Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid.

Mi novia, siempre que utilizo la palabra propaganda para referirme a los panfletos publicitarios que te dan por la calle, me corrige, alegando que eso no es propaganda, sino publicidad. Sin darnos cuenta, tenemos tan metida la mentira que se encargan de difundirnos a través de esa propaganda, que cuando vemos cualquier cosa que se le parece ya creemos que estamos ante un cuento chino.

Casi todo lo que nos rodea está contaminado por la propaganda. El sentido de que no tomemos ya aceite de palma o que prefiramos a este candidato en lugar del otro, se encuentra condicionado por la percepción que un medio determinado se ha encargado de imponernos. Algunos viven como si fueran los creadores de esa materia o como si hubieran descubierto la panacea, sin darse cuenta de que esa manipulación mediática ya existía desde siglos como destaca Elvira Roca en su Imperiofobia y leyenda y negra.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Juego del engaño, arte de retorcer las conciencias de la gente, que ya utilizó Stalin cuando fue fotografiado abrazando a una niña cariñosamente. Tan solo utilizó la capacidad de influencia para llenar todas las esferas públicas con esa imagen en forma de estatuas, panfletos y cualquier marco cultural capaz de hacer pensar a la gente lo que uno quiere. Toda la Unión Soviética vio al líder gracias a esa figura como un garante padre de la patria soviética. No sabían, que poco después de tomarse esa fotografía, ordenó la ejecución del padre de la pequeña al considerarle un espía japonés.

Hoy en día, asistimos, sin tener conciencia de ello, como les ocurría a los languidecientes ciudadanos soviéticos por aquel entonces, a campañas de propaganda permanentes en las que se vende gato por liebre. Pasa con Isabel Díaz Ayuso. Toda la derecha está dando palmas por una política a la que todavía intento buscarle la gracia. No es ni intelectualmente superior a sus oponentes, ni tiene el carisma real que se le atesora.

Ostenta, en su lugar, un equipo marketiniano cubriéndole las espaldas que multiplica sus atributos por tres. No hace más que decir chorradas, insinuar ventajas irrisorias sobre vivir en Madrid… Gusta, y como me dijo Cristina Casabón, columnista de The Objetive, lo hace porque dice lo que piensa, rompe con lo establecido. Choca con la monotonía tradicional, es lo que Trump ha sido para EE. UU. En una sociedad anestesiada por lo políticamente correcto, todo el que dice algo distinto a lo marcado tiene las de ganar.

Es más fácil que entonces producir una campaña política entre otras cosas porque la mayoría de los candidatos y partidos invocan la ya manoseada Agenda 2030 cambiando algún matiz. La ciudadanía es cada vez más consciente de que la plutocracia se las ha ingeniado para que las cosas cambien y que todo siga igual. Van a votar a todo lo que se salga de lo habitual, de lo normal, de lo correcto, aunque sea una memez. A pesar de que un tío americano con peluquín humille a los inmigrantes mexicanos o una mujer diga cualquier parida sin sentido que se le pase por la mente, les van a votar. No les votan a ellos, censuran el sistema.

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