Mis otros 10 hijos

    A mi bebé lo tiraron a la basura delante de mí, no hubo ni siquiera contenedor específico para él junto con manos y pies. No hay siquiera un documento de información para los padres explicándoles qué se va a hacer con su bebé muerto o una solicitud de consentimiento. Nada.

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    Leonor Tamayo, junto a su marido Francisco Navarro y sus siete primeros hijos /PPE
    Leonor Tamayo, junto a su marido Francisco Navarro y sus siete primeros hijos /PPE

    Hace ahora 17 años que tuve mi primer aborto. Empecé a sangrar y me fui a urgencias, estaba todo en orden por el momento, reposo, volví a casa y al poco empecé a sangrar mucho más. Vuelta a urgencias. Me volvieron a examinar y entonces el médico cogió el saquito que acaba de descolgarse y mientras lo balanceaba me decía «mira, aquí está» y entonces lo tiró al cubo de basura que tenía al lado. Era mi segundo hijo.

    Yo lloraba en silencio mientras mi marido me cogía la mano. Aquello quedó como encapsulado en un ladito del corazón hasta un tiempo después. Fue el primero de una larga serie de abortos. No sé qué pasó con los demás.

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    Cuando te dicen en la ecografía que no tiene latido, se te nubla todo alrededor y los ojos se llenan de lágrimas. Sientes una pena inmensa. Pero hay gente esperando fuera de la consulta y van con retraso, hay que darse prisa, te vistes, fijas la fecha para el legrado y te vas rápido, deseando llegar a algún sitio donde nadie te vea y puedas llorar por tu bebé muerto.

    Y casi siempre la misma frase del médico «ya verás cómo enseguida te vuelves a quedar embarazada». Sí, puede ser…pero mi bebé se ha muerto. Es verdad que ha vivido muy poquito, que no le vi la cara ni le abracé, que no le vi sonreír ni pude acariciarle, que, a fin de cuentas, no le vi crecer ni llegué a conocerle. Pero yo era su mamá y él mi hijito, y necesito un tiempo de duelo.

    No hay siquiera un documento de información para los padres explicándoles qué se va a hacer con su bebé muerto o una solicitud de consentimiento

    El legrado es el siguiente trago muchas veces. Y no es fácil.

    Sé que un aborto de 8, 10 o 12 semanas no es una gran desgracia, es una pérdida que se asume y se supera. Pero ese primer momento, el momento de recibir la punzadita de pena, es muy diferente cuando el médico parece que sufre contigo y que no tiene prisa, como si fueses la única paciente que tiene esa mañana, cuando le da espacio a tu silencio y te trata con delicadeza. Médicos entrañables, expresivos y respetuosos, con una gran dosis de humanidad y un gran corazón.

    Y cuando los que te rodean acogen tu dolor y le dan importancia a algo que para ti lo es todo en ese momento. No es necesario decir nada, no hace falta atinar con la frase perfecta, basta con respetar, escuchar y acompañar. Sin prisa. Es ese lado humano, el del corazón, que mueve todo y creo que no acabamos de comprender lo importante que es, el que te da fuerza o te la quita.

    Y junto a todo esto, lo más importante de todo: el tratamiento que merece una vida humana, cualquier vida por pequeña que sea y sin importar el número de semanas.

    A mi bebé lo tiraron a la basura delante de mí, no hubo ni siquiera contenedor específico para él junto con manos y pies

    En uno de los legrados pregunté al médico y me dijo que no me preocupase, que los fetos no se tiraban a la basura, que había una especie de «contenedores» específicos para los restos humanos: pies, manos, fetos…Pero era una respuesta que no me valía, y, desde luego, no me dio ninguna paz. Era mi bebé, no un apéndice. Sin embargo, a nadie parecía importarle demasiado. Ni aquella vez, ni las otras 9. Y en eso no he encontrado excepciones.

    Cuando he insistido en la necesidad de un tratamiento acorde con la dignidad de una personita de pocas semanas, he tocado en hueso. Aunque nunca me lo han llegado a decir, yo he entendido siempre que, con el silencio, con el encogimiento de hombros o ese «uf, es muy complicado», lo que querían decir era algo así como que hay muchos abortos espontáneos y no vamos a andar con jaleos cada vez, no merece la pena. Pero ¿alguien les ha preguntado a los padres si a ellos les merecía la pena?

    No hay siquiera un documento de información para los padres explicándoles qué se va a hacer con su bebé muerto o una solicitud de consentimiento. Nada.

    Un bebé de pocas semanas no merece ni un papelito firmado. A mi bebé lo tiraron a la basura delante de mí, no hubo ni siquiera contenedor específico para él junto con manos y pies.

    Yo sigo sin poder entenderlo 17 años después y tras haber pasado por ello 10 veces ¿no merecen saber los padres qué va a pasar con su hijo muerto, por muy chiquitito que sea, y tener el consuelo de saber que recibe un tratamiento digno y humano? ¿Ni siquiera ese poquito vale su vida a los ojos de los demás?

    Desde aquí lanzo este guante. Creo que es el primer peldaño para poder reconstruir una cultura de la vida.

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    Orgullosa de ser mujer, esposa de Paco y madre de 10 hijos. Estudié Filología Inglesa, pero acabé por entregarme -feliz- al cuidado de mis hijos. También presido Profesionales por la Ética y la plataforma Women of the World. Además, he escrito un libro (Mi historia y once más, Ed. Áltera) y tengo un blog con el mismo nombre. [https://mihistoriayoncemas.wordpress.com/home/] Reivindico la esencia de lo femenino y lo masculino (diferentes, gracias a Dios) en su complementariedad.