Tragedia demográfica / El problema no son los osos polares sino las cigüeñas

    La noticia más alarmante del año no es que las islas de plástico crezcan en el Pacífico, o que los osos del Ártico se estén despeluchando con el calor sino que las cigüeñas ya no traen niños a España. El número de nacimientos ha caído un 40% en España en los 10 últimos años. ¿Por qué? He ahí la cuestión.

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    Imagen referencial de natalidad / Pixabay
    Imagen referencial de natalidad / Pixabay

    Los telediarios no le han hecho demasiado caso, pero ¿no tienen ustedes a veces la sensación de que los telediarios parecen la orquesta del Titanic? Porque el tema va de naufragios, el de una sociedad, la española, que, por hache o por be, se empeña en abrir vías de agua y en hundirse progresivamente, por el procedimiento de no traer hijos al mundo.

    De ser uno de los países con natalidad alta a mediados del siglo XX España ha pasado a tener la segunda tasa de fertilidad más baja de la Unión Europea. En los diez últimos años la natalidad ha caído un 40%, constata el Instituto Nacional de Estadística. Debido a que ya hay más muertes (426.053) que nacimientos (369.302), el crecimiento vegetativo presenta un saldo negativo de 56.262 personas.

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    A la pregunta de ¿por qué no tenemos hijos?, trata de responder El Mundo con un reportaje en el que destaca, en primer término, las razones económicas. Constata una realidad: quienes están en edad de merecer -los millennials– se ven obligados a elegir tener trabajo o tener un hijo, tal como está el precio de la vivienda, el precario mercado laboral y el poder de adquisitivo del asalariado medio.

    ¿Pero, de verdad, es la falta de dinero la razón más determinante por la que España no se reproduce? O dicho de otro modo ¿se tienen hijos por las ayudas que se reciben (desgravaciones fiscales, permisos de paternidad)? No parece. Porque la familia y los hijos son siempre una empresa deficitaria, por definición.

    El dinero no lo es todo. Las nuevas generaciones de féminas parecen haber renunciado a la maternidad

    La prueba de que la situación económica no es el factor más relevante es que en en 1944, una España devastada por la Guerra Civil y con unas condiciones económicas francamente precarias (cartillas de racionamiento incluídas), había 23 nacimientos por cada 1.000 habitantes, mientras que ahora hay 7,9 por cada 1.000. Y, sensu contrario, en los años 70, comenzó a descender la natalidad, justo cuando el país había experimentado un espectacular crecimiento económico y habían crecido el poder adquisitivo y el nivel de vida de los españoles. La clase media ya tenía coche, televisión en color, veraneo en la playa, y, en algunos casos, hasta chalet en la sierra -algo impensable solo una década antes-; y sin embargo pasó de la familia numerosa a la parejita. Y así lo refleja una película como Las verdes praderas, de José Luis Garci.

    El dinero no lo es todo. Hay un segundo factor, acaso más determinante: la emancipación laboral de la mujer y, vinculado a este, el descenso de la maternidad. La estructura capitalista aboca fatalmente a la necesidad de dos sueldos (de marido y mujer) para mantener a la familia, eso es innegable.

    Pero, al mismo tiempo, las nuevas generaciones de féminas parecen haber renunciado a la maternidad, incluso aunque sus condiciones económicas hayan mejorado. En algunos casos, la pareja ya no necesita dos salarios, pero entonces la mujer retrasa la maternidad o incluso la rechaza, porque no quiere perder su estatus, porque está cómoda, o porque en su horizonte vital sencillamente no figuran los hijos. Y eso ya no es un cambio de carácter económico sino antropológico.

    Por primera vez en la Historia, tenemos maternofobia, como titula El Mundo, el mencionado reportaje. La mujer ha renunciado a su sueño secular, el objetivo número uno de su vida: casarse y tener hijos. La nupcialidad (por la Iglesia, pero también civil) se ha desplomado. Consecuencia a su vez, de la crisis de los matrimonios, y de la onda expansiva del feminismo radical -ya en la Biblia feminista, El segundo sexo, Simone de Beauvoir echaba pestes de la maternidad y llegaba a decir que la mujer es  víctima de su «esclavitud menstrual»). Del “Nosotras parimos nosotras decidimos” hemos pasado al “Nosotras decidimos no parir”.

    Las jóvenes generaciones de mujeres no están programadas para el matrimonio, como viene sucediendo durante miles de años, sino para el máster, el triunfo profesional y luego, si eso, si me queda algo de tiempo y ganas, reproducirme, pero yendo a por el hijo, no recibiendo un regalo, sino dándome un capricho. Con o sin varón, eso es lo de menos.

    Y ese mensaje, inconcebible hace sólo 30 años, ha calado en la sociedad. La maternidad está mal vista, y la alta maternidad ¡buff!, la alta maternidad merece poco menos que el hierro candente y la letra escarlata que ponían los inquisidores puritanos de Nueva Inglaterra. De “las mujeres y los niños primero” hemos pasado a la maternofobia, a la niñofobia y, en el fondo, a la familiofobia.

    El matrimonio está demonizado, la prole está demonizada -y si no, ya se encargan los gobernantes de hacerlo, como Macron diciendo que tener hijos es de mala educación-. Fijense qué peligro tienen los retoños que hasta provocan  el cambio climático como ha llegado a decirse, (y ha recordado irónicamente elentir).

    Todo está contra la familia. También el mercado laboral, el precio y tamaño de la vivienda, las leyes. Y volvemos a lo económico. Y se cierra el ciclo. O hijos o trabajo. Es la pescadilla que se muerde la cola.

    Pero sin familia, la civilización tiene fecha de caducidad. Las sociedades con alta natalidad y estabilidad familiar son, a la larga, más prósperas y más duraderas. Y en cuanto la madre deja de serlo y se dejan de tener hijos, kaputt, como apunta Indro Montanelli en su Historia de Roma.

    Unido a la maternofobia (y a las demás fobias antifamilia) está, finalmente, el miedo a la vida. Tiene gracia que en la época más cómoda, próspera y segura de la Historia -como constatan Steven Pinker y Javier Gomá-, la gente no quiera tener hijos porque considera que la vida es demasiado dura. Al menos en Occidente disponemos de sanidad, educación, higiene, nivel económico, derechos humanos, Estado de derecho y hasta vacaciones pagadas. Un lujo con el que hubieran soñado nuestros abuelos.

    Pero nos horroriza la vida. Pensamos que no vale la pena el sacrificio y el esfuerzo de tener hijos… ¿Por qué? ¿Qué es lo que está fallando?

    ¿Qué aliciente tiene una vida que inevitablemente concluye con la derrota, sí o sí, es decir la muerte?

    ¿Qué aliciente puramente humano puede tener formar una familia, trabajar arduamente por mantenerla, y traer hijos a un mundo hostil y en la que el sufrimiento es la regla -aunque tengamos internet y seguro de enfermedad-? ¿Qué aliciente tiene una vida marcada por la incertidumbre, y que inevitablemente concluye con la derrota, sí o sí, es decir la muerte? Si lo pensamos bien, sin una proyección trascendente, sin una creencia en la vida perdurable, encarar la vida terrena de forma desinteresada, en lugar de optar por el epicureísmo, es de masoquistas.

    Lo apunta el filósofo francés Rémi Brague. En una conferencia reciente pronunciada en Madrid explica que al tener un hijo “lo arrojamos a una vida de la cual no podemos saber por adelantado si será agradable y que, en cualquier caso, acabará con la muerte”.

    Y añade: “Para decir que la existencia de la humanidad es un bien, necesitamos un punto de referencia exterior. La auténtica fuerza del bien debe ser fundada en un principio trascendente, independiente de nuestro parecer”.

    Y en este Occidente secularizado y relativista, mucha gente piensa que nada tiene sentido porque la muerte es el final. Quizá esa sea es la causa más profunda del invierno demográfico, y la respuesta a la pregunta que hacíamos al principio.

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    Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.