Esta semana pasada se ha producido en Nueva York una reunión de la que no he visto reflejo alguno en la prensa española y que resulta, sin embargo, esencial para entender lo que vivimos y, sobre todo, lo que nos viene.

Me refiero a una reunión convocada por el director ejecutivo de la principal y definitiva fuente de noticias de Occidente, el New York Times, Dean Baquet, con los principales responsables de la redacción. El núcleo de su mensaje era el siguiente: hemos pasado dos años informando obsesivamente sobre la colusión del presidente Trump, entonces candidato republicano a la Presidencia, con el Kremlin para manipular las elecciones.

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La ‘trama rusa’ ha abierto noticieros de las principales cadenas y el prestigioso diario ha dedicado páginas y páginas a informaciones, tribunas y columnas sobre esta infamia que convertía al jefe del Estado en un traidor en manos de los ‘enemigos’ de la nación, una situación sin precedentes que debía desembocar lógicamente en un cese parlamentario o ‘impeachment’ del presidente.

Desgraciadamente, la megainvestigación llevada a cabo con todos los medios a su alcance por el ex director del FBI Robert Mueller, tras dos años, cientos de registros, testigos, imputaciones y millones de dólares gastados, no encontró el menor indicio de que la campaña de Trump se hubiera conchabado en ningún momento con Putin y los suyos. Nada, cero, zilch.

Así que, chicos, tenemos que encontrar otro asunto para seguir machacando al público americano 24/7 para que aborrezca a Donald Trump y no sea reelegido en 2020. Y la idea que se nos ha ocurrido es… ¡El Supremacismo Blanco! Vamos a estar asociando sin parar al presidente y a sus seguidores al racismo más repulsivo, para lo cual hemos pergeñado el llamado Proyecto 1619. Fue el año, bastante anterior a la independencia de los Estados Unidos, en que llegó a las entonces colonias inglesas el primer esclavo negro.

La tesis que vamos a vender es que no hay nada de lo que hoy valoramos en Estados Unidos que no haya surgido gracias a la esclavitud, es decir, que todo el ‘experimento americano’ está maldito, manchado por ese imborrable ‘pecado original’. Nada vale y hay que empezar políticamente de cero. Y Trump y los suyos simbolizan la resistencia supremacista a ese reconocimiento.

Sí, claro, lo he redactado, pero les doy mi palabra que ese es el meollo de lo que se habló en esa reunión, según se ha filtrado.

«El New York Times está dispuesto a tirar tranquilamente por la borda una historia centenaria de prestigio periodístico para que llegue un demócrata a la Casa Blanca»

Lo de menos es que se trate de un deformación de la historia norteamericana casi cómica. Que la esclavitud haya sido una institución presente en todas las sociedades civilizadas que hayan existido jamás -empezando por aquellos reinos africanos que vendían a sus enemigos capturados a los traficantes blancos-, que los países islámicos hayan esclavizado a bastante más negros que los cristianos/europeos, que hoy haya en el país más descendientes de esclavos blancos que de esclavos negros, que la abrumadora mayoría de la población en la época esclavista nunca hubiera poseído esclavos, que los americanos, lejos de ser el primer pueblo en tener esclavos, fue el primero en derramar su sangre, en la guerra con más bajas de la historia americana, para liberarlos.

Todo esto hace la empresa del New York Times ridícula y falsaria pero, como digo, no es lo más importante. Lo más importante es que un puñado de periodistas, en cuya profesionalidad se confía lo suficiente como para marcar la agenda informativa del mundo entero y decidir qué pasa y qué no, condiciones su información siguiendo una agenda destinada a derribar a un presidente que no les gusta.

La Narrativa es una expresión que ha sido objeto de burla y hartazgo por parte de muchos, y lo entiendo, porque todo se hace odioso cuando se repite demasiado y porque acaba usándose de manera impropia. Pero la reunión filtrada, el Proyecto 1619, es la prueba de su importancia absoluta: quien domina la narrativa -es decir, quien decide qué es bueno y qué es malo, quién es el villano de la película y quién el héroe- es el que manda, aunque ocasionalmente no gobierne.

Y el New York Times está dispuesto a tirar tranquilamente por la borda una historia centenaria de prestigio periodístico para que llegue un demócrata a la Casa Blanca.

Hace tiempo que mi ilusión profesional está por lo suelos, que mi amor por la profesión se ha trocado en pena y desprecio al verla convertido en un mero accesorio de los poderosos, una maquinaria de propaganda en la que la realidad es solo materia prima, moldeable a voluntad, para construir un guion con el que controlar a las masas.

Pero en este caso es mucho más grave, porque para hacerlo no tienen el menor reparo en destruir hasta la raíz a su propio país, en dividir una nación que ya está dividida y enfrentada como nunca desde la Guerra de Secesión, sembrando la sospecha de una infamia repulsiva pero muy improbable como es el supremacismo blanco, y azuzando el odio de unos grupos contra otros, con consecuencias que no son difíciles de predecir.

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