Al demonio se le conoce como 'Príncipe de la Mentira'
Al demonio se le conoce como 'Príncipe de la Mentira'

Mi novia se sonroja cuando hablo del término bíblico del demonio y banaliza su figura como si se tratara de una quimera ultra religiosa imaginada por los anales más tenebrosos de la cristiandad. Ojalá fuera así, pero el mundo es cada vez más feo y menos divino. El odio inunda las calles, la crispación linda los hogares y el rencor se ha inoculado en nuestras almas.

Lo del joven apaleado hasta la muerte en La Coruña no me ha pillado por sorpresa. Llevaba tiempo diciendo a mis allegados que iba a llegar un tiempo en el que caminar por nuestras urbes fuera una actividad de alto riesgo. Violaciones, palizas, abusos, sangre, dolor, muerte. Tenemos que ser conscientes de que del mismo modo que existen personas de buena voluntad también conviven con nosotros individuos maliciosos cazadores del sufrimiento ajeno.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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De hecho, esa calma tensa entre el bien y el mal es sobre lo que se fundamenta la fe en Dios de los cristianos. Si existe el peligro, tiene que florecer la salvación por mera causalidad existencial. Quizá por eso los católicos tengamos una ventaja respecto al resto de los mortales, ilusos individuos partícipes en una realidad esperpéntica en la que el mal no existe y que todo lo que en apariencia negativo puede tornarse optimista si se mira desde otro punto de vista. Relativismo moral, ya saben. Así lo señala Miguel Ángel Quintana Paz:

“Al igual que ocurre a menudo con los individuos, solo puedes convencer a una turba de que haga el mal si antes la persuades de que ese mal es el Bien. De que serán en realidad bondadosos cuando cometan sus maldades. Por eso al diablo se le denomina Príncipe de la mentira”.

El asunto no es el embaucamiento de la bondad de las acciones corruptas sino que esa masa en pocas ocasiones se plantea lo acertado o equivocado que sea una medida concreta.

El engaño se ha adueñado de nuestra existencia hasta el punto de que hemos obviado las fechorías confiando incluso en aquellos que las cometen. De hecho, ojalá me equivoque, pero el Partido Socialista volverá a ganar las elecciones generales en 2023. Nos hemos acostumbrado tanto a la mentira que, a diferencia de antes, como destaca en una entrevista el economista Leopoldo Abadía “en otra época engañabas a alguien y te daba vergüenza mirarle a los ojos”, ahora somos capaces de dar un beso a aquel a quien hemos ultrajado. La alegoría evangélica no es casualidad. Nos hemos librado del virus de la covid-19 pero no podremos vacunarnos contra la mentira porque esta sociedad es una farsa en sí misma.

Desgraciadamente, los que deberían liderar a la sociedad, los políticos, no están por la labor. Bien porque no cuentan con la virtud necesaria para hacerlo o porque aun teniéndola no se remangan para dejar una realidad mejor para sus hijos, me refiero a Pablo Casado, -atrás quedó su pletórico discurso en el que hablaba de humanismo cristiano-. Aunque me preocupan más estos, que, siendo nobles de corazón, me viene a la cabeza Santiago Abascal, dan cobijo en su partido a hombres con oscuras aspiraciones que terminarán corrompiendo las instituciones.

Ahí, es donde entramos nosotros, la ciudadanía. Con nuestros derechos políticos pasivos y poder elegir a nuestros dirigentes, no deberíamos de percibir únicamente a los líderes de las entidades políticas sino también a quienes los acompañen. Debemos castigar a los partidos cuando por meros intereses de marca decidan incorporar a sus filas a personajes peligrosos para la sociedad. Ya sea el mantero Serigne Mbayé o cualquier burócrata con ansias de acaparar tráfico de influencias.

Nosotros somos quienes escogemos a nuestros políticos, nosotros somos los que aupamos el mal y humillamos al mal.

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