Un sacerdote da una fulminante lección moral e intelectual a Arcadi Espada

    Aquel ministro de Dios pronunció, en Lourdes y frente a decenas de personas que hacíamos voluntariado, unas palabras que hicieron mella en mi corazón, que dejaron una huella indeleble en mi memoria y que se me quedaron cinceladas en el frontispicio de mi alma.

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    Arcadi Espada durante su participación en el programa de Risto Mejide.
    Arcadi Espada durante su participación en el programa de Risto Mejide.

    Después de que me hirviese la sangre tras escuchar las declaraciones de Arcadi Espada, después de que los ojos se me hiciesen brasas y escapasen de sus órbitas tras oír tan macabros razonamientos, me ha venido a la memoria una reflexión que, hace cerca de diez años, brotó de los labios de un sacerdote en su solemne homilía.

    Aquel ministro de Dios pronunció, en Lourdes y frente a decenas de personas que hacíamos voluntariado, unas palabras que hicieron mella en mi corazón, que dejaron una huella indeleble en mi memoria y que se me quedaron cinceladas en el frontispicio de mi alma.

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    Los necesitados de Lourdes eran realmente los voluntarios que nos asistían para hacernos más humanos

    Mi parca memoria no las recuerda al pie de letra o ad pedem litterae, pero sí las retiene con la suficiente nitidez como para transcribirlas sin tergiversar un ápice del mensaje. El sacerdote incidió en que los voluntarios de Lourdes no estábamos asistiendo a personas necesitadas, porque los necesitados de santificarnos y humanizarnos éramos nosotros, por lo que ellos representaban nuestro vehículo para lograrlo, para liberarnos de nuestro egoísmo e individualismo, para alcanzar la verdadera dignidad de hombres e imitadores de Cristo.   

    Señor Espada, nacer como síndrome de down no es una desgracia, los desgraciados somos nosotros y les necesitamos para volvernos más caritativos, solidarios, humanos y en tu caso, menos gilipollas

    Aquel humilde cura dio la vuelta a las tornas para cambiar el paradigma: los necesitados de Lourdes eran realmente los voluntarios que nos asistían para hacernos más humanos y los que hacíamos voluntariado éramos, por consiguiente, los necesitados de espíritu que hallábamos refugio en ellos.  

    Jamás me había detenido a pensar sobre esto con semejante enfoque. Las palabras de este clérigo me dejaron helado, estremecido, petrificado y han vuelto a mi memoria gracias al dislate y desatino de Arcadi Espada.

    Señor Espada, nacer como síndrome de down no es una desgracia, los desgraciados somos nosotros y les necesitamos para volvernos más caritativos, más solidarios, más humanos, más santos y en tu caso, menos gilipollas.

    Como católico, se me ocurre una reflexión adicional: los síndrome de down son unos privilegiados de primer orden, porque nacen con el Cielo ganado al no ser culpables de sus pecados. En cambio, los suertudos nos tenemos que currar la salvación y nos arriesgamos a arder en el infierno con declaraciones tan toscas, burdas, primigenias e insípidas como las de Arcadi Espada.

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    Escritor por vocación y amor a las causas nobles. Mi licenciatura en Derecho no me ha impedido dedicarme profesionalmente al periodismo durante una temporada de mi vida, oficio que desempeñé en Intereconomía, casa en la que blandí la pluma, con más fuerza que la espada, cerca de 4 años. En el presente, no vivo solamente de escribir, sino de otros menesteres, al igual que Cervantes, pero es una afición que sigo cultivando como colaborador en diversos medios de comunicación y a través de mi blog, El Despacho de Don Pepone, el cual goza ya de más de 1 millón de visitas