Agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional ejecutan el cierre de fronteras terrestres por la pandemia del coronavirus. /EFE

“No le ocurre nada a su televisor. No intente ajustar la imagen. Ahora somos nosotros quienes controlamos la transmisión. Controlamos la horizontalidad y la verticalidad. Está usted a punto de experimentar el asombro y el misterio que se extiende desde lo más profundo de la mente, hasta más allá del límite.”

Y ya estás más allá del límite, del mundo diseñado por las series de Netflix y las escuelas de negocios.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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¿Querías silencio y tiempo para ti? ¿Añorabas levantarte tarde? ¿Suspirabas por estar con la familia o, en tu caso, el perro? ¿Decías que te gustaría llevar una vida sencilla, sin compromisos, sin tener que ponerte corbata (o zapatos de tacón)? Pues todo eso y más ya lo tienes. Y estás a punto de bajar a la calle vestido de dinosaurio.

Ahora que se han roto las cadenas de distribución, te das cuenta de que quizás no haya sido buena idea mandar las fábricas a China

La irrupción de un virus que ni se sabe de dónde ha salido te ha sacado del coche eléctrico. Mirabas con desprecio a los seres humanos que en las películas sobre la Edad Media morían en una plaga, porque no sabían usar el jabón y tú ya tienes las manos blancas de tanto lavártelas.

¡Qué gran idea la de reducir costes y aumentar beneficios trasladando las fábricas a China, donde ya se encarga el régimen de que no haya huelgas y se cumplan los plazos! ¿Sabes que los que mandan en China son comunistas, sí, sí, rojos, como los de las películas de Rambo? Pero comunistas con los que hacer negocios, tienes razón. Las claves de un buen gestor son reducir costes y subir las ganancias, y con ellas el bonus de fin de año.  Te lo inculcaron en la consultora.

Pues ahora, se han cortado las cadenas de transporte y los gigantescos buques portacontenedores que traían desde los juguetes de plástico para tu perro a medicamentos no navegan. Quizás no sea tan buena idea eliminar las industrias y los cultivos de España y mandarlos al otro extremo del mundo.

Has sido educado en que gozas de una miríada de derechos, pero el Gobierno, y de ‘progreso’, te ha encerrado en casa, con tu perro

Defiendes Amazon y sus vástagos, los Uber, los Glovo y los Deliveroo, porque el consumidor, o sea tú, mandas, o eso quieres creer. Todo es más barato y te lo traen en un santiamén. Pero ahora no tienes ecuatorianos exhaustos o cincuentones recolocados para satisfacer tus caprichos.

Si se estropea la lavadora, ¿qué vas a hacer? ¿Y si se cuelga Internet? ¡Pero si no tienes ni una baraja para hacer solitarios!

Las señoritas del siglo XIX tenían sus diarios y su correspondencia para expresarse. Tú usas Instagram y Endomondo para exhibir tus viajes y tu buena forma física. Pero ahora no puedes subir fotos más que del patio de tu casa y no tienes ganas de colgar ‘selfies’ haciendo flexiones en el salón.

Tampoco puedes escoger escapaditas de fin de semana con alguna compañera de trabajo o viajes con los amigos a un partido de fútbol. El precio de los vuelos y los hoteles estará tirado en unos meses, pero a ver si te queda dinero en el banco.

Tu vida depende de los repartidores de Amazon, Deliveroo y Mercadona

Nunca te ha preocupado la política, porque estabas convencido de que cada vez mandaban más los técnicos y los expertos, de modo que ningún político podía causar estropicios. Ni ninguna votación, como la del Brexit.

Has sido educado en que gozas de una miríada de derechos: a decidir quién eres, cómo quieres que se dirijan a ti, a escoger pareja las veces que se te antoje, a votar a un partido o a ninguno, a que el Estado se ocupe de ti, a pedir cuándo quieres que te den una inyección cuando te hayas cansado de la vida. Y de pronto el Gobierno te prohíbe salir a la calle y empiezas a temer que confisquen tu plan de pensiones para pagar la deuda.

En las ciudades de todo el mundo que visitabas encontrabas los mismos edificios, los mismos Starbucks y los mismos Primarks. Hasta la gente vestía de la misma manera y entendía ese inglés chapurreado que es la nueva lengua internacional y que tú desprecias, porque pasaste tres veranos en Irlanda y tienes el Proficiency.

Te importa un comino que tus amigos ecologistas se alegren de que bajen los niveles de CO2 y NO2 en la ciudad

Si el mundo parecía cada vez más similar, más pequeño y más cómodo, te asombraba por qué los británicos querían salirse de la Unión Europea, los norteamericanos votaban a Trump y los polacos se enfrentaban a Bruselas. Estabas convencido de que las fronteras iban a desaparecer, salvo en lugares como África o Asia Central, a donde nunca irías por muchas ofertas de Kayak que te llegasen al móvil o te lo pidiese la chica con la que estuvieses para ese verano. Y ahora asistes al levantamiento de fronteras en el mundo global y la aparición de personas uniformadas en las esquinas que te dicen lo que tienes que hacer. El Estado-nación ha vuelto y los europeos no se van a disolver en una Europa Federal.

La gente se aparta cuando vas al supermercado y las viejas a las que mirabas con desprecio en la cola de la caja ahora te bufan si te acercas a menos de dos metros de ellas. Te da la impresión de vivir en una película apocalíptica en la que sólo faltan los zombis de Resident Evil.

Lees en el móvil los mensajes que te manda la ONG ecologista a la que das dinero en que aplaude el cierre del tráfico porque está bajando los niveles de CO2 y NO2 en la ciudad y decides darte de baja. ¿Dónde estará Greta?

Las fronteras que creías desaparecidas se levantan de nuevo y se despereza el Estado-nación

Te recorre un escalofrío en cuanto piensas en las compañeras de oficina y las clientas que fueron a la manifestación del 8-M. El lunes, una de ellas repartió pins feministas. ¡Menos mal que se le acabaron antes de llegar a tu mesa!

Cuando se va la luz del sol y te arrebujas en tu edredón nórdico, piensas que quizás te han engañado. La televisión, la política, el máster, los periódicos, el ejecutivo que te prometía más, más y más de ya no sabes qué.

Pues no permitas que te vuelvan a engañar. Despierta, como Neo o como San Agustín.

Repite antes de dormirte: Los derechos implican deberes. Vales más que tu portátil. Eres parte de un pueblo. Para avanzar hay que girar en torno a un punto.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).