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Así quiso acabar Hitler con los villancicos en Navidad

El líder nazi alemán Adolf Hitler y el líder comunista español Alberto Garzón.

Si algo une a los totalitarismos de izquierda y de derecha es la persecución contra el cristianismo. Ocurrió durante la Revolución Bolchevique –que ejecutó a 16.000 eclesiásticos ortodoxos y encarceló a 25.000 más, sólo durante el mandato de Lenin (1917-1924)-.

Y ocurrió con el nazismo: sólo en Alemania,  12.000 sacerdotes fueron eliminados, torturados o encarcelados. Y más de 3.000 religiosos (obispos y sacerdotes) perecieron en el campo de concentración de Dachau.

Pero ya antes del horror de la II Guerra Mundial, el hitlerismo persiguió a la religión tratando de eliminar cualquier rastro de la Navidad.

Lo cuenta Gereon Karl Goldmann en su conocida obra Un seminarista en las SS: Un relato autobiográfico (editorial Palabra), tal como recoge ABC: “En Nochebuena hubo una celebración que no fue una celebración cristiana, sino la pagana ‘Julfest’ alemana. Estábamos todos juntos y tuvimos que cantar algunas tonterías sobre la noche estrellada y otros penosos sustitutivos del auténtico mensaje navideño”.

“Una de las consignas subterráneas del régimen nazi era eliminar progresivamente la influencia que para el pueblo alemán tenían los ritos de la Iglesia Católica”, afirmaba el divulgador histórico José Lesta (El enigma nazi; Edaf, 2003) en declaraciones al citado rotativo.

La persecución se debía en parte a las conexiones del cristianismo con el judaísmo… Jesucristo y la Virgen María eran hebreos

¿Por qué? En parte por las conexiones del cristianismo con el judaísmo. Al fin y al cabo, el Nuevo Testamento era la culminación del Viejo, la llegada del Mesías significaba el cumplimiento de la Ley y los profetas. El propio Jesucristo era hebreo, igual que la Virgen María, los doce apóstoles y San Pablo, el primer gran propagandista del cristianismo.

Y en parte, también porque el cristianismo era un obstáculo para el atropello de la dignidad y los derechos humanos que suponían las detenciones, torturas o la esterilización y otras prácticas eugenésicas del régimen nazi.

Los pocos que levantaron la voz cuando se proclamaron las leyes racistas de Nuremberg, en 1935, fueron los católicos. Posteriormente la propia Santa Sede llegó a condenar el régimen hitleriano en una encíclica ex profeso: Mit brenender Sorge, escrita por el papa Pío XI en 1937.

Retrato fotográfico de Pío XI, que gobernó la Iglesia católica entre 1922 y 1939.

El texto papal, publicado en alemán y no en latín, para que no cupiera la menor duda de a quien se dirigía, condenaba el cariz idolátrico del Estado nazi: “Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios».

Pero la filosofía nazi, remotamente inspirada en Nietzche y en el movimiento eugenésico anglosajón, preconizaba un neopaganismo, donde la Raza sustituía a Dios y el paraíso tenía resonancias de Walhalla wagneriano. Culto al cuerpo, a la pureza incontaminada de los arios y exterminio del débil (con los judíos en primer término, pero también los católicos, gitanos, discapacitados, homosexuales etc.).

Eso pasaba por sustituir el cristianismo por el neopaganismo germano. No olvidemos que la mayor parte de la población alemana profesaba el cristianismo (60% el luteranismo, 40% el catolicismo). Y que la cultura, costumbres y tradiciones estaban impregnada de esa religión.

Trataron de introducir poco a poco creencias paganas a través de “iglesias paralelas” como el «Movimiento Alemán de la Fe» o la «Ahnenerbe».

“Nos comunicamos directamente con Dios, a través de Hitler. No necesitamos sacerdotes” dijo el alcalde de Hamburgo

El primero estaba dirigido por Alfred Rosenberg (partidario de la tristemente célebre Solución Final para acabar con los judíos). El Movimiento  daba culto al disco solar, y pretendía sustituir al Dios del cristianismo por la figura del propio Hitler.

El alcalde de Hamburgo llegó a decir: «Nos comunicamos directamente con Dios a través de Hitler. No necesitamos ni clérigos no sacerdotes».

Y uno de los himnos que entonaba decía explícitamente: «Acabemos con el incienso y el agua bendita. Lograremos que la Iglesia cuelgue en la horca. La esvástica traerá la salvación a la Tierra».

Respecto a la «Ahnenerbe» fue creada por Heinrich Himmler, uno de los más fanáticos jerarcas del Reich, responsable de las  SS. Y  como hicieran los revolucionarios franceses del siglo XVIII imponiendo el culto a la Diosa Razón, la «Ahnenerbe» se sacó de la manga un culto y un calendario con fiestas sagradas que sustituían a las cristianas.

Así, la Navidad se recicló en la Julfest, o fiesta del Niño solar o del Sol Invictus, que no era sino una reformulación de Mitra, la religión de los soldados romanos, mezclada con elementos germánicos.

Santa Claus (el cristiano San Nicolás) fue  sustituido por el antiguo dios germánico Odín

Coincidía con el solsticio de invierno, el 25 de diciembre, cuando después de ir acortando su presencia desde el solsticio de verano, parecía recobrar nuevamente sus fuerzas tras el periodo agónico del otoño y la muerte invernal

La Nochebuena fue sustituida por la «Mondranich» o «festividad de la maternidad»; y Santa Claus (es decir el obispo cristiano San Nicolás) fue sustituido por el antiguo dios germánico Odín.

Odín, deidad principal de la mitología nórdica.

Los nazis no llegaron a ‘felicitar’ la Navidad con árboles en llamas. Lo que sí hacían era colgar la esvástica o la Cruz de Hierro en lugar de estrellitas

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