Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno /EFE
Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno /EFE

No me digan que no es una absoluta genialidad. Pablo Iglesias, líder de Podemos y vicepresidente del Gobierno -repito: vicepresidente del GOBIERNO-.

Recuerdo una escena, creo que de Sopa de Ganso, en la que avisan a Groucho, presidente de Libertonia, de que los ejércitos del país vecino han invadido la nación. Su respuesta no tiene desperdicio: “¡Déjeles, ya se cansarán!”.

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La izquierda ha hecho suya para siempre la barricada, la imagen del rebelde, la marcha y la revuelta. El único problema, el detallito, el matiz, es que llevan cincuenta años gobernando nuestras mentes a través de un estamento cultural y académico que es suyo por definición, y a menudo gobiernan también, como ahora, abiertamente desde los despachos oficiales.

Pero como decíamos ayer mismo, la contradicción no es problema alguno para esta gente, reyes del estar en misa y repicando, de nadar y guardar la ropa. Después de todo, la postverdad lo aguanta todo y es dogma, a la vez, que los blancos somos inherentemente racistas aunque las razas no existen, y que las mujeres seguimos salvajemente oprimidas aunque ser mujeres o varón es algo que se elige ad libitum.

En serio, no se me ocurre mejor modo de desactivar una protesta, si no se puede ignorar por completo, que sumándose a ella. El rey Ricardo II lo hizo, y le fue de maravilla.

Cuando los campesinos se levantaron contra sus señores en la Inglaterra de 1381 liderados por Wat Tyler fueron de victoria en victoria hasta llegar a Londres, donde el joven rey le pidió parlamentar. Ricardo, frente al ejército de campesinos y artesanos, no solo les dio la razón sino que les dijo que él sería su capitán. Los amotinados le creyeron, lo que desactivó la rebelión. Al cabo, todos sus líderes fueron pasados por las armas.

El Patriarcado, como el Cambio Climático, es un enemigo fantasmagórico y luchar contra él es un buen modo de agotar el espíritu combativo del pueblo para que no lo dirija a objetivos concretos

En principio, una marcha, una huelga general, un corte de carreteras o cualquier forma de protesta popular como la de los campesinos españoles -agricultores, se dice ahora- va contra el poder formal, es decir, contra el Gobierno. A este no le queda, otra vez en principio, otra que ceder o reprimir… O esperar que se cansen. Pero no han contado con un cambio en el guion, el que les he explicado en los párrafos precedentes: que la izquierda lo ocupa todo, el despacho y la protesta, como el Consejo de los Siete en El hombre que fue jueves, donde el jefe de los anarquistas es al mismo tiempo el jefe de la policía.

Esa es la pesadilla, y eso es lo que permite a todo un vicepresidente a decirles que “sigan apretando”, porque solo la izquierda puede realmente protestar, y si protestas en la calle eres automáticamente de los suyos, aunque tu queja sea contra ellos.

La calle es suya, no del difunto Fraga. Solo sus marchas valen. Habrá el próximo 8 de mayo otra marcha de las mujeres, en las que el Gobierno, más que nunca, estará bien representado. La ministrad de Igualdad, igual a todas las mujeres que son madres de los hijos del vicepresidente, ya está calentando motores en los medios. Las mujeres se manifiestan -permítanme excluirme- contra algo deliciosamente vago como el Patriarcado. Viene a ser, para el Gobierno, como esos dos minutos de odio que organizaba el gobierno de Oceanía en la novela de Orwell ‘1984’. El Patriarcado, como el Cambio Climático, es un enemigo fantasmagórico y luchar contra él es un buen modo de agotar el espíritu combativo del pueblo para que no lo dirija a objetivos concretos, con nombres y apellidos y un poder muy evidente.

Están también las voces maliciosas que pretenden que Iglesias está aprovechando la revuelta del campo para hacerle la cama a Sánchez. De que Pablo va a hacer todo lo que pueda por arrebatarle poder a Pedro no tenemos la menor duda; de que Pedro lo sabe y que, con la inestimable ayuda de Iván Redondo, no se va a dejar, tampoco. Sánchez va a seguir con su bien diseñada estrategia de ser más podemita que Iglesias mientras le proporcione alguna ventaja, sin el inconveniente de los podemitas de no poder dejar de serlo cuando lo considere más conveniente.

Mientras, los campesinos seguirán apretando o no, pero ahora el gobierno se ha sumado a la protesta y el resultado es perfectamente ridículo, que es exactamente lo que se pretendía. Ya se cansarán, y ya llegará el momento de ajustar las cuentas con lo cabecillas, como hace el gobierno con esa ‘comunidad rebelde’ que es Murcia, a la que no se le va a dar, literalmente, ni agua.

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