Tucker Carlson desvela un v´dieo de Barak Obama jugando al golf en plena pandemia a kilómetros de su casa.
Tucker Carlson desvela un v´dieo de Barak Obama jugando al golf en plena pandemia a kilómetros de su casa.

El popular comentarista televisivo Tucker Carlson sacaba el otro día en su cadena, la Fox, un vídeo en el que podía verse a una de las figuras más altas del santoral progresista, Barak Obama, jugando tranquilamente al golf, rodeado de gente y sin mascarilla, a unos sesenta kilómetros de su casa. Mientras, su mujer, Michelle, predicaba a sus acólitos un mensaje en redes sociales en el que urgía a los americanos a permanecer encerrados en sus hogares sin salir salvo para las necesidades más perentorios. Nunca había sido tan evidente la distancia entre la élite y la masa, eso que nuestro desmascarillado vicepresidente llama ‘la gente’.

Aprovechando el día de permiso, el paseo de una hora y un kilómetro que graciosamente nos permiten las madres superioras, bajé a la calle. No era estirar las piernas lo que ansiaba, no tenía un interés especial por el paseo en sí: era hambre de normalidad. Quería ver mi ciudad algo menos extraña de lo que la he visto estos días de arresto domiciliario.

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Como con el Covid-19, el remedio fue peor que la enfermedad, y de mi hora asignada me sobraron 45 minutos, más o menos. Aquello parecía una verbena de zombis. Nada era ‘normal’, ni de lejos. Empezando porque a esas horas no es normal encontrar tantísima gente en la calle, que una imaginaba invisibles puestos de feria que justificaran esa concurrencia. Y siguiendo por esas omnipresentes mascarillas que hacían ominosas las figuras humanas, sin rostro.

Pero esas cosas son para nosotros, la chusma. Ya hemos visto que Iglesias, cuya esposa y -por una increíble casualidad- compañera de gabinete había dado positivo para el virus, salía sin embargo en pocas horas a cuerpo gentil, porque él lo vale. Como Obama o tantos otros políticos que aparecen en el reportaje difundido por Carlson.

El gigantesco paro y el derrumbe en picado del PIB nos venezueliza a toda velocidad, dejándonos a una abrumadora mayoría a expensas de la caridad del Estado o las grandes multinacionales

El poder tiene niveles. Decidir por toda la población es bastante apetecible, que no hay más que ver las puñaladas traperas que se dan para subir en política y las vengonzosas mentiras que hay que repetir para que te elijan. Pero eso no basta. Uno no saborea lo que es verdadero poder hasta que no se ve eximido de lo que impone a los demás. Esa es la crema, la guinda del pastel, la prueba de que uno ha entrado en una casta especial, a mil kilómetros de la chusma.

Porque la pandemia está dividiendo rápidamente a las sociedades en castas cuasi hindúes. La concienzuda destrucción de nuestra economía nos prepara para un mundo en el que las pequeñas empresas, que en todas partes constituyen el grueso del ejército empresarial, quiebran en cadena y su negocio se lo quedan las grandes, que a menudo solo son nacionales en el registro, si acaso. El gigantesco paro y el derrumbe en picado del PIB nos venezueliza a toda velocidad, dejándonos a una abrumadora mayoría a expensas de la caridad del Estado o las grandes multinacionales, que formarán una casta dirigente con un modo de vida a años luz de sus conciudadanos.

Pero está la terrible peste, ¿no? Todo es para salvar vidas, y cuando esto termine, si en algún momento deciden que termine, tendrémos que dar desde nuestras diminutas soluciones habitacionales dar rendidas gracias a nuestros líderes de habernos librado de la pandemia.

Esa es un poco la idea, y es bastante buena porque nadie puede demostrar una negativa. Si no nos hubieran confinado a todos, habría muertos por las calles. ¿Que no? ¡Demuéstramelo!

Por eso es tan importante que todos los países sigan la misma consigna; por eso se presionó con unas predicciones apocalípticas -sobre ‘modelos’, claro, como el Cambio Climático- para que los británicos renunciaran a su idea de no practicar el más estricto confinamiento. Si no hay eso que los investigadores llaman ‘grupo de control’, podrán vender su versión con absoluta confianza.

Y por eso están todos los medios de comunicación pronosticando para Suecia una catástrofe que no llega. Y es que Suecia, la Madre de Todos los Estados de Bienestar, ha decidido no imponer parón ni confinamiento. Es decir, Suecia se ha convertido en ese temido ‘grupo de control’ frente al que juzgar la estrategia de los otros Estados.

Suecia no es precisamente un país ‘viva la Virgen’; por el contrario, nada más empezar la pandemia, el Gobierno se puso en manos de los expertos, que explicaron que para vencer a la peste es necesario, por un lado, aislar y proteger a los vulnerables y, por otro, lograr la inmunidad de grupo, ese 60% de población con anticuerpos que detiene el contagio masivo. Imposiciones, poquísimas: nada de reuniones de más 50 personas, por ejemplo, distancia mímina entre mesas en los bares y restaurantes. Todo lo demás, recomendaciones, como si los suecos fueran ciudadanos adultos.

Por ahora, el resultado es que pasear por Estocolmo es no ver una sola mascarilla, calles atareadas en proporciones normales y la economía funcionando a un ritmo más o menos normal. La gente mantiene las distancias de seguridad, más que nada porque nadie quiere enfermar. Y no hay hospitales colapsados ni unos números de ingresos hospitalarios o muertes tan disparados como los de España, Italia o Bélgica.

La opción de Suecia ha sido el realismo adulto. Sus detractores señalan que los datos en el país son peores que sus vecinos escandinavos, pero los responsables responden que, al final, no queda otra que conseguir la inmunidad de grupo, que están cerca de lograr, y no parar una economía de la que todos los ciudadanos dependen, entre otras cosas, para curarse.

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