La verdad es que ya ni se esfuerzan. No hacen ni el amago. Quiero decir, que al establishment, la élite o como prefieran ustedes llamarlo ya les da exactamente igual que nos creamos sus mentiras, siempre que no nos quede otro remedio que tragárnoslas.

Me estoy refiriendo aquí al “suicidio” del multimillonario Jeffrey Epstein, que no se ha creído nadie con dos dedos de frente, y cuya anunciadísima muerte nos sitúa, sin embargo, en un panorama desolador y muy peligroso.

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Rebobinemos. Jeffrey Epstein es un multimillonario norteamericano de esos que conoce a todo el mundo y al que todo el mundo le conoce, al menos entendiendo por ‘todo el mundo’ la gente que cuenta. Nadie sabe muy bien cómo ha hecho su fortuna y los rumores son más que insistentes durante años, como un secreto a voces que de vez en cuando salta incluso a las páginas de la prensa ‘seria’: Epstein es un proxeneta de lujo, que consigue a los pervertidos de la élite americana y mundial los favores sexuales de menores de edad en su ‘isla de las orgías’, Little Saint James, en las Islas Vírgenes.

Todo el mundo lo sabía, pero, ¿quién iba a testificar contra un tipo con tantísimo dinero y, sobre todo, con tan excelentes contactos? Así que el negocio -de proxenetismo y, con toda probabilidad, de chantaje- podía continuar a la vista de todos sin que pasara nada.

Hubo un momento de peligro, hace unos años. Una de las chicas habló y hubo que iniciar un juicio, en el que se declaró culpable de solicitación para la prostitución infantil. El juicio, en Florida, fue escandaloso: el multimillonario, pese a confesarse culpable de un delito tan repugnante, recibió una condena de mentirijillas, poco más de un año de cárcel pero donde solo iba a dormir, continuando el resto del tiempo actuando en plena libertad. Allá que iba el ‘Lolita Express’, como llamaban a su jet privado por razones obvias, siempre cargado de opulentos pervertidos a abusar de niñas en la isla de Jeff.

Se trataba de un acuerdo extrajudicial. Secreto: es decir, las denunciantes no podían impugnarlo al no conocer su contenido. Mientras, los ‘amigos’ de Epstein se encargaron de meter el miedo en el cuerpo a esas mismas denunciantes, haciendo improbable que ninguna otra tuviera la ocurrencia de abrir la boca.

El fiscal que llegó al acuerdo en cuestión, posteriormente secretario de Trabajo de Trump, ya dimisionario, declaró en su día que le dijeron que Epstein era un hombre de los servicios de Inteligencia, que le dejase en paz.

El caso es que hace poco se inició un nuevo juicio, y esta vez el acusado parecía no tener salida. La prensa empezó a hablar, fingiendo escándalo por algo que conocía perfectamente y había callado. Y Epstein, acosado, declaró que estaba dispuesto a llegar a un acuerdo, esta vez a cambio de entregar su famosa y temidísima ‘libreta negra’, donde guardaba el quién, dónde, cuándo y qué de sus ‘servicios’. ¿Pueden imaginarlo? Millonarios, grandes empresarios, banqueros, políticos de ambos partidos, casas reales, jefes de Estado, dueños de medios de comunicación… Eso sí sería ‘limpiar el pantano’.

¿Por qué? ¿Qué había pasado, de repente? Quizá no lo sepamos nunca. Según una teoría sería la venganza de Trump. El presidente ha tenido estos años la espada de Damocles de la megainvestigación, liderada por el ex director de la CIA Robert Mueler, sobre la supuesta ‘trama rusa’, que todos los antitrumpistas daban como cosa hecha. Y resultó que no había nada. Así que ahora el presidente tiene las manos libres y puede ir a saco contra sus enemigos. Y habría ‘activado’ la acusación contra Epstein, generoso donante demócrata.

Otra teoría sostiene que los antitrumpistas, viendo que no había nada en la investigación de Mueler con que expulsar a Trump de la Casa Blanca de una patada, y sabiendo que Epstein y Trump habían sido colegas años atrás, podrían encontrar algo contra el presidente en la libreta negra.

Los resultados de la investigación inicial no son buenos. La relativa amistad entre Trump y Epstein se interrumpió bruscamente quince años atrás, cuando el proxeneta trató de propasarse con una menor en el complejo de Trump, Mar-a-Lago. Además, solo aparece una vez en los registros de vuelo del ‘Lolita Express’, y no para ir a Little Saint James; el expresidente Clinton, para que se hagan una idea, aparece 26 veces. Para colmo, una de las chicas que ya ha declarado asegura que Trump no quería participar en sus ‘juegos’.

Bien. Así que tenemos un multimillonario que amenaza con implicar a la élite americana, a la gente más poderosa, en un delito tan grave y repulsivo como sexo con menores. Está en una prisión federal y -supuestamente- ha intentado suicidarse. Es el centro de atención de todo el mundo y, justo cuando va a empezar a dar nombres, aparece ‘suicidado’.

Oh, vaya. ¿Cuándo es completamente estúpido NO creer en una conspiración?

Cualquier preso puede testificar que es imposible suicidarse en esas celdas. No hay nada de lo que colgarse, las sábanas están hechas para rasgarse al menor peso. Imposible.

Y estaría en lo que se llama ‘alerta de suicidio’, una vigilancia especial para aquellos presos de los que hay motivos para pensar que podrían suicidarse. Epstein no parecía muy propenso, incluso estaba metido en extraños proyectos de biogenética para prolongar indefinidamente su vida. Pero, bueno, las autoridades y la prensa informaron de que se había intentado suicidar.

Bueno, sí, estaba en alerta de suicidio, pero la levantaron un día antes. Oh, vaya. Y los dos agentes que solían estar de guardia recibieron instrucciones para ausentarse. Oh, vaya, vaya. Y aunque antes estaba acompañado, ahora no compartía la celda con nadie. Ooooh, vaya. ¿Podremos ver la terrible -e imposible, salvo que se colgara del aire- escena del suicidio en las cámaras de seguridad? Pues tampoco, porque dejaron de funcionar, vaya usted a saber por qué, una hora antes del, bueno, de lo que sea. Ooooooh, vaya.

Pero si usted no cree en esa concatenación de casualidades, me temo que es usted un conspiranoico y le espera una camisa de fuerza.

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