Mucha gente no sabe que durante esa gloriosa Segunda República que tanto añora la izquierda, su flamante constitución estuvo más tiempo suspendida que funcionando, y que lo que sí funcionaba a toda máquina era la censura oficial. Sobre todo en los últimos meses antes de la guerra, la infame Ley de Defensa de la República se uso para que los periódicos ni siquiera pudieran informar de los diarios asesinatos políticos, asaltos e incendios protagonizados por la izquierda, temiendo, con razón, de que alertarían a la ciudadanía.

Pero había un modo de burlar la ley: los diputados, representantes del pueblo, no podían ser censurados, y los periódicos podían reproducir íntegramente sus discursos. Así que el diputado más señalado de la oposición, José Calvo Sotelo, se dedicaba a meter en sus discursos todas las tropelías y violencias de que tenía noticia, que así, reproducidas como intervenciones parlamentarias, llegaban a la gente a través del periódico.

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Ahora, imaginen que Calvo Sotelo fuera candidato de un partido marginal, y que su entrada en las Cortes dependiera de un solo voto. ¿No sería valiosísimo, para romper un muro de silencio entre lo que está sucediendo y el público?

La presidente del Congreso, la socialista Meritxell Batet, había pedido a las diputadas, con ocasión de la visita de una delegación iraní, que no miraran a los ojos de los visitantes ni les diesen la mano. Y todo el mundo -y ‘la munda’- dijo amén.

De estas incoherencias tenemos todos los días, y no pasa nada, ni siquiera suelen transcender a la opinión pública. Como mucho, la publica un blog minoritario, casi clandestino, del que se duda todo porque una lo sabe combativo y partidista, como si los grandes no lo fueran. Luego, se pierde en el tiempo como lágrimas en la lluvia y aquí no ha pasado nada de nada.

Pero, en esta ocasión, está Vox en el Congreso, y se negó a recibir a los iraníes, contando sus razones, por lo demás evidentes. Y, de repente, todas las diputadas se sintieron retratadas en su doblepensar y dieron marcha atrás y se suspendió la visita.

¿De qué sirve votar a Vox, si puedes poner la mano en el fuego apostando que no va a gobernar, y que si contribuye a una coalición de gobierno, será a favor del Partido Popular? Creo que cualquier votante de Vox que haya hecho conocer su decisión entre sus conocidos habrá oído variaciones sin fin de esta pregunta. Bien, lo que acabo de escribir es una forma de respuesta.

De los millones de personas que componen un electorado nacional, la proporción que tiene verdadero interés por algún partido, los comprometidos con unas siglas, son siempre una exigua minoría. La inmensa, la abrumadora mayoría, incluso si mantiene una empecinada lealtad hacia determinado partido que ya no responde a lo que representaba originalmente, tiene una imagen mental de la sociedad que quiere y espera que la formación que favorece con su voto la procure, más o menos.

Eso hace que lo verdaderamente importante no sean los partidos, sino sus políticas, y que sea relativamente mejor que gane por goleada el partido que odiamos, si recupera cierta dosis de cordura, que el partido al que siempre hemos votado, si enloquece.

Y el problema hoy es que los partidos han enloquecido, una locura que avanza serenamente, pacíficamente, precisamente porque todos la comparten, porque hay un -¡cómo odio la palabra!- consenso para dejar fuera una parte cada vez mayor de lo que interesa a la gente normal. Y estando dominados los grandes medios por el mismo consenso que se han impuesto los partidos, esos asuntos sencillamente desaparecen, no existen. O, al menos, nuestra clase política puede seguir tirándose los trastos a la cabeza por cosas que nos importan poco o nada, y dejando fuera asuntos de lo que depende crucialmente nuestro futuro.

Todos los columnistas hemos citado alguna vez -o muchas- el cuento de Andersen ‘El traje nuevo del emperador’, perfecta fábula para muchas ocasiones de hoy en día, y hemos subrayado la importancia de quien grita que el rey está desnudo, disipando la ilusión en la muchedumbre y el miedo a decir lo que todos ven y nadie se atreve a expresar (aunque tengo para mí que hoy el niño hubiera muerto linchado por la multitud, pero eso es ya otra historia). Pues bien: aunque Vox nunca llegue a gobernar, aunque ni siquiera llegue a estar en una coalición de Gobierno, el voto a la formación verde es cualquier cosa menos ‘inútil’, menos un voto ‘tirado a la basura’. Vox está en el Congreso para impedir que, si el resto de los grupos quiere ignorar un asunto, no puedan; para que si intentan ponerse de acuerdo para pasar por alto un problema, nosotros lo sepamos, y los de verdad obliguen a sus colegas a pronunciarse por una retahíla de asuntos por los que prefieren pasar de puntillas o quitarse de encima con vagas y rimbombantes consignas.

No les quepa duda de que si siguen cumpliendo esta misión, serán más útiles que si tuvieran el doble o el triple de votos y callaran.  

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