Aspecto de una de las marchas por la vida celebradas en Argentina en 2018.
Aspecto de una de las marchas por la vida celebradas en Argentina en 2018.
Durante el largo debate sobre el aborto desarrollado en el Senado de Argentina, ha habido quien, con acierto, ha señalado que quienes pretenden legalizar la muerte provocada de seres humanos antes de nacer están fallando estrepitosamente.

Por supuesto, porque fomentan el homicidio prenatal, hecho que además marca indefectiblemente a la madre del niño física y psicológicamente.

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También porque la Constitución de Argentina es clara en cuanto a la protección de la vida humana desde el momento de la fecundación. Por tanto, se hace necesaria una modificación de la Carta Magna argentina para plantear la despenalización del aborto.

En tercer lugar, en la cámara federal de representantes de la República Argentina se ha aumentado que, en todo caso, la ley de aborto que se propone no trata de acotar las situaciones que ponen a una mujer y su hijo en riesgo de aborto.

Es una ley, como tantas otras similares en el mundo, que es derrotista en origen, ya que se limita a abordar (de la peor manera, dicho sea de paso) las consecuencias, mientras ignora las causas (en el mejor de los casos) o las fomenta, como es habitual.

“Enseñemos a los menores a valorar la vida humana desde la concepción. A saber aguardar el momento idóneo para afrontar la maternidad y la paternidad”

A nadie con un mínimo de honestidad intentelectual se le escapa cuál es la vía natural por la que un nuevo ser humano empieza su desarrollo, a la espera de nacer. Negar esta evidencia científica es absurdo, aunque no por ello poco frecuente.

Parecería lógico en todo caso, que los legisladores enfocaran su labor a procurar las mejores condiciones posibles para la creación y desarrollo de un nuevo miembro de nuestra especie y no hicieran uso de sus atribuciones para eliminarlo.

El planteamiento, si no, se torna perverso y absurdo. Como tapar los agujeros de un camino con dinamita, que solo servirá para hacerlos más grandes, mientras acabarán con la vida de algún caminante.

Se hace necesaria, pues, una legislación valiente, propositiva y realista que aborde con decisión las condiciones que favorecen que una madre se plantee matar a su hijo.

Enseñemos a los menores a valorar la vida humana desde la concepción. A saber aguardar el momento idóneo para afrontar la maternidad y la paternidad. A procurar el mejor entorno posible de amor y seguridad para acoger una nueva vida. A respetar al otro y a uno mismo en sus diferencias como hombre y mujer. A no despreciar la vida de los demás porque no sea como la que hubiéramos deseado.

Los abortados no son culpables de llegar de forma inesperada, ni de las condiciones socioeconómicas que rodean su venida

Si se pusieran todas las fuerzas en lograr que la ciencia y la enseñanza se pongan al servicio de la llegada de ese nuevo ser en las mejores condiciones, nos irían mucho mejor las cosas.

Y no estaríamos provocando la muerte de millones de seres humanos cada año antes de nacer absolutamente inocentes respecto a su origen y circunstancias.

Los abortados no son culpables de llegar de forma inesperada; ni de las condiciones socioeconómicas que rodean su venida; ni de cómo son o se comportan sus padres; ni de sus propias condiciones sanitarias o genéticas; ni de la forma en que fueron concebidos…

Por eso, entre otras razones, no pueden pagar con su vida por las circunstancias que les han tocado en suerte o desgracia. ¿Es o no es esto verdadera justicia social?

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".