Me cuenta El País que si me pongo a planchar de madrugada, todos los días, al cabo del año habré ahorrado 38 euros. Que digo yo que más barato saldrá darme de baja de El País y ahorrarme, además de los 96 euros, la flagelación diaria de mis muchas faltas por no ser lo bastante ilustrada en perspectiva de género, moderna, ecosostenible y socialista en general. Después de todo, el folleto del Ibex y de los fondos buitre americanos ha tiempo que renunció a informarme de nada con alguna remota relación con la realidad.

La gracieta viene a que nos van a crujir con la factura de la luz, que entre que tenemos que comprar la energía de fuera -no se nos vayan a encabritar los ecolos nacionales- y que Pedro ve la cosa chunga y nos quiere exprimir a impuestos como un limón mientras nos quede zumo, que el Falcon no sale barato.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La diferencia con otros tiempos es que antes nos decían, sin más, que estábamos a la cuarta pregunta y es lo que hay, mientras que hoy quieren hacer virtuosa la miseria como si fuéramos franciscano de estricta observancia llamándola ‘sostenible’, que es el modo de describir todo lo que les permite sostenerse en el poder a nuestra costa.

Y como no captamos la broma, suben la apuesta. Así tenemos a Pedro amenazándonos con el 2050, que a mí no me pillan porque yo ese año espero recibirlo a puerta gayola desde el cementerio de la Almudena.

Pero el ejercicio de fantasía, para el que el Gobierno ha creado toda una institución con su presupuesto y organigrama correspondiente, parece llevar implícita la pervivencia de Sánchez, que ya ustedes me dirán el miedo que da la película. El tipo piensa seguir desgobernándonos con 78 años y, puestos a seguir con la ciencia-ficción, por qué no indefinidamente.

Por cinco minutitos más de Falcon, Moncloa y 5J, Sánchez regala Cataluña a los separatistas y Ceuta y Melilla al moro Mojamé y se queda tan ancho

Entre los proyectos transhumanistas que acarician los líderes mundiales está el de poder descargar lo que llevamos entre las orejas en un ordenador, de modo que nuestro ser quedará en ‘la nube’, que la llaman, por los siglos de los siglos. La ventaja de hacer eso con Sánchez es que si lo que se descargan son ideas, saldrá barato: con un pendrive normalito sobra espacio para añadir unas cuantas series de Netflix. Lo malo es tener que transferir la ambición y el naricisismo, que no hay parque de servidores que los contenga.

Pero me estoy precipitando, que no siempre sucede lo peor. Por no suceder, ni siquiera es probable que suceda el plan pedresco para nuestra atribulada patria, que el presidente lleva muy avanzado el plan de desguazar España y venderla como chatarra.

A Pedro se le da una higa si en 2050 queda España o Estado de Derecho o libertades o lo que sea. Pedro juega a la ciencia-ficción como juega a la historia-ficción, por un presentismo que ríete tú del de un parvulario hiperactivo. No a treinta años: ni a un mes vista es capaz de prever, que estamos en la edad de oro del parcheo y el patadón para adelante, y el que venga detrás de mí, que arree. Por cinco minutitos más de Falcon, Moncloa y 5J, Sánchez regala Cataluña a los separatistas y Ceuta y Melilla al moro Mojamé y se queda tan ancho.

Así que no, el proyecto 2050 no tiene nada que ver con el futuro lejano, sino con nuestro mañana inmediato. Es un encargo, y no lo digo a humo de pajas, sino porque las ideas que contiene, el panorama de vida que nos preparan, es el mismo con el que nos castiga El País desde hace unos pocos años, que lo copia del New York Times, que lo recibe calentito, recién salido del horno, de Davos et al.

La idea es que nos vayamos haciendo a la idea; que se nos haga el cuerpo a no viajar, a no tener coche propio, al coliving, que es el nombre guay que le han encontrado a los pisos de hacinamiento soviético, a no comer carne sino en ocasiones especiales y a ese regreso al Neolítico con una sonrisa que llaman ‘modelo de vida ecosostenible’.

Y, por supuesto, a mandar nuestra libertad a freír espárragos, que ya me contarán si no cómo van a conseguir que aceptemos una dieta de gusanos que, apuesto un brazo, los amigos del régimen no van a probar. Esa es la parte que falta y está implícita en el cuadro: nada de eso es compatible con la libertad, ni con el Estado de Derecho, ni con el régimen democrático. Ya me dirán quién va a votar a un partido que prometa un kilo de moscas en cada puchero, o cómo nos van a mantener alejados del ibérico de bellota sino por la fuerza de las armas.

Y ese es el secreto de Sánchez, que no gobierna para complacer a sus votantes, actuales o potenciales, sino de mandadero de un élite que en todos lados está haciendo decir lo mismo a gobernantes de cualquier partido en cualquier país.

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