La revolución se afianza. Las elecciones en Cataluña arrojan una mayoría suficiente a los partidos abiertamente nacionalistas. ERC, JxCat y la CUP suman 74 escaños, cuando la mayoría absoluta es de 68.

Si hacemos la cuenta por el lado de los votos, la situación no es tan halagüeña para el secesionismo. Sí, los nacionalistas han obtenido una brizna más que la mitad de los votos efectuados. Sí, una parte pequeña, pero en conjunto numerosa, de los votantes del PSC y de En Comú Podem votaría “sí” en un referéndum de secesión. Pero si calibramos los datos desde el censo, vemos que los partidos independentistas sólo han sumado 28 de cada 100 electores. 

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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El pueblo es ese entramado de instituciones en común, que permite reconocernos en un amplio y amigable “nosotros”. El nacionalismo lo ha logrado dinamitar; ha convertido al pueblo en una gran ficción. El cuerpo electoral es un invitado necesario, pero inconveniente, a una fiesta que no le corresponde. Es como el cuñado al que hay que no hay más remedio que invitar. En fin, todas las revoluciones se han hecho contra el sentir del pueblo, con la única posible excepción de las colonias estadounidenses. Esta revolución se hará contra la mayoría de los catalanes.

De modo que nos queda repasar los siguientes pasos. El intento de liquidar la nación española y el orden constitucional por las bravas fracasó. De modo que tienen que buscar una vía pseudolegal que dé cobertura a la operación de disolución de España y su democracia. Tienen el entusiasta apoyo de Podemos, y el concurso, taimado y silente, de Pedro Sánchez y el PSOE. Los medios de comunicación nos explicarán que el pueblo catalán desea decidir su propio futuro, que la sociedad española es comprensiva y tolerante y que oponerse a la consulta es propio de los restos franquistas e intolerantes que aún quedan en el país. 

Con suerte, algún espadón hará algún movimiento. O el Rey se opondrá al consenso político, del que el valiente Casado será su miembro más crítico. Y entonces llegará el momento del derrocamiento. Este sistema no da respuesta a los infinitos deseos de democracia de nuestros hermanos catalanes, y hay que echarlo abajo antes de que los restos del franquismo (la letra de la Constitución, los jueces empeñados en hacerla cumplir y demás) cercenen nuestros deseos democráticos. Y todo ello en esta legislatura, o como mucho la siguiente. Sí, son buenas noticias para la revolución. 

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