Camiseta con el rostro de Fernando Simón que recuerdaa una icónica foto del científico Albert Einstein.
Camiseta con el rostro de Fernando Simón que recuerdaa una icónica foto del científico Albert Einstein.

He visto las camisetas de Fernando Simón y, de golpe, me he quedado muy tranquila. Ahora ya sé que hemos tocado fondo, ya me consta sin ningún género de dudas que están desesperados, que no nos quieren hacer creer equivocamente en un error disimulado, en una mentira retorcida con aspecto de verdad, sino en la inversión más absoluta de lo evidente.

Que el país que peor lo ha hecho en la gestión del coronavirus ensalce a la categoría de héroe al máximo resposable de alertas epidemiológicas del Gobierno, Fernando Simón, puede parecer bastante surrealista. Pero cuando ese mismos responsable, en su primera rueda de prensa, anunció muy serio que en España habría, como mucho, uno o dos casos de enfermos de Covid-19, solo puede significar una cosa: hemos alcanzado el ‘punto Orwell’ -la esclavitud es la libertad, el odio es el amor, la guerra es la paz- y la progresía está dando, a la desesperada, la última batalla.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La referencia de este gobierno de papanatas, como de toda la progresía patria, es “los medios extranjeros” y la prensa del exterior ya se ríe a mandíbula batiente de nuestra vergüenza, hasta el punto de que, además de artículos asombrándose de nuestra incompetencia en diarios tan poco sospechosos como The Guardian, en la mayor parte de los diarios de prestigio, cuando hacen la contabilidad de afectados por países, ponen nuestras cifras entre paréntesis o directamente aclaran que no son fiables.

Un cómplice es mil veces más útil y fiable que un partidario. El cómplice ha unido irrevocablemente, o casi, su destino al del autor de las mentiras

Pero ahí está el rojerío, poniendo a Simón a la altura de Einstein. En una de las camisetas más populares, Simón aparece sacando la lengua como en la célebre foto del padre de la Teoría de la Relatividad, poniendo como leyenda una célebre cita del sabio judeoalemán, adaptada a las circunstancias, bajo la etiqueta ‘fucking master’: “Solo hay dos cosas infinitas: el coronavirus y la estupidez humana y del coronavirus no estoy tan seguro”. En efecto, no estaba nada seguro, visto que no esperaba que pasara de dos casos -no de dos muertes, cuando rondan las cincuenta mil: dos infectados-, pese a lo cual intentan colarnos a este piernas como un genio.

No sé, quizá lo de hacerle posar a los Einstein tenga un significado oculto. Quizá lo relacionan con la Teoría de la Relatividad, en el sentido de que este gobierno ha relativizado los números que ríete tú del continuo espaciotemporal.

Bueno, yo qué sé, de perdidos al río y ahí nos las den todas; hagamos camisetas de Barbazul como protector de las mujeres, o de Genghis Khan como líder pacifista, o de Jack el Destripador como pionero de la cirugía, total.

Alguna vez he comentado en estas mismas páginas que, a partir de determinado nivel, la propaganda oficial no tiene por objetivo convencer. Lo contaba el genial comentarista británico Theodore Dalrymple, gran estudioso de las sociedades comunistas en la época dorada de la Unión Soviética. No, los fieles no necesitan ser convencidos, ni les importa un rábano algo tan abstracto como “la verdad”. El verdadero objetivo es humillar.

Para quienes ensalzan a Simón, es convertirse en cómplice de una atroz mentira que los tribunales ya están empezando a investigar, porque un cómplice es mil veces más útil y fiable que un partidario. El cómplice ha unido irrevocablemente, o casi, su destino al del autor de las mentiras. Obligarles a repetirlas es hacerles resistentes a toda oposición, porque reconocer la verdad es admitir la propia estupidez o vileza.

Y, para el resto, es pasarnos por la cara -sí, también pasarles por la cara a los hijos, hermanos, cónyuges y amigos de las víctimas que no pudieron acompañar en la agonía ni velar en su muerte- que ellos tienen el poder, un poder tan absoluto que ni siquiera tienen que disimular.

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