¿Somos máquinas o personas?

    El autor sostiene que cada individuo, cada ser humano, cada vida humana debe respetarse por su condición de persona, que es lo mismo que decir que se trata de un fin en si mismo.

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    Experimentos en un laboratorio / Pixabay.com

    Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es el de pensar que el hombre tiene una capacidad ilimitada de conocimiento y que la ciencia, producto de esa capacidad, lo puede todo. De este modo se piensa que más tarde o más temprano será técnicamente posible conseguir cualquier cosa que se nos ocurra en relación con el futuro biológico del propio hombre.

    De entrada, esta supuesta capacidad omnímoda es una falacia por la propia complejidad del fenómeno humano, una rareza de la naturaleza por su condición de «sustancia individual de naturaleza racional», según la acertada definición de Boecio (s. V).

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    No somos solo materia, no somos máquinas, sino personas dotadas de racionalidad, lo que nos eleva a un rango de dignidad superior que antes de nada debería hacernos reflexionar. Cada individuo, cada ser humano, cada vida humana debe respetarse por su condición de persona, que es lo mismo que decir que se trata de un fin en si mismo.

    Todo esto, viene a colación de las corrientes ideológicas que propenden a disociar los conceptos de «ser humano» y «persona», como si se tratase de sujetos diferentes… lo cual es artificial e insostenible, por mucho que haya inspirado leyes y convenios internacionales.

    Dar la espalda al derecho natural

    Decía María Dolores Vila-Coro en su obra La vida humana en la Encrucijada que: «El uso del término persona desvinculado de individuo de la especie humana, ha dado lugar a que no se defina con propiedad lo que es persona».

    La misma jurista solía distinguir entre lo que es legal y lo que es legítimo hasta llegar a afirmar que una ley puede ser legal, si fue aprobada en un órgano legislativo competente, pero al mismo tiempo podría ser ilegítima, cuando sí se basa en unos datos falsos o le da la espalda al derecho natural, como ocurre, por ejemplo con la actual de la ley del aborto.

    En la misma línea de pensamiento, el prestigioso jurista y catedrático emérito de Filosofía del Derecho, D. Ángel Sánchez de la Torre, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación dice, en relación con el derecho a la vida del concebido que: «el derecho a la vida es lo más concreto que existe. Ningún sistema jurídico que se precie de serlo puede convertir un delito en un derecho. El derecho es lo que es, y no lo que los políticos, ni siquiera los legisladores quieren que sea».

    Recordemos el principio básico de la Bioética: «No todo lo que es técnicamente posible es, por eso mismo, éticamente aceptable»

    Pero dejando el mundo de lo jurídico para acercarnos a la propia investigación científica, lo cierto es que una cosa es la ciencia y otra las aplicaciones derivadas del conocimiento científico. En ciencia, antes de hacer nada hay que pensar en las consecuencias.

    Corrientes filosóficas posthumanistas

    Recordemos el principio básico de la Bioética de que «no todo lo que es técnicamente posible es, por eso mismo, éticamente aceptable». Este eslogan surgió a propósito de los riesgos de la llamada «ingeniería genética» aplicada a las bacterias en los años setenta.

    Riesgos, que a pesar del control y de los comités de bioética que deciden sobre lo que se puede o no hacer se han recrudecido a veces de forma exagerada ante los presuntos riesgos de los organismos modificados genéticamente, como en el caso de las plantas y los animales transgénicos.

    El problema es que hay quien se propone aplicar un conjunto de tecnologías para transformar al ser humano en una nueva especie. ¿De verdad creen que esto es posible y que además es éticamente aceptable? A pesar de todo, algunos biólogos moleculares que siguen las corrientes filosóficas «posthumanistas» están poniendo en marcha tecnologías que, con mayor o menor probabilidad de éxito, persiguen un «mejoramiento humano».

    El problema es que hay quien propone aplicar un conjunto de tecnologías para transformar al ser humano. ¿De verdad creen que esto es posible y que además es éticamente aceptable?

    Pero es importante distinguir entre mejorar la salud y pretender mejorar al hombre. Lo primero, es perfectamente defendible. ¿Quién no desea la curación de un enfermo de cáncer o de alguna de los cientos de enfermedades raras que aquejan a muchas personas?

    «Cortar y pegar»

    Para ese fin se investiga en nuevas técnicas de «terapia génica». Aunque el ritmo sea lento, es esperanzador. Se trata de corregir in situ, las deficiencias o los errores en el genoma de un paciente, por medio de una operación de sustitución o inserción de una pieza de ADN causante de una enfermedad.

    La lentitud con la que se han venido obteniendo algunos resultados positivos se debe precisamente a los riesgos que conlleva y a la necesidad de andar con pies de plomo. Hoy sabemos mucho sobre la organización de nuestro ADN, su estructura y la función de los más de 21.000 genes que posee nuestro genoma… pero no es tan fácil «cortar y pegar» una secuencia de un gen o modificar su expresión.

    El genoma funciona como un reloj en el que unas partes dependen para su expresión de otras y no es fácil acertar con la solución de uno solo de sus elementos sin riesgo de que se altere cualquier otro. Hacen falta años de investigación para llegar a los ensayos preclínicos y clínicos necesarios para la implantación de estas técnicas.

    En esta misma línea ha surgido una nueva tecnología, denominada CRISPR-Cas9, -el nombre no viene al caso-, que permite «editar» la secuencia de ADN de la región del genoma responsable de una patología, corregirla y reemplazarla con el fin de que se restaure la función alterada. A pesar de los éxitos de esta tecnología en organismos no humanos hay mucha prevención antes de su aplicación clínica.

    Enfermedades genéticas raras

    La aplicación fue propuesta, entre otros, por las investigadoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, premiadas el año pasado con el Premio Princesa de Asturias de la Investigación Científica y Técnica. Pero todavía hay mucho camino por recorrer en la precisión que requiere la «edición» y «corrección» de las secuencias génicas responsables de las patologías.

    Aun así, es una via esperanzadora que debe continuar para ir resolviendo todos los obstáculos que se plantean y sobre todo para solucionar los graves problemas de salud de muchas enfermedades genéticas raras, inabordables hasta el momento.

    En relación con la tecnología del CRISPR-Cas9, el Premio Nobel de Medicina de 1975, David Baltimore decía en un reciente artículo en la revista Science que: «Antes de aceptar cualquier intento de aplicación de ingeniería genética humana, incluso para uso clínico, deben ser profusamente investigadas y entendidas a fondo la seguridad y la eficacia potencial de esta tecnología».

    El Premio Nobel de Medicina de 1975: «Antes de aceptar cualquier intento de aplicación de ingeniería genética, deben ser investigadasla seguridad y la eficacia potencial de esta tecnología»

    A mitad de camino entre las aplicaciones éticas de esta tecnología y lo que entraría en un ámbito externo al mundo de la salud se sitúa el trabajo de unos investigadores chinos, que han apicado la técnica CRISPR-Cas9 para la modificación de genes en cigotos y células embrionarias humanas.

    Un tejido somático propio

    De cometerse un error en la modificación de las células embrionarias, que por serlo aún no están diferenciadas pero de las que surgirán después todas las líneas celulares que darán lugar a todos los tejidos del ser en desarrollo, incluida la línea germinal, podría llegar a alterarse de forma irreversible el genoma de las futuras generaciones.

    Naturalmente la escrupulosa marcha de la investigación con esta nueva tecnología bajo la rigurosa vigilancia de los comités de bioética en otras lalitudes ha quedado dañada… por lo que se ha impuesto una moratoria con la obligación de no continuar utilizado embriones, ni tocando la línea germinal, por su peligrosidad.

    La «terapia génica» no tiene sentido en la línea germinal, ya que de lo que se trata es de curar una patología en un enfermo concreto, normalmente un nino o un adulto, mediante la restauración de una función genética en algún tejido «somático» propio (en sus células sanguíneas, musculares, etc.) no en su línea germinal.

    Sin embargo, sí lo que se pretende no es curar una enfermedad, que es a lo que se refiere la «terapia génica» sino que se persigue un «mejoramiento» de potenciación de las capacidades de expresión de los genes, con fines ajenos a la salud, estaríamos adentrándonos en una aventura cuyas consecuencias son imprevisibles. Esto es lo que les gusta a los «posthumanistas» que piensan en la «novedad», más que en la «corrección».

    Los límites de lo éticamente aceptable

    Que piensan en un «mejoramiento de la especie humana», no con fines curativos, sino para prolongar la vida o potenciar las capacidades físicas o intelectuales de personas sanas.

    Todo lo cual plantea una serie de interrogantes: ¿deben aceptarse con los mismos criterios las tecnologías destinadas a curar una enfermedad que las que pretenden modificar genéticamente a un ser humano?, ¿quienes serían los beneficiarios si es que hubiese alguno?, ¿cuál sería el límite de lo que se pretende «mejorar»?, ¿se trata de llevar a su máxima plenitud nuestras propias posibilidades o de dar un aso hacia un ser humano distinto y superior?, ¿no es todo esto una rebeldía contra nuestra naturaleza?, ¿Dónde situar los límites de lo éticamente aceptable?

    ¿Deben aceptarse con los mismos criterios las tecnologías destinadas a curar una enfermedad que las que pretenden modificar genéticamente a un ser humano?

    Dejamos aquí todas estas interrogantes a la espera de ver que es lo que se irá produciendo con este tipo de iniciativas. En realidad el «posthumanismo» es más un movimiento filosófico-cultural que una vía de investigación biomédica, que roza la ficción en muchas de sus pretensiones.

    Mientras tanto, tratemos de poner las cosas en su sitio y volver a la cordura delimitando las líneas de actuación. El filósofo Hans Jonas ha señalado que deben establecerse límites a la investigación aplicada porque el hombre no es una máquina, es una persona, cuya dignidad está por encima de todo.

    En este sentido, el médico y genetista francés Jerome Lejeune (1926-1994), descubridor de la trisomía 21, causante del síndrome de Down y un gran defensor de la vida y de la dignidad humana denunciaba la situación alarmante a la que se está llegando en nuestro tiempo al significar el «desequilibrio cada vez más inquietante entre nuestro poder que aumenta y nuestra sabiduría, que disminuye».

    Por Nicolás Jouve, Catedrático Emérito de Genética y Presidente de CíViCa.

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    Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura. Consultor del Pontificio Consejo de la Familia. Pertenece a diversos comités de Bioética. Autor de varios libros de divulgacón científica y de bioética. Participa en másteres, cursos, conferencias, publicaciones y medios de comunicación.