Un mapa vikingo

    El descubrimiento un tesoro vikingo de más de 1.000 años de antigüedad perteneciente al célebre rey danés Harald Blåtand, vuelve a sacar a la luz a los vikingos. Y parece ser que sus andanzas les llevaron no sólo a Groenlandia o Islas Feroe, sino a la mismísima Canadá.

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    El rey danés Harald Blatand representado en la serie 'Vikingos'
    El rey danés Harald Blatand representado en la serie 'Vikingos'

    Arqueólogos y voluntarios alemanes han descubierto en la norteña isla de Rügen un tesoro vikingo de más de 1.000 años de antigüedad perteneciente al célebre rey danés Harald Blåtand, después de que un niño de 13 años y un aficionado a la arqueología encontraran varias piezas a comienzos de año.

    Según informó hoy en un comunicado la Oficina Regional de Arqueología y Conservación de Monumentos del Land de Mecklenburgo-Antepomerania, este fin de semana se han rescatado más de 600 piezas de plata del siglo X después de Cristo, entre las que se encuentran hasta 100 monedas acuñadas por el rey Blåtand. Además de las monedas, que incluyen grabados de cruces cristianas y pesan alrededor de 0,3 gramos, se han encontrado perlas, gargantillas, fíbulas y un martillo.

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    Entre los siglos VIII y XI, la visión de una sola vela rectangular en el horizonte era anticipo de que algo espantoso iba a pasar. Si las velas eran más, peor que peor. Los vikingos fueron, durante estos siglos el verdadero azote de gran parte de Europa. Por otro lado, sus terribles incursiones bien pudieron hacer brotar en aquellas gentes dispersas e inconexas una cierta idea de unión ante una agresión foránea. Quién sabe si no deberemos a esos bárbaros el germen de identidad territorial del Viejo Continente. Sea como fuere, suecos, y sobre todo, noruegos y daneses, emprendían cada primavera expediciones destinadas a la obtención de suculentos botines, y si se terciaba,  la gloria de morir en combate.

    Al idílico Walhalla sólo llegaban, conducidos por las valkirias a lomos de sus magníficos caballos, los guerreros que se habían distinguido por su probado valor en combate

    No en vano, en su panteón, dominado por el creador Odín, no había lugar para los melifluos. Al idílico Walhalla sólo llegaban, conducidos por las valkirias a lomos de sus magníficos caballos, los guerreros que se habían distinguido por su probado valor en combate. Razón de más para no mostrar temor alguno en la batalla. Especialmente fieros eran los berserkrs, una suerte de “tropas de élite” cuya agresividad rayaba en lo patológico. De todos modos, verles entrar en acción debía de ser todo un espectáculo. A bordo de sus drakkars, agilísimas naves que combinaban remo y vela, podían recorrer largas distancias, fruto de su pericia como navegantes.

    Pocos les hicieron frente con éxito en Europa; si acaso, Carlomagno. Pero su muerte privó a los francos de un gran líder, siendo aprovechado por las “gentes del norte” o “normandos” para amenazar la mismísima capital, París. Ante ello, los francos hubieron de parlamentar, ofreciéndoles un territorio que, en virtud de su procedencia, sería conocido como Normandía. Inglaterra, Irlanda y España -sobre todo, Galicia- serían también objeto de sus fechorías. ¿Qué ocurrió entonces, para que en el siglo XI todo acabase? Pues dos cosas; la primera, que Europa era más fuerte; y la segunda, que la llegada del Cristianismo aplacó en gran medida sus ánimos. Como colofón, destacar que no usaban casco con cuernos; éste debió ser un adorno votivo de algún líder tribal. Los cuernos los reservaban para degustar su magnífica cerveza.

    Pero no sólo guerrearon. De hecho, fundaron ciudades –Dublín– y colonizaron otros lugares, como Islandia y las islas Feroe y Orcadas. Una de sus más célebres andanzas fue la protagonizada por Erik el Rojo, que en el siglo IX llegó a una isla que, de tan verde que era, la llamó “Tierra Verde” o Geenland, la actual Groenlandia. Su hijo Leif Eriksson llegaría algo más lejos; en concreto, a un lugar que bautizó como Vinland. Dicho lugar se halla en Terranova, Canadá, por lo que los vikingos, supuestamente, se adelantarían unos cuantos siglos a aquel genovés llamado Colón. El mapa en cuestión ha generado mucha controversia. En la Universidad de Yale, su actual propietaria, lo sometieron a un análisis con carbono 14, datándolo en 1434. Sea o no auténtico, lo cierto es que llegaron muy lejos; quién sabe si hasta el otro lado del Atlántico.

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