Cayetana Álvarez de Toledo / Wikimedia
Cayetana Álvarez de Toledo / Wikimedia

La democracia de los partidos es como la independencia del Poder Judicial: un principio que la Constitución consagra y la realidad desmiente. La rigidez de los partidos españoles es hija de la buena voluntad de los hombres de la Transición, que quisieron proteger el sistema constitucional de las presiones centrifugas que lo amenazaban. Y amenazan. El problema es que el equilibrio fue erosionándose. Así, donde antes había partidos fuertes, hoy rige una partitocracia. Y donde antes había grupos parlamentarios vigorosos, hoy asoma la grupocracia.

Todo el proceso conspira contra el mérito y a favor de la mediocridad. El Congreso se ha convertido en una institución de 350 miembros en la que el protagonismo lo tienen 15. Me cuesta hablar de Teodoro García Egea. Pero hay que hacerlo. Porque es un arquetipo. Perfiles como el suyo proliferan en los partidos. Son políticos de los que no se recuerda una idea original. Ansían en poder. Buscan el poder. Y a menudo acaban ejerciendo el poder. Y de una manera despótica. Teocrática. Teodocrática. El control absoluto que ejercen en el interior del partido intentan ejercerlo también fuera: con los medios, con los empresarios, con los jueces. Su forma de hacer política son las pelotas y el peloteo. La coba al jefe se convierte en una consigna y permea la organización de arriba abajo. De pronto, hombre y mujeres adultos, inteligentes, formados algunos con sólidas profesiones, acaban comportándose como una pandilla. O. peor, como una claque servil y sectaria. Sus excelentísimas señorías, representantes de la soberanía nacional, reducidos a palmeros.

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Desde el primer minuto, Teodoro se puso como objetivo controlar la claque y dominar el Grupo. Ponerlos a su servicio y dejarnos a la dirección sin el mínimo margen de maniobrar necesario para operar. Portavoz florero. Quizá Pablo tampoco quería una portavoz con personalidad propia.

Los anteriores son párrafos de libro ‘Políticamente indeseable’, de Cayetana Álvarez de Toledo, que es la noticia política actual. En principio, parece la escenificación del conflicto entre la destituida portavoz del PP en el Congreso de los Diputados y el Secretario General de su partido (García Egea). Se denuncia que éste trata de acaparar todo el poder del partido; y usarlo. Por iniciativa propia, con instrucciones de Casado, o en interés de los lobbies (Haberlos haylos) atentos a la política nacional y a un PP que parece llamado a tomar las riendas del Gobierno tras el fracaso de la coalición PSOE-UP que preside Sánchez.

Leído el libro, conviene obviar el conflicto entre personas y ver algo más.  

Es lógico, y hay plumas se dedicarán a ello, entrar en la disputa interna PP. Afanes personales. Elitistas. Mangoneos. Intereses encontrados. Abertura en canal de lo que ha ocurrido, ocurre y pueda ocurrir en el PP. Incluso su futuro, por lo que significa para España y en la derecha-centro-derecha europea en el concierto mundial. Sin embargo, con Cayetana y García Egea o sin ellos, hay que reseñar que Pablo Casado es el único líder consolidado de la derecha; es el mejor situado para continuar la alternancia PSOE-PP que ya ha funcionando. Puede prorrogar el Estado social y de Derecho afianzando una integridad territorial expuesta, ahora, a separatistas y anti-sistema. Y debe reconducir la economía y finanzas nacionales tras la fracasada gestión de la izquierda.

Con lo anterior dicho, hay algo excepcional en el brete Cayetana-García Egea-Casado. Puede ser indeseable, pero es real: Nuestra democracia, asentada en el sistema político que disfrutamos, está, si no en peligro, aquejada de los vicios que señala Álvarez de Toledo. En el PP está lo que ella denuncia, con las peripecias que citan o intuimos. Pero lo que se detecta, que afecta a la libertad de todos (militantes o votantes) también ocurre en otros partidos políticos. En el PSOE, ‘el que se mueve no sale en la foto’ (Guerra). Igual ocurre en otros partidos de izquierda, centro, derecha, independentistas o antisistema, con militantes que viven en y de la política.

Es cierto que la “democracia de los partidos es como la independencia del Poder Judicial: un principio que la Constitución consagra y la realidad desmiente”, como dice el libro. Pero también lo es que la libertad de los electos, y por ende de todos, pende de la voluntad de los que los manejan. No se trata, pues, de entrar al trapo sobre lo que denuncia la exportavoz popular en el Congreso de los Diputados. Tampoco de entender (justificar es más difícil) por qué la realidad está en manos de secretarios de partidos (autoritarios o serviles), de políticos al uso (estén en el Gobierno o en la Oposición), o de los desharrapados intelectuales que un día mienten, al siguiente no saben qué hacer y que, a la postre, imponen su incapacidad a todos.

Los trascendental es que nuestro sistema debe ser apuntalado sobre bases más sólidas que las actuales. Nueva Ley de Partidos Políticos con respeto a electores y electores sin sumisión a nadie. Responsabilidad contraída y a exigir en todo caso. Claridad en la participación política. Y control social de la actividad pública. Es el Estado, con sus poderes, quien debe atender la actividad pública y decidir quien es, o no, políticamente indeseable, en el PP, en todos los grupos políticos nacionales y en cualquier sitio. Ni Cayetana Álvarez de Toledo, ni García Egea, ni Pablo Casado, ni los oponentes, ni el gobierno. Nadie debe tachar a nadie de políticamente indeseable. Nadie.

José Luis Heras, analista político

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