vox era “aconfesional”.

    Sin entrar en lo rocambolesco del caso –¿de verdad que no sabían dónde se metían al afiliarse a Vox la abogada y el abortero?-, quería fijarme en el motivo que alega la señora para sentirse “decepcionada”.

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    ¿Defender la vida es confesional? He ahí la cuestión. De hecho, Vox no es confesional pero su programa proclama, con toda claridad, “la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural”.

    Veamos. El aborto no tiene nada que ver con las categorías ateo-religioso, izquierda-derecha, PP-PSOE. Se puede ser aconfesional y defender la vida. No va de eso. Va de civilización frente a barbarie. No hace falta ser creyente ni de derechas para darse cuenta de que es un crimen liquidar una vida indefensa en el seno materno, de que las leyes despenalizadoras son incompatibles con el Estado de derecho y la democracia, y de que legitimar el asesinato de inocentes es totalitarismo. De eso va.

    Si admitimos que una vida de 19 milímetros es inferior a una vida de 10 centímetros, estamos admitiendo que hay vidas de segunda categoría, y dando por bueno que hay razas inferiores

    En ese sentido resulta un tanto hipócrita hablar de plazos o supuestos, como si eso atenuara la atrocidad. Como si la dignidad de la vida humana se pudiera medir con el metro. Si admitimos que una vida de 19 milímetros (lo que mide un embrión de 8 semanas) es liquidable e inferior a una vida de 10 centímetros (un feto de 14 semanas), estamos admitiendo que hay vidas de segunda categoría, y dando por bueno que hay razas inferiores y que, por lo tanto, pueden ser «extirpadas como un tumor cancerígeno» como decía el autor de Mein Kampf, por poner un ejemplo gráfico.

    La prueba es que, cruzada esa raya roja, poco importa que esa vida sea intra o extrauterina. Lo acabamos de ver en el Senado de EEUU, que ha dado carta de naturaleza al infanticidio, al bloquear los miembros del Partido Demócrata una propuesta legislativa para proteger la vida de los bebés que sobreviven a un aborto.

    Por eso, se antoja de vuelo corto la pretensión de Pablo Casado de derogar la ley Aído de aborto libre (2010) y volver a la ley de supuestos, del Gobierno González (1985). Es elogiable que, al menos, el líder popular haya reabierto el debate, pero si -como hemos quedado- cada vida tiene un valor incalculable, no te puedes conformar con que en vez de un aborto cada cinco minutos -como ocurre ahora en España- haya un aborto por hora. ¿Sería un logro conseguir que en vez de mil judíos en la cámara de gas, se asfixiaran solo cien? Desde luego, más vale que se salven 900, pero ¿nos conformaríamos con eso?

    Cierto que se trata de un problema de gran complejidad, consecuencia de varios factores: desde el drama de mujeres sin recursos o sin apoyos que se ven abocadas a la terrible tesitura hasta la cultura antinatalista implantada en Occidente en los últimos cincuenta años, pasando por los intereses creados de la cultura de la muerte (las farmacéuticas que se lucran con la anticoncepción o la esterilización, multinacionales como Planned Parenthood, o los abortorios que hacen caja cepillándose vidas humanas).

    Y no resulta fácil desmantelar el entramado económico del aborto, igual que no era sencillo desmantelar el de la esclavitud. Sin duda.

    Pero nada de eso es excusa. No vale argüir que mejor no meneallo, que nos quedamos en el mal menor de la ley de 1985; o salir, como ha hecho, la ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, apelando al progreso y al desarrollo (¿?), al decir que España cuenta con el aval de la OMS para practicar abortos seguros y el respaldo de Naciones Unidas y la UE. Lo que usted llama progreso, señora ministra, es crimen organizado.

    Por seguir con la desafortuna metáfora del progreso, la señora Carcedo llega a decir que “cuestionar el aborto es volver a la Edad Media”. En realidad, con  leyes como la de Aído, no hemos salido de ella. Sólo que los verdugos no llevan capuchón sino batas blancas y fonendo.

    Comprendo que hay mucho dólar y mucho euro de por medio, igual en la Alemania nazi había millones de marcos en juego. La empresa germana Degesch, fabricante de pesticidas que elaboraba el Zyklon-B, duplicó sus dividendos entre 1942 y 1944, ya se pueden imaginar por qué. Diez millones de euros anuales ganan los laboratorios con la píldora poscoital. Schering se enriquece comercializando en España la píldora abortiva RU-486. Y una red de clínicas ingresa millones de euros practicando abortos.

    No, no es un tema de izquierda-derecha, ateísmo-religión… sino de dignidad humana, de decencia. No es que los agnósticos o los de izquierdas tengan carta blanca para cargarse niños y los católicos no, porque su religión se lo prohíbe. No vale escudarse en etiquetas como “católico-ateo” para lavarse farisaicamente las manos, como ha hecho el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, tras aprobar la ley que permite el aborto durante todo el embarazo e incluso deja morir al bebé si sobrevive a la práctica. El cardenal Timothy Dolan ha centrado la cuestión con claridad meridiana: “Reducir la defensa de los derechos humanos de los niños por nacer a un ‘asunto católico’, es un insulto a nuestros muchos aliados de distintas religiones o de ninguna”.

    El Decálogo prohíbe abortar porque es elemental: igual de elemental que robar, estafar, torturar o violar

    El Decálogo prohíbe desmembrar niños en el vientre materno, porque es elemental: igual de elemental que robar, estafar, torturar o violar. La diferencia es que estas últimas son delitos, además de pecados, y el aborto no, porque ha sido despenalizado en las legislaciones de Occidente.

    Y ese pequeño detalle lleva a muchos al despiste… o a la patente de corso. Suele ocurrir cuando se convierte en legal lo que es inmoral, que se blanquea lo negro y se tapa lo corrupto, y todos se tranquilizan. Pero lo negro sigue siendo negro y lo corrupto, corrupto. Igual que eran negras las leyes racistas o genocidas de la Alemania nazi, sólo que como “aquello” era legal, la sociedad miraba para otro lado y pocos se inquietaban cuando oían trenes en la madrugada con los vagones llenos camino de Auschwitz.

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    Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.