Palacio de los Duques de Medinaceli en Cogolludo (Guadalajara).
Palacio de los Duques de Medinaceli en Cogolludo (Guadalajara).

Los domingos suele ser mi día de excursión al campo. Me monto en el coche, tomo la autopista A-1 y me desvío a la altura de Algete para adentrarme en la provincia de Guadalajara. Allí me esperan maravillas como el monasterio de Bonaval, que últimamente ha recibido una providencial ayuda para frenar su deterioro; el pueblo de Tamajón, con su Ciudad Encantada, o el más discreto de Muriel, con sus apacibles caminos por el campo, o Cogolludo, con su extraordinario palacio renacentista.

Pero volvamos por un momento a la autopista A-1. Cuando circulo por ella, me suelo encontrar la salida 19 colapsada de coches. Se trata del desvío que lleva a la gigantesca zona comercial que incluye un Ikea, un MediaMarkt, Carrefour y demás. Hace algunos años, tuvieron que realizar una importante inversión para ampliar de uno a dos los carriles de salida, porque el que había no daba abasto. De poco sirvió: al poco tiempo, las colas volvían a ser kilométricas.

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Siempre que paso delante de esas colas de coches, trato de observar a sus ocupantes. Suelen ser familias con niños, padres con cara de aburridos temiendo la que se les viene encima, alguna pareja joven y demás. El resultado ya lo conocemos: colas, cabreos, impaciencia; un niño que se pierde, el otro que empieza a llorar, otro más que se aburre… Total, que los padres regresan a casa por la tarde agotados, después de haberse gastado una fortuna en el centro comercial, deseando tumbarse en el sillón para descansar del domingo.

Nos aterra adentrarnos en lo desconocido, salirnos del rebaño, explorar, ser señalados por no seguir mansurronamente la senda transitada

Los hombres somos, las más de las veces, tremendamente gregarios. Nos gusta la seguridad. Nos aferramos al “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Nos aterra adentrarnos en lo desconocido, salirnos del rebaño, explorar, ser señalados por no seguir mansurronamente la senda transitada.

¡Y hay tanto por descubrir! ¿Se puede imaginar las personas que se hacinan en ese centro comercial que, a apenas 20 minutos de ahí, tienen el extraordinario puente romano de Talamanca del Jarama, con un agradable parque alrededor para hacer un picnic? ¿O que, un poco más allá, podrían visitar las Lagunas de Puebla de Beleña, donde sus hijos se quedarían admirados con las fantásticas aves migratorias? ¿O que, si llegaran hasta Beleña de Sorbe, podrían descubrir la fabulosa iglesia románica de San Miguel o el castillo de Doña Urraca? Y todo ello, ahorrándose un pastizal y regresando realmente descansados a casa.

La España abandonada (me gusta más llamarla así que “vacía” o “vaciada”) posee una gran cualidad: nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son nuestras raíces. Nos reconcilia con nuestra historia, con nuestro patrimonio artístico, con nuestros antepasados y con la naturaleza. Nos hace redescubrir la sencillez, la paz, el vivir sin prisas.

Pero, además, posee un gran potencial económico y de oportunidades. Cuando se descubran la belleza, el arte, el patrimonio y la naturaleza que adornan esa España abandonada, surgirá de nuevo el interés por ella.

Es cuestión de tiempo: el hombre volverá al campo. En un momento en que los transportes han mejorado tanto, las distancias y la incomunicación han dejado de ser un problema grave. El hombre se reconciliará con la naturaleza y verá que no es necesario vivir hacinados en una ciudad, unos encima de otros, pagando disparates por una micro vivienda inhumana.

Ya se lo iré desarrollando, si me lo permiten, en otros artículos. Pero, por ahora, y antes de que se ponga de moda, les sugiero que, el próximo día que tengan libre, se monten en el coche y se adentren en la España abandonada. Verán cómo descubren sitios que no esperaban encontrar. 

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