Amando de Miguel, escribidor
Amando de Miguel, escribidor

Lo único que, ahora, sé hacer, medianamente, es pergeñar estos artículos. No emprendo esa tarea para convencer a nadie de mis razones. Ni siquiera, creo que pueda pretender tener razón. Mi propósito es más simple: hacer pensar; primero, a mí mismo y, luego, a los eventuales lectores.

Como es natural, mis observaciones sobre la sociedad española (que es lo mío) son, más que nada, subjetivas. No puedo intentar tener razón porque, en mis apreciaciones, me he equivocado muchas veces. Los errores han sido morrocotudos en la errática trayectoria de mi vida personal. Empero, le doy muchas vueltas a las cosas y, por eso mismo, me detengo tantas veces en el modo de expresarlas, en el lenguaje. Insisto mucho en el instrumento para poder traducir por escrito mis ideas, aun sin ser filólogo. Considero que la escritura, siempre, puede mejorar. No existe un texto definitivo. De, ahí, se deriva mi calificación para el menester de hacer pensar, o, quizá, por haber ejercido tantos años como profesor. Mal docente será el que no hace cavilar a los alumnos, a los compañeros de los trabajos de investigación. Son muchos los libros que he escrito en colaboración con otras personas. Es una labor de orden intelectual que produce muchas satisfacciones.

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Lo que más admiro en la vida es ese tipo de individuo que se halla convencido de haberlo hecho todo bien. Es una cualidad plausible, pero, que a mí me resulta un tanto alejada de la necesaria curiosidad intelectual.

Aun en los escritos descriptivos o profesionales, es claro que soy yo el que en ellos se traduce. Una pista interpretativa para mis eventuales lectores: mi mismidad aparece disfrazada en ciertos personajes femeninos de mis novelas. Me apresuro a declarar la cualidad que mejor me distingue como escritor: la curiosidad por observar, catalogar y comparar hechos y, eventualmente, buscar explicaciones. Reconozco que se trata de un hábito que suele estar mal visto por mis paisanos. La prueba es que me he encontrado con problemas con la censura, siempre, dispuesta a corregir curiosidades malsanas. Me satisface mucho el sentido coloquial, con sentido ponderativo, del adjetivo curioso. Se aplica a un trabajo bien terminado, con mimo y orden.  Los castizos lo redoblan con niquelado. El calificativo no ha llegado a los diccionarios, pero, está en la calle.

Comprendo que la tarea de emborronar cuartillas no está muy considerada entre nosotros.  Hasta hace poco, se decía, despectivamente, chupatintas al escribiente o empleado modesto. Se castigaba el error del pobre escribano que echaba un borrón en el manuscrito. Después de Vargas Llosa, se ha recobrado la dignidad del escribidor. Es lástima que se haya atenuado el rasgo de representatividad que correspondía al publicista. Antes, era el que escribía en los periódicos; hoy, ha pasado a ser el profesional de la publicidad, de los anuncios comerciales.

La dedicación a la escritura volandera no trae mucha cuenta en un país donde la tarea de leer se considera una obligación; y eso en el mejor de los casos. En la vida práctica, las escrituras son el producto de los notarios, que cobran una pingüe minuta por cada folio relleno de incomprensibles locuciones. Ahí, está su mérito. A su lado, los artículos de prensa son un género menor, aunque, tiene su encanto. Es el que proporciona el romántico título de letraherido, que llegó del catalán (lletraferit). Se refiere tanto al aficionado a leer como al profesional de escribir. Yo lo soy por ambos costados. Es una forma de privilegio.

Amando de Miguel, artículo originalmente publicado en Actualidad Almanzora

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