La escritora Ana Iris Simón. /EFE
La escritora Ana Iris Simón. /EFE

Hay un elemento inaprehensible que acompaña a los políticos en ciertas ocasiones, y que parece convertirles en titanes; nada de lo que les ocurre les hace daño, y todo lo que hacen, o casi todo, se convierte en una ganancia. Ese elemento acompañó a Pablo Iglesias. Y, aunque no ha dejado de tropezar a cada paso que daba, Pedro Sánchez pareció quedar bajo su influjo. Llamémosle baraka.

Tan fuerte brilló esa estrella para Iglesias que ha acabado por cegarse por completo. Y lo mismo le ocurre a Sánchez. Nada de lo que hace le sale bien. Pactó con Arrimadas quitarle el poder regional al PP en Murcia, Castilla y León, Madrid, y no ha conseguido ninguno. Comenzó la campaña de Madrid midiéndose con Ayuso, y ha recibido una respuesta mayúscula de los votantes. Es más, quiso hundir al PP pero la operación acabó dinamitando a Ciudadanos. Sus votantes se refugian ahora en el PP; es el centro el que acude al partido y no al revés. Y las encuestas auguran un cambio político en España. Pobre Sánchez; él querría abandonar su presidencia esperando la parca en la cama. La baraka es muy caprichosa.

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Últimamente ha presentado un plan de seis quinquenios, y no lo ha recogido en portada ni El País. Es más, ha convocado un acto político de auto adulación y se le ha colado un discurso que podría estar firmado por Jorge Buxadé, pero que ha sido pronunciado por una joven escritora de izquierdas. Pausada, tranquila, firme, Ana Iris Simón se dirigió a Pedro Sánchez con palabras emanadas del recuerdo y la reflexión, espoleadas por una indignación contenida y un aire de revancha frente al destino. 

En unos pocos minutos, y de forma elocuente, la escritora ha renovado el viejo mito de la era de oro, pero con un pasado inmediato, el de sus padres. Ellos pudieron cumplir el sueño de adelantar la compra de una casa, porque pudieron endeudarse. Y lo hicieron porque tenían una seguridad en que podrían seguir trabajando. La seguridad ampara el progreso. Y es lo que pide Ana Iris; que el Estado nos dé esa seguridad, y que proteja a la familia, que es otra institución de apoyo y vínculo mutuo. 

La seguridad es siempre relativa. Y, aunque parece paradójico, sólo nos podemos acercar a ella desde la libertad, porque en ella todos podemos procurarnos seguridad

Por eso adopta un discurso que hoy llamamos “populista”, hace veinte años “de izquierdas”, y hace sesenta “joseantoniano”. Es verdad que la ideología anti familia, que se filtra por las acciones del actual Gobierno, es una amenaza. Pero yerra al esperar que el Estado provea de seguridad substituyendo al mercado.

España, en parte por convencimiento y en parte por imposición, ya probó a hacer una política que favorecía “nuestros productos frente a los de fuera”, ejerciendo una “soberanía perdida frente al capitalismo”, en el que nuestro país estaba imbuido desde hacía décadas. Y el resultado fue el hambre y el atraso. 

Sus padres (que debieron de nacer en la década de los Beatles) pudieron progresar porque el Plan de Estabilización de 1959 engarzó a la economía española en el capitalismo global. Fue esa apertura la que permitió que España se convirtiese en la undécima potencia industrial del mundo, algo que ahora añora. Es la nostalgia materialista, ese oxímoron marxista.

La seguridad es siempre relativa. Y, aunque parece paradójico, sólo nos podemos acercar a ella desde la libertad, porque en ella todos podemos procurarnos seguridad, ya que es eso lo que en parte deseamos. El Gobierno, si no se limita a mantener el Estado de Derecho, si se deja llevar por discursos populistas, o de izquierdas, o joseantonianos sólo nos asegura el caos. 

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