Fernando Simón, durante una rueda de prensa. /EFE
Fernando Simón, durante una rueda de prensa. /EFE

Esto es como esas películas de terror de Hollywood de las que hacen innumerables continuaciones: cuando todo parecía haber pasado, vuelve Jason (o Freddie Kruger, o el tiburón, tanto me da). Hablo de las normas caprichosas, humillantes, irritantes y ruinosas con que nos han castigado por culpa del coronavirus.

Resulta que la presidente de la Comunidad de Madrid, Isabel Ayuso, ha tenido nuevas ideas: quiere ponernos a todos la mascarilla por la calle, con o sin distancia de seguridad, y masculla algo de una ‘Cartilla Covid’ con todo el sabor de la posguerra. Mientras, en otras zonas -en Cataluña, en Murcia- hay confinamientos parciales, por comarcas o términos municipales, y el ministro Illa, con esa cara de estar simpre preguntándose “qué pinto yo aquí”, se pone serio y dice que a ver, a ver. Son los rebrotes. Los nuevos brotes. Los nuevos casos. Como quieran llamarlos, aunque todos estos nombres son bastante tramposos.

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Hay una etiqueta que cualquier opinador teme aún más que la de fascista o loqueseófobo, porque al final estas pierden valor con el abuso, y es la de “conspiracionista”. Si alguien difiere un tanto así de la versión oficial de las cosas, el oponente solo tiene que ridiculizarlo pintándolo con el legendario gorrito de papel de plata de los conspiranoicos.

Pero a mí los sombreros siempre me han sentado fatal, así que voy a hacer una defensa de la disidencia en este asunto del Covid-19 partiendo no solo del sentido común más pedestre, sino de los datos de los expertos, los oficiales. No será fácil, porque los expertos, especialmente los supercicutas de la Organización Mundial de la Salud han dado bandazos sin cuento, diciendo Diego donde decían “digo” un día con otro.

¿Vamos a llevar siempre máscara? ¿Vamos a terminar de destruir la economía, como si morir de hambre fuera mejor que asumir un riesgo tan remoto?

Así que empezaré por las cosas que NO creo. No creo que el virus sea ‘fake’ en absoluto, ni que sea solo “una gripe fuerte” (aunque no hay que tomar a broma las gripes, que se cobran cada temporada miles de vidas), ni que no se pase fatal en algunos casos, ni que no haya muertos, ni que no se contagie fácilmente. En cuanto a su origen, me declaro agnóstica, y tanto me da si escapó de un laboratorio de armas bacteriológicas de Wuhan o de un chino que se comió un murciélago o un pangolín, o lleva entre nosotros ni se sabe y le ha dado ahora por incordiar.

Así las cosas, sigo diciendo que el pánico que ha provocado es mucho peor que la propia epidemia (llamarlo pandemia a estas alturas es completamente inexacto), que las medidas adoptadas por un buen número de gobiernos -incluido el nuestro- han provocado un daño económico del que nos costará salir, que los poderosos lo están usando para recortar nuestras libertades y para prepararnos para un cambio sistémico y que ha sentado un precedente espantoso que no hará sino repetirse indefinidamente.

Porque, ¿saben?, el virus no va a irse nunca. Ha venido, como suele decirse, para quedarse. ¿Vacuna? ¿Ha visto el éxito que ha tenido la búsqueda de una vacuna contra la gripe estacional? Cada año hay una nueva, porque el efecto de inmunidad desaparece con el tiempo y porque el virus muta cada vez y hay que volver a empezar. La que Bill Gates y su empresa Moderna nos quiere colocar como sea se quiere introducir sin los debidos estudios de seguridad, exige varias inoculaciones y cualquiera sabe los efectos secundarios que podría tener, por no hablar de que se trata de una vacuna elaborada con una técnica no probada nunca hasta ahora. No sé, Rick…

Pero es que epidemias como esta hay, ha habido y habrá muchas, al menos una gorda cada diez o veinte años. Y esta está muy lejos de los puestos altos de la tabla en cuanto a gravedad, letalidad o rapidez de contagio, incluso en vida de las últimas generaciones.

Es, en definitiva, una epidemia muy de andar por casa, con una letalidad muy modesta, y a pesar de todo nos ha aterrado lo suficiente como para dejar que las autoridades se arroguen poderes extraordinarios, nos sometan a ridículas restricciones y destruyan nuestras libertades. Por una posibilidad realmente muy pequeña de morir de la enfermedad, como si el dolor y la muerte fueran ocurrencias extrañas y nunca oídas, como si la gente no enfermara ya de ninguna otra cosa ni muriera de ninguna otra cosa.

Porque, ¿qué va a pasar la próxima vez? Hay muchas posibilidades de que en vida de mis lectores lleguen epidemias considerablemente peores y, con toda probabilidad, iguales a esta. ¿Vamos a llevar siempre máscara? ¿Vamos a terminar de destruir la economía, como si morir de hambre fuera mejor que asumir un riesgo tan remoto? ¿Viviremos encierros periódicos en lo que nos quede de vida?

A la larga, el pánico, en absoluto justificado, puede hacer mucho más daño que la epidemia y, desde luego, resulta mucho más ridículo

Nadie se lo está planteando en serio. Pero si damos por bueno lo que se ha hecho hasta ahora, no habrá razón para que no lo repitan una y otra vez, incluso para que no lo aprovechen cada vez que a nuestros gobernantes les parezca ventajoso. Después de todo, la política es el arte de aprovechar las crisis y emergencias para aumentar el poder y el control sobre los ciudadanos.

Así que, para acabar, me gustaría pedirle algo a mis lectores y no es que busquen en oscuros blogs con fondo negro. No, estudien las cifras oficiales (con solo un poco, una pizca de escepticismo) y busquen las muertes, comparen los números con la población general, observen si los hospitalizados (si los hubiere) pertenecen a un colectivo identificable (de edad, por ejemplo, o de complicaciones sanitarias anexas).

Recuerden que “rebrotes” no significa realmente “nuevos casos”, aunque la prensa los haga sinónimos; si usted ha sido contagiado hace meses y ha vencido al virus sin desarrollar la enfermedad o con síntomas muy leves y va a hacerse ahora la prueba, aparecerá como ‘caso nuevo’, de modo que es una profecía segura que, a más tests, más ‘rebrotes’.

Sobre todo, busquen datos concretos, no frases difusas. Si lee que las UCIs hospitalarias “están colapsadas” o hay riesgo de colapsarlas, examínelo. Mire cuántas plazas hay y cuántas están ocupadas. No es difícil, aunque sí un poco pesado.

Pero no olviden que, a la larga, el pánico, en absoluto justificado, puede hacer mucho más daño que la epidemia y, desde luego, resulta mucho más ridículo.

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