No todo es cuestión de genes…

    La exaltación de la genética que induce a pensar que los genes están detrás de todo y lo determinan todo en el ser humano.

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    Test de genetica

    Últimamente en los foros de debate, medios de comunicación, tertulias, etc., se aprecia una exaltación de la genética que induce a pensar que los genes están detrás de todo y lo determinan todo en el ser humano… No sólo en lo que atañe a sus rasgos biológicos, físicos, sus enfermedades y habilidades incluso mentales, sino también en el comportamiento, hábitos de vida y hasta creencias religiosas.

    La fe en la genética alcanza incluso a los partidos políticos, o las organizaciones, cuando se recurre al ADN para definir sus señas de identidad. En los últimos años hemos visto aparecer y al poco tiempo evaporarse por su propia falsedad el cromosoma de la criminalidad, el gen gay, el gen de Dios, etc. Ahora se nos ofrecen remedios para reducir el peso, aumentar las defensas o alargar la vida mediante unos pretendidos test genómicos que realmente están todavía muy lejos de un diagnóstico personalizado real.

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    No seré yo quien me queje del uso abusivo de la genética en todos los ámbitos de la vida, pero sí de la arbitrariedad con que se hace, incluso pasando de la metáfora a la categoría, con evidente falta de realismo. En ocasiones, al entusiasmo por hacer de los genes el motor de nuestras características y de nuestros actos, se une una alegría desbordante cuando se dice eso de que “ya somos capaces de…” modificar genes, editar el genoma, corregir tal o cual enfermedad por terapia génica, etc.

    Me asombra cuando oigo hablar así, no solo por el hecho de pluralizar unas capacidades que solo algunos científicos poseen, sino también por lo que supone pontificar sobre lo que se desconoce y exagerar sobre unas posibilidades aun muy limitadas en todos estos campos punteros de la investigación genética.

    «Asociar todo tipo de rasgos físicos y de comportamiento a los genes que cada uno posea es una pendiente deslizante y peligrosa»

    Pero además, asociar todo tipo de rasgos físicos y de comportamiento a los genes que cada uno posea es una pendiente deslizante y peligrosa. Ese fue el origen de las corrientes racistas y eugenésicas de principio del siglo XX que trataron de erradicar inútil y salvajemente los comportamientos antisociales, o los caracteres arbitrariamente considerados de “baja calidad genética” por medio de leyes a favor de la esclavitud, la esterilización, la prohibición de tener descendencia o, peor aún, de exterminio de seres humanos. Algo que por cierto se ha reproducido en la actualidad al admitir el derecho al aborto eugenésico o embriopático, basado en la detección de posibles alteraciones genéticas en el no nacido.

    Pero refiriéndonos a las personas adultas, baste señalar aquí que no es imputable del mismo modo un comportamiento antisocial de estar determinado genéticamente, que de tratarse de un acto voluntario, premeditado y consciente, fruto del ambiente de crianza o de la educación e influencias recibidas. De ahí, lo importante que es distinguir entre lo que es genético y lo que no lo es.

    Un carácter del que se dicen muchas cosas, pero que nos puede servir para distinguir el papel de los genes es la “longevidad”. Es cierto que hay familias en las que abundan las personas centenarias y en las que debe haber una base genética por medio… Pero del mismo modo podríamos pensar en los buenos hábitos de vida. El deseo de prolongar la vida, e incluso alcanzar la inmortalidad, es probablemente tan antiguo como la humanidad misma, o lo que es lo mismo, que la conciencia de la muerte. ¿Es la longevidad una cuestión de genes o de buenos hábitos de vida?

    La esperanza de vida actual en Europa occidental está en torno a los 85 años para las mujeres y 78 para los varones y sabemos que se está investigando para prolongarla lo más posible. De hecho es evidente que a lo largo del siglo XX este parámetro se ha extendido considerablemente merced a los grandes progresos en calidad de vida y en particular por los grandes avances de la Medicina, al margen de los genes. Pero otra cosa es pensar, como propugnan los “transhumanistas”, que mediante manipulación genética se podrá llegar a triplicar la esperanza de vida o incluso prolongarla ilimitadamente. ¿Cómo? En el caso de que haya una base genética habrá primero que conocer qué genes o qué parte del genoma humano está implicado en el desgaste de las funciones biológicas para a continuación habilitar la tecnología para corregirlo, cosa que hoy por hoy es ciencia ficción.

    «La investigación sobre la longevidad en poblacionales humanas ha servido para demostrar la complejidad de los determinantes genéticos de que depende»

    La investigación sobre la longevidad en poblacionales humanas ha servido para demostrar la complejidad de los determinantes genéticos de que depende. Se ha demostrado en primer lugar la existencia de una relación entre la longitud de unas secuencias repetitivas de ADN de los extremos de los cromosomas, los llamados “telómeros”, y el riesgo de padecer enfermedades limitantes de la edad, como el cáncer.

    De este modo se podría pensar que si se consiguiera atajar el acortamiento de los telómeros o de elevar la síntesis de la telomerasa, una enzima que interviene en el proceso, se podría evitar el cáncer y alargar la esperanza de vida de las personas. ¿Es esto posible? Lo que se puede decir es que no se conocen todos los factores que intervienen en el desgaste de los telómeros con la edad y lo que importa no es tanto tener los telómeros más o menos largos, sino la tendencia o evolución hacia su acortamiento con el tiempo.

    La Dra. María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) e investigadora que ha centrado una gran parte de su actividad en el estudio de los telómeros, ha publicado recientemente en coautoría con la periodista Mónica G. Salomone, un libro de divulgación titulado Morir joven, a los 140 (Ed. Paidós, 2016), en el que nos dice muchas cosas sobre el momento actual del tema. Es fundamental por ejemplo saber que el desgaste de las funciones vitales se debe a un envejecimiento molecular y que si se pudiera atajar la ralentización de la actividad molecular se conseguiría prolongar la vida de las células.

    En este sentido, uno de los factores sería atajar el acortamiento de los telómeros, lo cual cuando se ha hecho en ratones ha permitido prolongar en hasta un 40% su esperanza de vida en las condiciones de experimentación… El ratón, como buen Mamifero que es, posee un genoma en extensión de ADN y número de genes muy parecido al del hombre, con unos 3.175 Mb (millones de pares de bases).

    En organismos más sencillos las cosas pueden ser más fáciles. De este modo, en 2010 la bióloga Cynthia Kenyon y su colaboradora Julie Pinkston, de la Universidad de California en San Francisco, descubrieron que un cambio en un solo gen, llamado daf-2, en unos gusanos de la especie Caenorhabditis elegans, que posee el genoma animal más pequeño que se conoce, con apenas 97 Mb de ADN, conducía a la duplicación de la longevidad que para esta especie es de unas tres semanas.

    Es evidente que el envejecimiento es algo muy complejo que no depende solo de los genes o de determinadas secuencias del ADN. En todo caso, no hay genes que determinen el envejecimiento directo y la muerte celular, sino todo lo contrario. El genoma de las especies pluricelulares está dotado de genes que vigilan y reparan las posibles alteraciones de otros genes a lo largo de la vida. Todo va bien mientras estos sistemas se mantienen inalterados.

    Pero inevitablemente a lo largo de la vida hay una pérdida de actividad molecular que también ha de afectar a estos genes y al final, si fallan los sistemas de vigilancia, surge el deterioro genético y como consecuencia la muerte celular y/o la aparición de tumores.

    «El envejecimiento sigue un orden progresivo con la edad que empieza afectando al funcionamiento de los genes, entendiendo por tal las mutaciones que provocan alteraciones de su expresión»

    El Profesor Jose Luis Velayos, Catedrático de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra, autor del libro “El envejecimiento cerebral” (Ed. Digital Reasons, 2015) lo explica muy bien. Nos dice que el envejecimiento sigue un orden progresivo con la edad que empieza afectando al funcionamiento de los genes, entendiendo por tal las mutaciones que provocan alteraciones de su expresión.

    Entre estas alteraciones se incluyen las de los genes encargados de la fidelidad de la replicación y reparación del ADN. Este proceso va acompañado también por el acortamiento de los telómeros, lo que conlleva fallos en la replicacion del ADN cromosómico. Esto y los  cambios en la  membrana citoplásmica que relaciona el interior de las células con  el medio pericelular influyen en la vida celular.

    Cuando envejece la membrana citoplásmica se producen alteraciones en ese intercambio, que repercuten en el estado de la célula. Naturalmente, cuando el número de células alteradas o perdidas en un tejido llega a un cierto porcentaje, la capacidad funcional de ese tejido  se resiente y lo mismo le sucede al órgano al que pertenece el tejido, y al organismo en su conjunto. Se trata de un proceso natural e imparable en los animales en los que todos los órganos y sistemas son interdependientes.

    Este es el verdadero problema y aunque se consiguiera prolongar la vida celular el retraso en el envejecimiento no evitaría la aparición de tumores. Algunos autores se preguntan sobre cuánto depende de los genes en el envejecimiento y cuánto de los demás factores. De acuerdo con los datos conocidos, de los dos elementos a considerar en el envejecimiento, el genético (mutaciones génicas, longitud de los telómeros…) podría representar un 20 a 40%, mientras que los factores ambientales (hábitos de vida, alimentación, estrés…) estarían representando el 60 a 80% restante. Esto significa que la mejor forma de aumentar la esperanza de vida sigue siendo una buena alimentación y buenos hábitos de vida.

    Lo que apoyan y sostienen los transhumanistas, prolongar ilimitadamente la vida es una fábula que no se sostiene ya que no se trata solo de un intento de superar problemas de salud, sino de la no aceptación de nuestras limitaciones, como seres confinados a una naturaleza que tiene una ineludible fecha de caducidad.

    Es evidente que en el ser humano la influencia del ambiente el estudio, el esfuerzo personal, la educación, los buenos hábitos de vida tienen más que ver con lo que somos como personas que nuestros genes. Ni somos autómatas ni estamos sometidos a la dictadura de nuestros genes.

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    Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura. Consultor del Pontificio Consejo de la Familia. Pertenece a diversos comités de Bioética. Autor de varios libros de divulgacón científica y de bioética. Participa en másteres, cursos, conferencias, publicaciones y medios de comunicación.