La somalí Ayaan Hirsi Ali sostiene que la inmigración musulmana está minando los derechos de las mujeres en Europa
La somalí Ayaan Hirsi Ali sostiene que la inmigración musulmana está minando los derechos de las mujeres en Europa

La somalí Ayaan Hirsi Ali -que sufrió mutilación genital en la infancia, pidió asilo en Holanda para escapar de un matrimonio forzado y vive desde 2004 bajo protección policial tras participar en el cortometraje “Sumisión”, del asesinado Theo Van Gogh- es una de las voces más interesantes del panorama actual. Su reciente libro “Prey” analiza cómo la inmigración musulmana a Europa está minando los derechos y seguridad de las mujeres en zonas cada vez más extensas del continente.

Veamos algunos ejemplos expuestos por Ali. Es importante entender que no se trata de anécdotas, sino de categorías.

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– En 2016, el MENA Hussein Khavari (que había alegado ser un menor afgano para solicitar asilo: en realidad era iraní y mayor de edad) derribó de su bicicleta en Freiburg a Maria Ladenburger, una estudiante de Medicina de 19 años. La mordió, inmovilizó y violó; después la arrojó al río, donde se ahogó. Cuando el tribunal le preguntó si se arrepentía, contestó que “era sólo una mujer”. Fue condenado a sólo 15 años de prisión.

Hussein Khavari y Maria Ladenburger

– En 2017, en Borlänge (Suecia), un somalí de 17 años llamado Mohamed siguió hasta los WC femeninos de un centro comercial a una chica de 13 años, la arrojó sobre una mesa y la violó. La amenazó con “cortarle el cuello” si le denunciaba a la policía. Detenido, se supo que había cometido antes otra violación, además de numerosos robos. El tribunal sueco sólo le condenó a 150 horas de trabajo comunitario.

– Las autoridades británicas intentaron en 2018 expulsar al solicitante de asilo somalí Yaqub Ahmed. El avión no llegó a despegar: varios pasajeros occidentales se rebelaron, coreando “¡dejadle salir!”. Piloto y escoltas cedieron. Los muy progresistas viajeros debieron tener un subidón de autoestima antirracista. Lo que probablemente ignoraban es que Ahmed iba a ser deportado porque había violado a una chica de 16 años.

– En Rotherham, Rochdale, Telford, Newcastle, Peterborough, Oxford y otras ciudades británicas han estado funcionando “grooming gangs” (bandas que engatusan a menores de edad inglesas, sosteniendo relaciones con ellas y prostituyéndolas) formadas mayoritariamente por inmigrantes musulmanes (muchos, de segunda o tercera generación). Se estima que unas 1.400 menores fueron prostituidas entre 1997 y 2014. Hijas de familias desestructuradas, madres solteras, etc., sus corruptores las atraían ofreciéndoles comida, alcohol, drogas, cartas de teléfono móvil… La policía conocía lo que ocurría, pero declinó actuar por miedo a posibles acusaciones de racismo. Los jueces que juzgaron a las bandas de Telford y Keighley anotaron que los convictos se mostraron “despectivos y arrogantes” durante el proceso, y que veían a sus víctimas “como objetos sexuales que podían usar y tirar”.

La banda de Rotherham

– En la Nochevieja de 2015, cientos de solicitantes de asilo recién llegados de Oriente Medio y Africa se sumaron a las celebraciones callejeras junto a la catedral de Colonia. Rodearon a las mujeres, las separaron de los hombres que las acompañaban y las agredieron sexualmente, al tiempo que les arrebataban carteras y móviles. Los migrantes formaron “círculos del infierno”; las mujeres atrapadas en su centro eran sobadas por decenas de manos dirigidas a sus pechos y entrepierna, cualquiera que fuese su edad o vestimenta. La policía emitió el día siguiente un comunicado ocultando los hechos y explicando que las celebraciones habían sido “mayormente pacíficas”. La prensa intentó silenciar el asunto. Los primeros blogueros en denunciar los hechos fueron tachados de racistas. Al cabo de unas semanas hubo un reconocimiento oficial: el asalto sexual había sido masivo, y 661 mujeres habían presentado denuncias. Además, se habían producido escenas similares en Hamburgo, Stuttgart, Düsseldorf y Bielefeld.

Uno de los méritos de Hirsi Ali es haber podido abrirse paso a través de la cortina de silencio mediático, policial y estadístico para demostrar que hechos como los aquí enumerados no son casos aislados, sino ilustrativos de una tendencia general incuestionable. La población musulmana en Europa era de 25’8 millones de personas en 2016. Se incrementa a razón de cientos de miles al año. Dos tercios de los inmigrantes musulmanes son varones. De ellos, un 80% de menos de 35 años.

Esos jóvenes musulmanes están enormemente sobrerrepresentados en las estadísticas de violencia sexual. La gran avalancha migratoria de 2015-16 es la explicación del importante repunte de las agresiones sexuales en muchos países europeos. En Dinamarca se incrementaron en un 102% entre 2014 y 2017. En Inglaterra y Gales, un 70% en el mismo periodo. En Francia, un 20% en sólo dos años (2017-18). En Alemania, un 41% entre 2015 y 2017.

En Austria, el 55% de los procesados por violación en 2018 eran extranjeros. En Dinamarca, los extranjeros -que sólo representan el 13% de la población residente- son el 40% de los violadores. En Suecia, un estudio de 2005 demostró que la probabilidad de que los inmigrantes incurrieran en delitos sexuales era cinco veces superior a la de los nativos. De 16 personas detenidas por agresión sexual en el festival musical “We are Sthlm” en 2015, 15 resultaron proceder de Oriente Medio y Africa. Según el Observatoire National de la Délinquance et des Réponses Pénales, 220.000 francesas fueron acosadas sexualmente en el transporte público en 2014 y 2015, con agresiones que iban desde besos no deseados hasta violaciones.

En 2012, Sofie Peeters se paseó en falda por barrios de inmigrantes en Bruselas y grabó con cámara oculta las decenas de obscenidades recibidas (documental “Femme de la rue”).

Un informe (2014) de la Agencia de la Unión Europea para los Derechos Fundamentales indicó que casi la mitad de las europeas ya habían cambiado sus costumbres y restringido sus movimientos como respuesta a la nueva amenaza. Las mujeres renuncian a correr en el parque, modifican sus itinerarios para evitar ciertas zonas, dejan de ir a las piscinas públicas… Florecen la ropa deportiva anti-violación y las aplicaciones para móvil que indican las áreas urbanas peligrosas. “El café debajo de mi casa, que antes era un agradable bistro, ahora es un antro lleno de [sólo] hombres. Me llevo mi ración de comentarios obscenos cada vez que paso por delante”, cuenta una vecina de La Chapelle-Pajol, en el Distrito 18 de París. La masculinización de los bares no es formal (no hay letreros de “no se admiten mujeres”), pero sí efectiva. Para demostrarlo, Aziza Sayah y Nadia Remadna osaron sentarse en uno de ellos, filmando la reacción con cámara oculta. No tardó en acercarse el camarero: “este lugar es sólo para hombres”.

Bares «sólo para hombres»…

En las zonas afectadas por la inmigración masiva, las europeas empiezan a llevar una vida parecida a la de las mujeres del mundo islámico: “Ocultarse de los hombres, estar siempre alerta, evitar llamar la atención: esto es la vida diaria de las mujeres en Africa y Oriente Medio” (“Prey”, p. 70).

La otra cara del problema es la indefensión voluntaria de los países europeos, condicionada por una visión woke de la Historia que ordena ver en el inmigrante a una víctima, en la diversidad étnica una bendición y en cualquier crítica de la inmigración una manifestación de racismo. Las autoridades ocultan el origen de los perpetradores de las agresiones; los jueces les aplican a menudo sentencias leves, disculpándoles en base a sus prejuicios culturales. Las deportaciones no se cumplen: en Alemania en 2018, de 236.000 órdenes de expulsión, sólo 24.000 fueron aplicadas. Los inmigrantes ilegales tienen a su disposición toda una batería de trucos legales -como destruir su documentación- para evitar ser repatriados. Cientos de miles de inmigrantes ilegales con orden de expulsión viven en la clandestinidad.

La incapacidad de tantos inmigrantes de Africa y Oriente Medio para respetar a las mujeres occidentales no tiene, por supuesto, nada que ver con su raza, y sí todo con su cultura. La visión de la mujer como ser inferior -casi una mercancía a merced del hombre- no es exclusiva de la civilización islámica, sino común a todas las sociedades polígamas (por eso el problema se da también en zonas no islamizadas del Africa subsahariana). La poligamia, al distribuir desigualmente las mujeres entre los hombres (para que algunos toquen a cuatro, otros deben quedarse sin ninguna), devalúa el valor de la mujer a ojos de los que tienen varias, mientras alimenta una frustración misógina en los que quedan sin pareja. La condición de la mujer en las sociedades polígamas es siempre miserable. Viceversa, en el Occidente cristiano y monógamo su situación siempre fue mejor que en el resto del mundo.

En el mundo islámico se da una distinción decisiva entre mujeres decentes e indecentes. La mujer decente cubre cualquier zona de su cuerpo susceptible de excitar al varón (incluidos cabello, hombros y piernas) y es sumisa a la autoridad masculina de padres, hermanos o maridos. La mujer decente está protegida frente a las agresiones sexuales: si un hombre atenta contra su honestidad, puede esperar una violenta represalia de los varones del clan de ella.

Las mujeres indecentes son las que no cubren su cuerpo de la cabeza a los pies y salen sin acompañante masculino. En la mentalidad polígama-islámica, tales mujeres son presas sexuales a disposición de cualquier hombre que quiera usarlas. Huelga decir que la totalidad de las europeas -con la excepción de las monjas de clausura y pocas más- entran en esta categoría.

Los inmigrantes musulmanes que llegaban a la Europa anterior a la revolución sexual de los 60-70 experimentaban un choque cultural menor. En la Europa del twerking, del topless playero y de la omnipresencia de escenas sexuales en la TV y el cine, sienten confirmado el prejuicio musulmán de que las europeas son prostitutas. El libertinaje occidental les reafirma en su convicción de que su cultura de origen es superior.

Carteles instalados en piscinas alemanas tras la avalancha de refugiados de 2015-16: “Prohibido el acaso sexual verbal o corporal hacia las mujeres, cualquiera que sea su indumentaria”.

El libro de Ayaan Hirsi Ali está lleno de datos que hablan del fracaso de la inmigración, pese a las inmensas sumas invertidas en políticas de integración y los numerosos chiringuitos creados (chiringuitos interesados, por supuesto, en que nunca se resuelva el problema). Explica cómo el 55% de los solicitantes de asilo en Holanda, por ejemplo, siguen sin empleo 15 años después de su llegada al país, y que el 49% sigue sin dominar el idioma. La conclusión que cabría inferir de su análisis debería ser una política de inmigración cero, pues los inmigrantes ni van a ayudar al desarrollo económico europeo ni al sostenimiento del Estado del Bienestar, en cuya financiación apenas participan, mientras sí consumen abundamente sus beneficios. Sin embargo, Ali está condicionada por su propia biografía: no quiere negar a otros la oportunidad de una vida mejor que ella sí supo aprovechar (desgraciadamente, su propia historia de inmigrante ejemplar no es representativa). Insiste, pues, en marcar distancias con la “derecha populista” y propone nuevos criterios de selección de la inmigración, que deberían basarse en la disposición de los inmigrantes a aceptar la cultura y valores occidentales.

Pero Ali no es optimista respecto a la probabilidad de que nuestra clase dirigente woke asuma esos criterios. Las feministas europeas, por ejemplo, cierran los ojos a la situación de sumisión de las inmigrantes musulmanas (“Si miraran, verían a mujeres disciplinadas por sus parientes masculinos. Verían a hermanos imponiendo toques de queda a sus hermanas. Verían a esposas andando tres metros por detrás de sus maridos. Verían a mujeres avizorando desde detrás de cortinas echadas. Verían a chicas obligadas a casarse con hombres desconocidos de sus países de origen”). Pero también cierran los ojos a la amenaza que la inmigración musulmana representa para las propias europeas: la obsesión “antirracista” impide percibir el peligro evidente.

No sólo están aumentando los ataques a las mujeres: también las agresiones a homosexuales y a judíos (muchos judíos europeos están emigrando a Israel, huyendo de la presión musulmana). La reacción de la izquierda consiste en culpar a la propia sociedad europea, en lugar de a los recién llegados. Las estadísticas de creciente “violencia de género” les sirven para mantener la mentira oficial de que los europeos somos todavía machistas; las de agresiones contra gays, la mentira de que los europeos somos “homófobos”. La inmigración está rindiendo, en este sentido, un servicio impagable a la izquierda, ayudándole a mantener mitos de los que no puede prescindir. La izquierda ha encontrado la coartada perfecta para más y más gasto político, más y más chiringuitos para la integración de inmigrantes, para combatir la “violencia de género”, para combatir la “homofobia”…

Suecia fue el primer país en permitir que hombres y mujeres se bañaran juntos en playas y ríos, en el siglo XIX. En 2016, el Ombudsman sueco otorgó su permiso a la introducción de horarios separados por sexo en las piscinas públicas, en consideración a la inmigración musulmana. “Si Europa continúa por este camino -escribe Ali- puedo prever un escenario de pesadilla: las sociedades europeas se parecerán cada vez más a las que los inmigrantes dejaron atrás. La situación ya imperante en relativamente pocas barriadas se extenderá a zonas cada vez más amplias”.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014). Diputado de Vox por Sevilla en la XIV Legislatura.