Hablemos claro: los animales no tienen derechos

    Sólo el ser humano puede ser sujeto de derechos. Otra cosa es que también tengamos obligaciones respecto a los animales. Y en esto hay mucha hipocresía.

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    Un humano sostiene la pata de un perro / Pixabay
    Un humano sostiene la pata de un perro / Pixabay

    Hace ya demasiados meses que se están multiplicando las peticiones de planes y protocolos de protección de los animales. Algunos, no han renunciado siquiera a aquella aventura irracional del proyecto Gran Simio, que pretende poner en el mismo nivel de dignidad al ser humano y a los orangutanes y bonobos, entre otros simios.

    El crecimiento de esta corriente de opinión es tal que el primer partido en número de votos que no obtuvo representación parlamentaria el pasado 20 de diciembre es el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal. Cosechó el apoyo de cerca de 220.000 ciudadanos.

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    A ver si lo decimos claro: Los animales no tienen derechos. Los derechos sólo son atribuibles a seres racionales, esto es, a los seres humanos. Esto no quita para que los humanos tengamos obligaciones respecto a los animales. Y muchas.

    Estas obligaciones, precisamente, se derivan de nuestra superioridad respecto a ellos. El ser humano, con su sensibilidad y su ética, está obligado moralmente a cuidar de ellos, con criterios racionales.

    Es muy frecuente que los defensores de posturas “animalistas” sean profusos adalides del infanticidio prenatal

    Es bueno reseñar, llegado a este punto, el trabajo ingente de tantos divulgadores que nos han enseñado a lo largo de los años a amar la naturaleza. Siempre deberemos reivindicar la labor de titanes del conservacionismo como el añorado Félix Rodríguez de la Fuente o Joaquín Araujo, entre otros.

    Cualquiera con dos dedos de frente suscribe esto.

    Pero el caso es que, con frontispicio o sin él, cada día es mayor el número de humanos que han adoptado una postura irracional (no humana) respecto a la protección animal. Tan irracional es esta postura, que es muy frecuente que los defensores de posturas “animalistas” sean profusos adalides del infanticidio prenatal. Abortistas, vamos, para que se entienda.

    Ellos, los fervientes defensores de los sucesores del uro, no pierden un segundo para pontificar sobre la moralidad y hasta la obligación de aplicar la pena de muerte para un animal –racional- de su propia especie, un ser humano.

    No están ustedes ante un urbanita que odie el mundo rural o sea insensible ante los animales. Pues no fue pequeña la llorera cuando tuvimos que sacrificar a Trapa, la perra que nos acompañó durante tantos años en casa. Perra que, por cierto, recogimos en la carretera un verano, perdida y sin identificar.

    Protestas por el sacrificio del perro Excalibur por motivos sanitarios /Wikimedia
    Protestas por el sacrificio del perro Excalibur por motivos sanitarios /Wikimedia

    Pero un animal es un animal. Y un humano un humano. Y, aunque obvio, parece que esto no está claro para muchas personas. Recuérdese que lo mismo que reclamaron que no se repatriara a un ser humano moribundo por entregar su vida a los más pobres, misionero para más señas, montaron en cólera por un perro sacrificado por motivos de seguridad sanitaria.

    Hay que desenmascarar esta hipocresía que invierte el orden natural de las cosas. Somos los humanos los que tenemos obligaciones respecto a los animales, no éstos quienes son sujetos de derechos. Seamos racionales.

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    Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".