Imagen referencial.
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Las autoridades -centrales, municipales, autonómicas- están llegando a extremos maoístas con sus medidas anti-Covid, aunque más que anti-Covid habría que llamarlas anti-ciudadanos, porque el virus sigue tan campante, mientras la economía se hunde y la libertad se ve seriamente amenazada.

Primero, aprovecharon el estado de alarma para imponer un estado de excepción encubierto, en “un ejercicio antidemocrático de poder” como denunció la exfiscal general del Estado, Consuelo Madrigal, en su artículo La sociedad cautiva

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Después, ante los rebrotes, nos han ido recortado derechos y libertades, con controles policiales, toques de queda, persecución al turismo, cierre de ocio nocturno, y hasta prohibición de fumar al aire libre. Como si dejar de fumar fuera la panacea. Como si prohibir por prohibir fuera la solución a un complejo problema epidemiológico que ha pillado a la comunidad científica in albis.

Prohíben porque no saben qué hacer o porque están usando la salud como pretexto para demostrar el carácter arbitrario del poder

Una de dos: o el furor intervencionista de las autoridades obedece a que prohiben por que no saben qué hacer, y entonces queda mejor tirar de multazo y tente tieso que permanecer de brazos cruzados; o a que están usando la salud pública como pretexto para demostrar el carácter arbitrario del poder. 

Hitchcock acuñó el término mcguffin para referirse a un elemento de suspense en sus películas, que hace que la trama avance pero que carece de importancia por sí misma. Es una excusa argumental. Y la pandemia -peligro real, por supuesto, pero inflado hasta extremos apocalípticos- es un mcguffin perfecto para medir el grado de sumisión de una sociedad muerta de miedo. 

La prueba de que se trata de un pretexto es el razonamiento del defensor del Pueblo, Fernández Marugán, para tumbar los 617 escritos que cuestionaban la constitucionalidad del estado de alarma. Lo justifica, alegando que Sánchez lo impuso porque “la vida prima sobre otros derechos”. ¿De verdad? ¿La vida? Y lo dice después de las más de 50.000 muertes por Covid de las que cabe responsabilizar al Gobierno, por su negligencia e inepta gestión. Un Gobierno que ha demostrado lo mucho que le importa el derecho a la vida, al legitimar y propiciar la muerte, cada año, de más de 90.000 niños cada año en el seno materno. 

¿Qué va a decir el socialista Fernández cuando se cuestiona al socialista Sánchez? ¿Para que se creen que lo pusieron ahí?, ¿para que defendiera al Pueblo?

Todo ello alimenta la sospecha de que estamos ante una gigantesca y orquestada tomadura de pelo. 

Hay dos miedos: el racional ante un peligro real que impulsa a actuar con prudencia; y el histérico, que conduce al pánico. Todo indica que el poder y sus lebreles mediáticos están fomentando el segundo, a propósito del  coronavirus, para su experimento de control social.
Viñeta de ‘El Roto publicada en ‘El País’

Puede que esté equivocado, pero no les mosquea a ustedes que prácticamente no haya nada que se deje de prohibir. Ni siquiera las relaciones familiares. No les basta con impedir la actividad económica, cerrar empresas, vaciar playas y calles, o limitar el derecho de reunión, sino que tampoco nos permiten hacer de nuestra capa un sayo en la república independiente del hogar. Nos dicen, súbitamente preocupados por nuestra integridad física, que ni siquiera las reuniones de parientes son ya seguras. Y llegan al extremo de recomendarnos cómo debemos hablar en ellas: en voz baja, para evitar contagios. ¿Qué será lo siguiente? ¿Condenarnos al silencio?

No sería extraño, pues llevan tiempo tapándonos la boca. La famosa mascarilla es una metáfora sanitaria de las distintas mordazas que han ido ensayando con el disidente. Nunca como ahora había estado más amenazada la libertad de expresión. Sin necesidad de metralletas como hicieron los terroristas de Charlie Hebdo, han logrado que profesores universitarios, políticos, actores, cantantes etc. prefieran el silencio antes que incurrir en el lenguaje incorrecto que les condenaría a la pérdida del trabajo, al fusilamiento en las redes sociales o al ostracismo. Eso explica también que científicos serios se muerdan la lengua antes de defender sus posturas desafiando al pensamiento único.

Lo más preocupante no es que las autoridades nos estén tomando el pelo tratándonos como a rumiantes. Lo más preocupante es que parte de la propia sociedad se haga eco de las consignas dictadas desde el poder, sin necesidad de una Gestapo o una KGB. Lo más triste no es el carácter abusivo de los gobernantes -lo llevan en los genes- sino el silencio de mucho cordero o la complicidad de colaboracionistas y acusicas. 

No estamos diciendo que el virus no sea real, y que no haya que actuar de forma responsable ante un peligro para la salud

Si unos gobernantes son capaces de uniformizar a todo la población poniéndonos un bozal -porque ni siquiera tenemos claro que las mascarillas sirvan para algo- y encerrándonos en el aprisco… entonces pueden hacer lo que les plazca con tan complaciente rebaño. No estamos diciendo que el virus no sea real, y que no haya que actuar de forma responsable ante un peligro para la salud, para el que -a diferencia de la gripe- no hay vacuna. Lo que tratamos de decir es que el virus es una subtrama, un macguffin. La trama importante de la película es la otra: el experimento de control social de la población. 

Carecemos de conocimientos para decir que la pandemia está organizada -si alguien los tiene que lo demuestre-. Pero todo indica que los poderosos del globalismo han aprovechado este Pisuerga para su ensayo de ingeniería social, con el ciudadano como conejillo de Indias.

No es la primera vez. Hace medio siglo nos asustaron con el mito -falso- de la superpoblación, un macguffin para imponer el control de la natalidad y vender anticonceptivos. Y lo próximo va a ser otro susto con otro mito harto discutible, el cambio climático. Lo que buscan no es otra cosa que nuestro bolsillo y nuestra libertad. 

Lo advirtió hace más de 80 años Aldous Huxley en Un mundo feliz. Los modernos Estados tendrán un poder más sutil pero más efectivo que los tiranos más crueles de la Antigüedad. No necesitarán de torturas o mazmorras para gobernar una población de esclavos, porque estos “amarán la servidumbre”. 

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.