De animales y dioses

    Ante esta alternativa entre el posthumanismo y el animalismo algunos seguimos creyendo en la Naturaleza, en la Creación y, por ende, en el Creador. En este contexto me parece oportuno recordar la vieja frase atribuida a Séneca: “No hay vientos favorables para quien no sabe a donde quiere ir”.

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    Imagen referencial de animalismo.

    Me ha resultado de interés el reciente libro del filosofo francés Francis Wolff titulado ‘Tres Utopías Contemporáneas’. Simplificando, básicamente sostiene que nos encontramos en una situación en la que los humanos ya no sabemos quiénes somos. Tras afirmar que ya no creemos en la salvación común (“ni en la salvación, ni en lo común”) razona la concurrencia de tres factores en ello: el declive de la política; la desconfianza respecto del Bien; y, el reino de los derechos individuales.

    En su criterio “lo político parece haber vencido a la política (política que implica la existencia de un ‘nosotros’). La increencia en el Bien se traduce en que “aspiramos simplemente a una sociedad -o a un mundo- menos malo; las manifestaciones que movilizan, de vez en cuando, a los jóvenes occidentales se rebelan contra alguna cosa en vez de movilizarse a favor de algo”.

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    En cuanto a los derechos individuales nos dice que “el sueño de la emancipación colectiva ha estallado en una multiplicidad dispersa de deseos, desde el principio de este siglo XXI ya no hay utopías ni sueños de liberación social no resta más que el imperio de los derechos”. Imperio de los derechos que no es ajeno a la exaltación del individualismo en nuestra sociedad.

    «El posthumanismo pretende negar nuestra animalidad y convertirnos en dioses»

    Ante esta crisis identitaria humana Wolff plantea la utopía cosmopolita -sobre la que aquí no me puedo detener- no sin antes abordar la contradicción que se produce entre la utopía posthumanista y la animalista.

    La primera, más allá del humanismo, pretende negar nuestra animalidad y convertirnos en dioses (humanos inmortales) y ofrece, gracias a los avances de la ciencia y de la técnica, una vida longeva y en buenas condiciones vitales, incluso la inmortalidad, pero olvidando los límites naturales de la condición humana. Aspecto éste que concurre, de algún modo, con los postulados negacionistas invocados por la ideología de género quien se opone a lo natural, lo que se es, por lo que se quiere ser en un acto de autoconstrucción personal.

    «El animalismo nos quiere convertir en animales equiparando sus derechos a los de los humanos en una misma comunidad moral»

    La segunda utopía, por debajo del humanismo, nos quiere convertir en animales equiparando sus derechos a los de los humanos en una misma comunidad moral; “se humaniza al animal y se animaliza al hombre”. Utopía que trae a mi memoria las palabras de monseñor Rouco Varela respecto al llamado Proyecto Gran Simio (PSG): “Ante esta concepción del hombre, de tan craso materialismo biológico, bastante extendida entre los científicos no le falta la teorización ética y antropológica de filosofías que refuerzan su prestigio y pasividad sociales”.

    Y así es, el PGS (relativo a bonobos, chimpances, orangutanes y gorilas) impulsado ya hace años por el filósofo australiano Peter Singer sostiene que “ni todos los miembros de la especie homo sapiens son personas ni todas las personas son miembros de la especie homo sapiens, por lo que deberíamos rechazar la doctrina que coloca la vida de los miembros de nuestra especie por encima de la vida de los miembros de otra especie (los grandes simios).

    El filósofo Peter Singer.
    El filósofo Peter Singer.

    Esta inverosímil teoría, pese a ello, ha sido objeto de apoyo por más de cien universidades europeas y el apoyo de diversas fundaciones y grupos animalistas. En España el PGS fue debatido, tras plantearse diversas proposiciones no de ley de grupos parlamentarios de la izquierda, siendo asumido en el año 2008 por la comisión de medio ambiente, agricultura y pesca del Congreso de los Diputados.

    Ante el empuje de ésta, hasta ahora, inédita negación radical del específico humano, según el cardenal Rouco, adquiere una especial actualidad la pregunta de Julián Marías: ¿No estará en curso un proceso de ‘despersonalización’, es decir, de ‘deshominización’ del hombre y de la mujer las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana?”.

    En el otro lado de la cuestión se ubica el posthumanismo uno de cuyos estudiosos más conocidos, Ray Kurzweil aborda la pretensión de que los humanos trascendamos de la biología -es decir, que dejemos de ser humanos- al objeto de conseguir el mayor alargamiento de la vida, incluso a vencer a la muerte eso sí, como dice Wolf, de la salvación de cada cual por sí mismo.

    Si partimos de una perspectiva reduccionista de lo humano (acentuando nuestro ser racional, o bioquímico, genético, cultural, o meros algoritmos, como sugiere el historiador Harari) y nos entregamos a la tecnociencia sin más, que duda cabe del alargamiento y mejora física de la vida; llegando incluso a la generación de diferentes clases humanas: los mejorados genéticamente, los mejorados por la inteligencia artificial en procesos de hibridación, o los hibrots (robots a los que se le adiciona elementos humanos, sean neuronas u otros) que tal vez dentro de no mucho sean reivindicados no como robots sino como humanos devaluando, como los animalistas, el valor propio de la naturaleza del hombre.

    Clases mejoradas en contraste con todas aquellas otras personas que no han podido acceder a dichas mejoras, ciudadanía de castas. En fin, el dominio de la vida y de la mente en su totalidad, transformándonos en dioses.

    Ante esta alternativa entre el posthumanismo y el animalismo algunos seguimos creyendo en la Naturaleza, en la Creación y, por ende, en el Creador del que somos sus criaturas aunque ya no lo sepamos, puesto que hace mucho tiempo vivimos como si el no existiera vivimos, por tanto, sin filiación alguna.

    Estoy de acuerdo con Wolff en su afirmación de que “los humanos ya no sabemos quienes somos», lo que supone un auténtico problema antropológico tanto en nuestra dimensión de seres como en la de especie humana, ¿qué somos hoy los hombres?, ¿animales, dioses o seres humanos? En este contexto me parece oportuno recordar la vieja frase atribuida a Séneca: “No hay vientos favorables para quien no sabe a donde quiere ir”. ¿Dónde vamos?

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    José Eugenio Azpiroz ha sido diputado nacional del PP por Guipúzcoa (1993-2015); portavoz y presidente de la comisión de Trabajo y Seguridad Social; portavoz en Juntas Generales de Guipúzcoa (1987-1996). Presidente del PP del País Vasco y de Guipúzcoa. En la actualidad sigue ejerciendo de abogado (desde 1979), es doctor en Derecho y profesor de Filosofía del Derecho en el Instituto de Estudios Bursátiles adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.