Un niño pasea en bicicleta en la plaza de Colón de Madrid /EFE
Un niño pasea en bicicleta en la plaza de Colón de Madrid /EFE

Salieron los niños. Algunos, que no es que en España haya demasiados. Pero salieron, y después de todos estos días de arresto domiciliario era una gloria verlos desde mi melancólica ventana. Eran vida, eran, son, un estímulo para seguir adelante, una alegría para los ojos.

Bueno, no para todos los ojos. La reacción no debería haberme sorprendido, con todo lo que llevo escrito del odio a la infancia que permea toda esta Cultura de la Muerte, tan extendida, un odio que es la encarnación concreta de su odio oculto a la vida. Pero me sorprendió, lo confieso; me sorprendieron todas esas quejas refunfuñonas y agrias que trucaban perspectivas y planos en las fotos para que pareciera que, en lugar de un puñado de niños paseando, eran un ejército de pequeños zombis que venían a infectarnos a todos.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Ahora, hasta cierto punto podría entender esa alarma en la población de riesgo, en ese anciano asustado, en ese enfermo crónicamente grave que constituyen bastante más de noventa por ciento de los fallecidos en esta pandemia. Pero no, eran, al menos por lo que me pareció, mayoritariamente jóvenes, el grupo que, si en absoluto inmune, menos bajas aporta en este frente.

¿Qué está pasando? Los terminales mediáticos de ese mismo gobierno que graciosamente nos concedía la inmerecida gracia de sacar los niños a la calle una hora insinuaban que la experiencia, esa turba infantil, esa muchedumbre colegial que anegaba las calles y plazas en su imaginación, serían los culpables de una terrible oleada de muertes.

Si es deliberado, no deja de ser astuto: por un lado, nos convencen de que el pueblo necesita a sus sabios dirigentes, sin cuya providente vigilancia nos tomamos el brazo cuando nos dan la mano y no se nos puede dejar solos. Por otro, cualquier contagio que se produzca desde ahora podrá achacarse, no a un gobierno que permitió manifestaciones masivas con la pandemia en marcha, que compra mascarillas y tests inservibles, que ha hecho mal todo, absolutamente todo lo que se podía hacer mal en esta crisis, sino a la gente, que hay que ver cómo somos de irresponsables.

Se me dirá que es un poco torpe, que no somos tan idiotas ni tan borregos. Eso mismo hubiera dicho yo, si no lo estuviera viendo con mis propios ojos. El miedo hace maravillas, realmente, sobre todo en una sociedad en la que la muerte es algo que sale en las películas y que, en familia, tapamos y olvidamos de prisa. No es esa experiencia casi permanente, esa compañera de vida que ha sido para la gente durante milenios.

Leía a una mujer en Twitter, por ejemplo, que sería una irresponsabilidad por parte del gobierno dejarnos salir mientras el riesgo no fuera cero. Malas noticias: el riesgo cero no existe. Ni en esto ni en nada, absolutamente. Así que si esas son las condiciones a las que hay que esperar, acabarán encontrándonos muertos de hambre en nuestras casas al cabo de los meses.

La ceguera moderna, sus ilusiones, sus espejismos, son singulares. Llevamos tantas generaciones sin conocer el hambre y apenas las privaciones que muchos creen que podemos estar un largo periodo sin producir y vamos a poder seguir consumiendo, igual que no nos cuesta creer que el gobierno puede decidir si nos quedamos o no en casa, o que se puede lograr un riesgo sanitario cero -¿la inmortalidad?- de alguna manera.

No sé nada de virus, pero tengo un consuelo: en esta ocasión, nadie parece saber mucho. Los ‘expertos’ han pasado de “viene a ser como una gripe” a “es una peste terrible que te deja sin respiración”. Ahora parece que tampoco es a los pulmones específicamente a lo que ataca, sino a la sangre, que menos de la mitad muere solo de colapso pulmonar, que los respiradores no son tan esenciales, que… Bueno, ya estarán ustedes al cabo de la calle.

Pero están todavía los números. Vale, sí, son inexactos y muchos estarán un tanto cocinados, que hay quien no cuenta a los que mueren en casa o en las residencias de ancianos, y hay quienes apuntan como fallecidos por la pandemia a cualquier contagiado que muera de cualquier cosa. Es, sin embargo, todo lo que tenemos y con estos en la mano no parece muy seguro que este confinamiento haya servido para algo. De aquí a un año, cuando todo esto pueda estudiarse con alguna frialdad, sin tirarnos los trastos políticos a la cabeza, quizá sea curioso comparar si, digamos, en Suecia, donde no ha habido confinamiento, ha habido muchos más muertos o muchos más ingresados graves por millón que en países donde sí nos han confinado. Sospecho que la diferencia no será apreciable.

En cualquier caso, el parón económico sí tiene ya números, previsiones, y son pavorosos. 

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