Imagen panorámica del set en el que se realizó e debate a seis de las elecciones autonómicas de Madrid en 2021. / EFE
Imagen panorámica del set en el que se realizó e debate a seis de las elecciones autonómicas de Madrid en 2021. / EFE

El último debate electoral televisado con los 6 candidatos principales a presidir la Comunidad de Madrid, trajo mucho de qué hablar a la ciudadanía española, y no precisamente por los ya frecuentes ataques personales entre candidatos o la vergonzosa presentación de gráficos sin fuente verificada.

En esta ocasión se dieron varios hechos sumamente paradójicos, de donde podían inferirse una serie de indicios sobre un posible cambio de tornas en la política actual. Y es que puede que los discursos populistas y poco pragmáticos estén al borde del colapso, después de vivir una pandemia donde lo que nos daba de comer no era el género de los vocablos sino la autorización para abrir nuestros negocios.

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Comenzando por la aburrida aportación de Pablo Iglesias, con una constante retahíla de datos más o menos vinculados con la gestión del Covid en la Comunidad de Madrid, que poco o nada llegaban al corazón de los espectadores, como siempre había sido la estrategia del líder de Podemos. Todo esto sumado a un pasmoso silencio con el que respondía a cada una de las críticas que recibía sobre su falta de coherencia personal o la nula aportación de sus gestiones como vicepresidente del Gobierno. No quiso seguir el juego, no desvió la atención como hace siempre. Simplemente dio datos y se calló.

Hacen falta más huevos con patatas, como mezcla natural de elementos diferentes, pero llamados a complementarse y menos macedonias rancias

Tampoco parecía Rocío Monasterio estar del todo en su salsa, no porque se le viera incómoda en el plató, sino porque no iba con la escopeta cargada contra todos. Y si bien se coronó como la reina de las redes sociales, defendiendo hasta la última coma del programa de Vox, apenas generó un par de titulares polémicos. No perdió la oportunidad para hacer algún que otro ataque personal a los contrincantes más “progresistas” pero esta vez sí que dejó títere con cabeza, y precisamente a quién más votos puede quitarle en estos comicios.

Ayuso pareció venir a romper el molde. No miraba a sus oponentes sino a la cámara, a tí, posible votante. Porque una cosa tenía clara, no iba a entrar en el juego del circo en que se ha convertido la política española estos últimos años. No habló de ideologías, no habló de polémicas, no se metió en cuestiones personales, y sin apenas carisma – porque es una faceta suya que aún tiene que mejorar – se limitó a justificar su gestión de la pandemia en la Comunidad de Madrid, con la sencilla promesa de seguir en su línea. A quién le guste, bien, y a quién no, que vote a la izquierda. No busca caer bien a la gente, sino demostrar que gestiona los recursos públicos mejor que nadie.

Y finalmente está Mónica García. Sí, la médico y madre, la última en llegar y que aún no se ha enterado de que la política está cambiando. Gracias a esta sanitaria tuvimos un debate entretenido, con rifirrafes con las otras dos féminas del plató, y un minuto de oro, que de no ser por el insoportable lenguaje inclusivo, hubiera tocado el corazón de todos los madrileños que cenábamos frente a la pantalla. Dio mucho juego, sí, pero sobre todo dejó un gran referente con el que poder comparar cómo la vieja guardia estaba cambiando completamente su forma de hacer política, de cara a estas nuevas elecciones.

Todo esto pasando por dos candidatos que si aportaron algo fue una vista más panorámica del escenario televisivo, como fueron Gabilondo y Bal. Hombres serenos donde los haya que parecen estar resignados a un papel secundario en estas elecciones, donde o no tienen nada nuevo que aportar o directamente carecen de la credibilidad suficiente. Y lo peor es que no es culpa suya, sino de las siglas que cargan a cuesta para su desgracia (y la de todos) y de la que no parecen ser capaces de prescindir.

No queremos votar al menos malo, sino al mejor. Que cada cual defienda lo suyo y deje de atacar a los demás. Estamos cansados de tener que votar por miedo

¿Hubo momentos graciosos? Sí. ¿Hubo respuestas irónicas a preguntas malintencionadas? También. ¿Pero hubo más utopía que realidad? Por primera vez en muchos años, no. ¿Y hubo ataques entre partidos del mismo espectro político? Tampoco. ¿Por qué? Porque hacen falta más huevos con patatas, como mezcla natural de elementos diferentes, pero llamados a complementarse y menos macedonias rancias, con la suma de los restos podridos de la despensa que debieron tirarse a la basura en su momento.

Lo hemos visto estos últimos meses, y ellos también. ¿Casualidad o cambio de tornas? El tiempo lo dirá. Lo que sí parece es que el pueblo español no es el mismo que el de hace un año y medio, y los políticos comienzan a obrar en consecuencia. Pero esto no sólo depende de los candidatos, sino también de todos nosotros. Pues al fin y al cabo los políticos «se deben a sus votantes». Si nos gusta el circo, nos darán circo, si nos gusta la seriedad, la buscarán al menos.

Ni el «voto útil», ni el “cuidado que viene el lobo” sirven para nada cuando las cosas se ponen feas de verdad. No podemos permitir que una campaña electoral, se resuma en ofensivas más o menos personales al resto de candidatos. No queremos votar al menos malo, sino al mejor. Que cada cual defienda lo suyo y deje de atacar a los demás. Estamos cansados de tener que votar por miedo, queremos hacerlo con esperanza. Necesitamos creer que se pueden obtener mejores resultados trabajando duro que fomentando la confrontación. Necesitamos creer que ir a mejor es posible y no solo un juego de palabras.

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