Toda nueva tendencia social continuará, ampliándose hasta los límites del absurdo, mientras tenga ‘premio’, aunque solo sea en forma del aplauso de los que cuentan, y cesará bruscamente en el momento en que deje de tenerlo. Es el moderno caso de las ‘fobias’, que se han convertido en el anatema favorito de la progresía, su tapabocas de elección. Leo a un tipo que me era hasta este momento total -y felizmente- desconocido, un tal Bad Bunny (sospecho que no es su nombre de bautismo) que ha declarado: «La fobia al reggaetón es igual a la homofobia y el racismo«. Doctor, tengo un problema.

La palabra ‘fobia’, con su connotación médica, ‘científica’, tiene grandes ventajas sobre descalificaciones más contundentes, pero también menos eficaces, usadas en el debate público, especialmente, dos, ambas derivadas de su carácter ‘clínico’.

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La primera es que, con independencia de lo que diga el sujeto paciente, es siempre irracional. Uno no es agorafóbico porque exista un peligro real en los espacios abiertos, ni el claustrofóbico tiene físicamente más probabilidades reales de ahogarse en espacios cerrados que cualquier otra persona. Es una fobia, un miedo u odio irracional hacia algo, una condición psicológica.

Esto hace que uno no tenga obligación de escuchar los argumentos, por bien hilados que los traiga, de quien, digamos, objeta que un hombre no puede convertirse en mujer por solo declararlo: es un tránsfobo, y ya está. No se debate con una enfermedad.

Por lo demás, esto impide al acusado eximir gustos particulares. En otro caso, podría alegar que no tiene nada contra el reggaetón, sencillamente no es su taza de té y le disgusta, como le pueden disgustar los pelirrojos o la pintura de Botero. No cabe esa eximente, porque se trata de una fobia bajo la que subyace un impulso enfermizo. Así, hemos leído que, siendo heterosexual, rechazar a un ‘hombre’ por el hecho de que tenga vagina es ‘transfobia’, y se debe evitar haciendo un esfuerzo progresista.

Todos estos nuevos ‘proletariados en lucha’ que abanderar (y ordeñar) son en realidad un disfrazar para ocultar el abandono del proletariado real, de la clase trabajadora, y la consagración indirecta del peor clasismo

La segunda es que puede curarse. Y, por compasión elemental, no debemos arredrarnos ante las protestas del enfermo mental cuando le forzamos a la terapia. Eso lo descubrieron pronto en la Unión Soviética: si el régimen comunista había traído el paraíso a la tierra, quien viviera en él y lo criticase debía de ser, por fuerza, un loco, y como loco había que ingresarlo en un psiquiátrico y ‘reeducarlo’.

Pero, misteriosamente, hay una tercera consecuencia inevitable de su carácter médico que se obvia y olvida: su irresponsabilidad moral. Si oponerse al matrimonio homosexual fuera realmente ‘homofobia’ y, por tanto, una enfermedad diagnosticada (lo es, para su asombro), ¿por qué insultar al homófobo? Se supone que es tan responsable de lo suyo como el afectado por cualquier otra enfermedad. Y, sin embargo, vemos a diario cómo se tiñe de maldad a todos los ‘x-fobos’ de la modernidad.

A estas alturas, se diría que la izquierda apenas tiene ya grupo de víctimas autodesignadas que no cobije, proteja y represente, ni que convierta en fobia y delito tratar de hacerles responsables de sus actos libres.

Sin embargo, no es así. Sin embargo, curiosamente, hay una discriminación que ha desaparecido del lenguaje progresista, aunque en la izquierda clásica era la única que tenía realmente peso: el clasismo. Y a una le da por sospechar que todos estos ismos y todas estas fobias; todos estos nuevos ‘proletariados en lucha’ que abanderar (y ordeñar), todas estas discriminaciones de matiz cada vez más minucioso que combatir, son en realidad un disfrazar para ocultar este dato extraordinario: el abandono del proletariado real, de la clase trabajadora, y la consagración indirecta del peor clasismo.

La progresía hoy exuda clasismo, se solaza en el desprecio hacia el vulgo, se revuelca en él con una euforia sin precedente consecuencia de esta nueva dispensación. El desprecio al pueblo vulgar siempre tuvo cierto matiz de culpa en las sociedades cristianas. Ahora uno puede retozar largamente en la minuciosa descripción de cuánto odia de la plebe los gustos, las ideas, los usos y las costumbres con la conciencia tranquila, sintiéndose virtuoso y sabiendo que no hace más que ganar puntos con la gente ‘que importa’.

Este curioso espectáculo, que hubiera dejado sin palabras a un izquierdista de principios del pasado siglo, se ha hecho especialmente evidente en Estados Unidos, donde a los derrotados trumpistas, marcados para la purga global, se les señala especialmente por su incultura, su pobreza y su distanciamiento de los gustos y mores de sus élites.

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