Lo líderes de Vox, en el Congreso. /EFE
Lo líderes de Vox, en el Congreso. /EFE

Una podría coger una sola frase del discurso de Garriga en la presentación de la moción de censura en el Parlamento y cerrar el ordenador, porque todo está dicho: “Ninguna moción ha tenido tantos motivos como la presente”. Pero como no estoy segura de que los responsables de esta publicación coincidan con mi concepto de lo que es un texto impactante, elaboraré un poco.

Soy lo bastante mayor como para haber asistido con uso de razón (más o menos) a todas las mociones de censura de nuestra actual democracia, y puedo dar fe de lo que dice el diputado de Vox por Barcelona. Básicamente las mociones de censura hasta la fecha, y más que ninguna otra la anterior a esta, han consistido en aprovechar un momento coyuntural de debilidad del partido en el gobierno para intentar sustituirle, un “quítate tú para que me ponga yo”, en suma.

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Hoy, no. Hoy estamos ante una gravísima crisis política, en los primeros pasos de un auténtico cambio de régimen que, de no reaccionar de forma rápida y tajante, bien podría hacer irreversible en menos tiempo del que pensamos.

Dicho de otra manera: no se trata de que el gobierno esté gobernando mal, ni siquiera muy mal, ni siquiera desastrosamente. Eso sería causa para una moción de censura, naturalmente, pero serían atendibles más o menos las excusas del Partido Popular para no sumarse a ella: no dan los números, y todo eso.

Pero no, no se trata de que España se haya quedado sola como país al margen de la recuperación económica en el futuro previsible, con unas cifras de ruina sin parangón en Europa, con la excusa de una pandemia que, a mayor abundamiento, también ha producido en nuestro país peores cifras en el frente sanitario que ningún otro país de nuestro entorno.

Que el de Sánchez es un gobierno penoso, en manos de unos gestores nefastos, es algo fácilmente comprobable con fríos datos, pero ahora no hablamos de eso, de verdad.

Hablamos de destruir el sistema: democracia, Estado de Derecho, separación de poderes, régimen de libertades. Los ingredientes del régimen que pretendían consolidar los padres constitucionales, el ‘pack’ completo.

Hablamos de un uso de la mentira tan extendido que sea ya imposible encontrar en sus discursos una sola verdad.

Hablamos de un reforma judicial que ha escandalizado a Europa y que hace mangas y capirotes con la única división de poderes que nos queda (el legislativo y el ejecutivo están unidos por diseño).

No es un camino que nos sea extraño. Es el mismo que hemos presenciado en Venezuela, y muy parecido al que ha seguido la izquierda radical siempre que ha tenido posibilidad

Hablamos de medidas liberticidas como prolongados encierros y toques de queda caprichosamente aplicados sin excusa científica real ya, aunque tampoco hay que perder de vista el peligro en abstracto de poner nuestro destino político en manos de los ‘expertos’, por válidos que sean.

Hablamos de amenazas en el Parlamento a la oposición, de unos medios comprados y unánimes que harían enrojecer al Pravda de Stalin en su aquiescencia y monolitismo, de un vicepresidente que coloca a la madre de sus hijos en el Consejo de Ministros -primer caso en nuestra democracia, y esperemos que el último- y que está imputado en un sucio caso de simulación de delito, de multiplicar en plena crisis los cargos públicos con amiguetes que llegado el momento se partan la cara por defender sus garbanzos, de una Ley de Memoria Histórica y Democrática que decide por decreto cuáles de los recuerdos de nuestros abuelos son legales y cuáles ilegales, definiendo desde el poder la realidad histórica y, sobre todo, quiénes son los buenos inmaculados y quiénes los malos irredimibles.

No es un camino que nos sea extraño. Es el mismo que hemos presenciado en Venezuela, y muy parecido al que ha seguido la izquierda radical siempre que ha tenido posibilidad. Pero estamos atenazados por el miedo a un riesgo sanitario que ya no justifica tanta alarma y por el llamado ‘sesgo de normalidad’, es decir, por esa tendencia de los hombres de todas las épocas a pensar que lo peor nunca llega.

Por eso Vox, antes de lanzar esta moción, se la propuso al PP que, como partido mayoritario en la oposición, es el que debería haberla presentado. Y por eso los populares, al seguir juzgándolo todo con la mentalidad politiquera más estrecha imaginable, van a pasar a la historia con su negativa a censurar al gobierno como el más estúpido de los cómplices de una tragedia histórica.

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