Capilla ardiente de Gabriel Cruz en Almería / EFE.

No pudo ser. Gabriel se fue al Cielo pronto, demasiado pronto, y nada se pudo hacer por salvar su vida. No ha sido una muerte en vano, no hay nada más que escuchar a su madre para saberlo. No hay nada más que ver la dulzura de esos padres para comprender que, aunque parezca imposible, de un mal tan atroz puede sacarse un bien.

He vivido la historia de Gabriel de una manera muy especial, entre otras cosas porque el entorno, ese maravilloso entorno del Cabo de Gata y mi Almería natal me tocan muy de cerca. Todo me resultaba familiar. Pero también han sido días especiales para mí porque mientras se buscaba desesperadamente a Gabriel ante la solidaridad de toda España, unos pocos luchábamos por salvar la vida de otro pequeño.

atricia Ramírez y Ángel Cruz, los padres de Gabriel, el menor asesinado en Níjar/EFE.

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Seguramente recibiré críticas por atreverme a hablar de esto después del dolor que ha supuesto la muerte de Gabriel, pero esto no es ni una comparación, ni un intento de llevar el ascua a mi sardina, que por cierto no tengo ninguna. Es simplemente un deseo y una necesidad de contar cómo han sido estos días para mí y para mis hijos, que han rezado por los dos.

Mientras una madre lloraba desesperadamente por encontrar a su hijo de 8 años, un padre lloraba desesperadamente por salvar la vida del suyo, de tan sólo 8 semanas. A la vez que rezábamos por Gabriel, lo hacíamos también por Juan, ese otro niño, que ya tenía nombre.

Luchábamos para que un rayo de esperanza iluminara la vida de ese hijo y la de sus padres, la de su madre también. A otra escala, movilizamos a la gente cercana para que se unieran a su manera en la lucha para salvar a ese otro ‘pescaíto’ que esperaba plácidamente en el vientre de su madre para poder nadar algún día en el mar del Sur, el mismo en el que tantas veces se había bañado Gabriel.

“He vivido la ruptura que supone el dolor de unos padres que buscan a su hijo, y el dolor de un padre que sabe dónde está el suyo pero que no puede hacer nada para salvarlo”

No pudo ser. Me van a perdonar el atrevimiento de utilizar las palabras de Patricia, madre de Gabriel para pedir que de esa muerte, y de las otras trescientas que el martes pasado se dieron en España, se pueda sacar un bien.

He vivido la ruptura que supone el dolor de unos padres que buscan a su hijo, y el dolor de un padre que sabe dónde está el suyo pero que no puede hacer nada para salvarlo. Y he sido, otra vez, consciente de la invisibilidad de esos otros seres humanos, bebés que mueren sin que nadie sepa de ellos. Sé que el dolor de unos padres en esas circunstancias es indescriptible, y que no puede compararse a otro dolor. Sé, ¿cómo lo diría? que “no es igual”. Sé que no son las mismas circunstancias, sé que un la vida de un niño de 8 años como Gabriel era un sueño por descubrir, tenía una sonrisa preciosa, unos ojos que cantaban por sí solos, y había tenido ocho años para ser, para vivir, y para ganarse el amor de todos los que lo conocían. Nada comparable al dolor de esos padres.

“Me consuela saber que estarán los dos juntos allí, en la luz, donde todo es posible, donde no hay dolor, donde los peces de su mismo mar de Andalucía serán de colores que aquí ni imaginamos”

Pero puedo decir, que he oído al padre de Juan llorar desconsoladamente, desesperadamente, durante días y horas, ante la impotencia de saber que la vida de su hijo tenía fecha y hora para morir, y que nada podía hacer para evitarlo. Aún así ha luchado, ha buscado ayuda, lo ha intentado hasta el final. Y quiero que este artículo sea un homenaje para él también, porque ha sufrido sólo y en silencio.

Ninguna muerte es igual a otra, pero sí hay un hecho que es común a todas: se trunca una vida con todas sus posibilidades, con todos sus sueños, con todo por hacer. Juan hubiera podido ser un buen pintor, un loco de los dinosaurios, un excelente recitador de poesías.

Gabriel hubiera podido ser, por lo que me cuentan, un maravilloso cantaautor, un gran biólogo marino. Me consuela saber que estarán los dos juntos allí, en la luz, donde todo es posible, donde no hay dolor, donde los peces de su mismo mar de Andalucía serán de colores que aquí ni imaginamos. Me consuela saber que en este mundo, como dice Patricia, hay muchas personas buenas, y me anima saber, de todo mal, se puede sacar un bien.

A pesar de tanto dolor, de tanto esfuerzo, de tanta tristeza, hoy sigo pensando que merece la pena dejarse la piel para que, por Gabriel y por trescientos “pescaítos” más que nadan hacia él cada día, triunfe el bien, y, por encima de todo, la Vida.

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Doctora en Medicina especialista en Pediatría. He trabajado en proyectos de cooperación al desarrollo en Sudamérica y África. Portavoz de Derecho a Vivir. Tengo la gran suerte de conocer una gran verdad científica: aquel que aparece en el mismo momento de la concepción es un ser vivo de la especie humana. Nuevo, diferente, único. No habrá otro igual a él sobre la faz de la Tierra. He dedicado parte de mi vida a proclamar esta verdad y a defender el derecho a la vida de cada uno de estos seres humanos.Es fácil. Me asiste la verdad y la certeza de que esta causa triunfará. Por eso estoy aquí