No sé, a lo mejor es cosa mía, pero, ¿no les da la sensación de que ya no les está funcionando? Sé que las redes sociales y las conversaciones de bar no son exactamente sociología rigurosa, pero es lo que estoy notando, muy fuerte, de un tiempo a esta parte.

El festival apocalíptico ha terminado, han desfilado por aquí todo tipo de personaje coloridos, normalmente sin relación alguna con la ciencia climática, y han repetido sus monsergas en tono aún más histriónico que los años anteriores. Pero en el eco solo oigo risas, aunque sean todavía risas sofocadas, o la voz de los mercenarios.

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Quizá sea lo inane que es todo, lo descaradamente ridículo. Tanto bombo y tanto platillo para decidir que ya decidirán, que la próxima va de veras, que ya veremos, como un padre blando que amenaza a su hijo adolescente con la mundial advirtiéndole de castigos que nunca llegan. En 2020 van a tomar decisiones drásticas, nos vamos a enterar, dicen. Pero ya hemos oído demasiadas veces que viene el lobo, y, además, sabemos contar.

¿Quién va a pagar la fiesta? Nadie parece querer ser el primero en empobrecerse por un quítame allá ese grado de temperatura media. Y Estados Unidos, el pagano habitual de las grandes ambiciones de Occidente, se ha bajado del tiovivo y nos ha dejado a todos mirándonos los unos a los otros, a ver quién es el panoli que saca primero la cartera.

China e India, que siguen aumentando sus emisiones a lo loco, se llaman andana, que nos empobrezcamos nosotros que empezamos mucho antes con esto de la Revolución Industrial y ellos todavía tienen que ponerse al día en lo de echar carbono a la atmósfera. Y sin Estados Unidos, China e India y bastantes más, ya me dirán lo que van a aliviar al planeta los cuatro pringaos que constituyen el Club de Greta. Y luego les oyes en las conclusiones prometiendo encarar la crisis climática “con perspectiva de género” y todo empieza a sonar a chufla.

Ya digo, quizá sea eso. Pero no, lo he visto en muchas otras cosas, con respecto a otros principios intocables de la postmodernidad. La gente ya no traga. Goebbels tenía un límite.

Más de una vez he hablado de que la propaganda, afinada en nuestro tiempo hasta la perfección, no escapa a la ley de rendimientos decrecientes. Es decir, que a medida que aumenta su runrún no crece en paralelo su eficacia, sino que su efecto va en disminución, hasta que la gente deja ya de creer e incluso de escuchar. Pero no preveía el siguiente paso, aunque es lógico. Me refiero a que el resultado sea directamente negativo.

Es decir, no simplemente que la gente lea en El País que no debe hacer tal o cual cosa y se diga: “Pensaba hacerlo y que tú me digas que no debo no va a hacerme cambiar de opinión”. No, hablo de gente que se dice: “No pensaba hacerlo en absoluto, pero ahora lo voy a hacer solo porque me dices que no debo”. Ya saben, psicología inversa en vena.

Por supuesto, es un fenómeno que por ahora afecta solo a una minoría, pero es una minoría que observo creciente. Tenía que llegar, porque los medios de adoctrinamiento -antes llamados ‘de comunicación- está reaccionando con pánico a su pérdida de influencia, y el pánico siempre lleva a hacer tonterías. En su caso, a multiplicar la dosis. Ahora, como os dirá cualquier buen boticario, la dosis hace el veneno, de la dosis depende la eficacia de cualquier remedio. Un plato sin sal es insípido, pero con demasiada sal se vuelve incomible.

No puede dejar de alegrarme este creciente escepticismo ante las verdades oficiales, este ver cómo Greta y sus cuates empiezan a predicar en el desierto

La eficacia de la propaganda se debía, sí, a su machacona repetición desde todos los ángulos, desde los productos culturales a las clases que reciben los críos, pasando por los anuncios de las grandes empresas y los mensajes de los medios. Pero también de cierta sutileza, de alguna reticencia que no despierte súbitamente la conciencia adormecida, o el sentido del ridículo. Debe parecerse a un runrún adormecedor; cuando se convierte en un grito, es probable que desvele y haga pensar, y si es un sermoneo demasiado amargo y prepotente, excita el enervado sentido común.

La propaganda es el arte de hacer que las conclusiones suenen a premisas. Lo que quieres grabar a fuego en la mente del vulgo no debe parecer la conclusión de un argumento, sino las verdades autoevidentes de las que “todos” partimos, lo que se supone que todos damos por supuesto. Si gritas, si pones ‘cara de Greta’, es muy probable que la reacción sea plantearse seriamente hacer exactamente lo contrario. Y de ahí a plantearse si todo lo que nos hacen tragar a diario es una pamema o, al menos, merece una seria reflexión, hay solo un paso.

No es exactamente un final heroico o glorioso, esto de que el fin llegue como una rebeldía adolescente, como una conspiración de la clase que no va a seguir oyendo las monsergas de la ‘seño’, pero es un final.

Otra cosa es si llegamos demasiado tarde. Probablemente sí, viendo el despeñarse de nuestra tasa de natalidad y la blandura de nuestros hábitos demasiado arraigados. Estamos muy gordos para la contrarrevolución, vivimos demasiado cómodos para que nos importe lo suficiente el futuro de nuestra civilización.

Pero no puede dejar de alegrarme este creciente escepticismo ante las verdades oficiales, este ver cómo Greta y sus cuates empiezan a predicar en el desierto, cómo las regañinas de El País ya apenas otra cosa que comentarios sarcásticos y cortes de manga más o menos ingeniosos en la feligresía.

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