Ha salido la sentencia -LA sentencia, no tengo ni que decir de qué- y ya están diciendo los unos que es injusta por leve y los otros que es la prueba irrefutable de que España es un régimen fascista.

Y no es que se hayan puesto los españoles a doctorarse en Derecho como locos, pero es que desgraciadamente se pueden contar con los dedos de una oreja quienes creen que una decisión judicial de este porte es, sin más, una cuestión jurídica, igual que son contadísimos quienes piensan que la cosa del clima es, sin más, una cuestión científica.

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Y en estas estamos, en uno y otro caso, porque la política no solo está desbordándose y reclutando en sus filas a lo que debería ser, por imparcial, fiable, sino porque los políticos han perdido la capacidad de actuar de frente y de poner arreglo a lo importante pero incómodo.

En ese sentido, yo estoy con quienes piensan que no se ha hecho justicia, pero no porque esté contra la sentencia, sino porque estoy contra el juicio. Y, para dejar bien claro las cosas, no porque los jueces pudieran inhibirse una vez que el delito se ha cometido y denunciado, sino porque el Estado español, a través de sus gobiernos sucesivos, ha cedido tanto y se ha hecho el loco tan a menudo que los reos tendrían alguna excusa en no ver venir lo que les venía.

Para entendernos, es el equivalente a unos padres que llevaran años y años consintiendo que su hijo adolescente haga de su capa un sayo y, de repente, responden a la enésima provocación con una bofetada de las que tiembla el misterio. No es que esa bofetada no esté justificada -absténganse de comentar los pedagogos a la violeta: imaginen cualquier castigo equivalente-, pero el chaval tendría razones para sorprenderse e incluso para sentirse injustamente tratado.

«Creo que al menos parte de la sorpresa de los condenados es genuina y está justificada»

Por decirlo de un modo más pegado al asunto, el delito cometido ese aciago 1 de octubre se estuvo preparando pacientemente, a los ojos de todos y, especialmente, a los ojos de las autoridades en Madrid, desde hace muchas décadas. Imaginen -hoy estoy ocurrente- uno de esos sensacionales y laboriosos atracos, del tipo del tren de Glasgow o de ‘Ocean’s Eleven’, que en vez de llevarse en el mayor de los secretos lo prepararan los autores debatiendo en abierto su plan, sacando cada día en los periódicos una nueva idea para amordazar a los guardias y cada cierto tiempo debatiendo en la televisión cómo transportar el botín a un lugar seguro.

Eso es exactamente lo que hemos tenido aquí, y creo que al menos parte de la sorpresa de los condenados es genuina y está justificada: no porque no estuvieran cometiendo un delito que lo es en cualquier tierra de garbanzos, sino porque la policía -en nuestro caso, el Estado español- podía ver claramente los preparativos sin hacer absolutamente nada.

Y, por otra parte, absolutamente nada es lo que representa esta sentencia para solucionar el problema de fondo, que no es la actuación concreta de esas personas particulares y que, de hecho, podía haberle tocado a cualquier otro político nacionalista. Porque el problema es de fondo, es político; es incluso más que político, existencial, histórico.

Los jueces de lo Penal están para lo que están, y deben atenerse al caso que tienen delante con el código en la mano y la jurisprudencia correspondiente. En ese sentido, si la sentencia se ajusta o no a derecho no seré yo quien lo determine. Pero si puedo opinar sin haberme leído siquiera la sentencia es porque no hablo aquí de justicia formal, sino material. Y desde el punto de vista de la segunda creo que lo que hace comparativamente injusto el juicio -que no la sentencia- es que paguen estos y no quienes han llevado a Cataluña al estado calamitoso, de difícil vuelta atrás; al callejón sin salida de una sociedad libre y próspera que ha quedado fracturada y enfrentada por un sueño imposible.

Y con esto no me refiero solo ni principalmente a los nacionalistas, que naturalmente; me refiero, sobre todo, a una sucesión de gobiernos del PSOE y del PP que han dejado que se llegue hasta aquí, que han permitido que el Estado desaparezca, en la práctica, de todo un territorio, de modo que quienes lo gobiernan puedan creerle, con una buena dosis de lavado de cerebro educativo y cultural, una mera fuerza de ocupación.

«Han sido décadas de esconder la cabeza en la arena mientras los separatistas preparaban su ‘mayoría social’ silbando tranquilamente»

Si vamos a ponernos trágicos y a decir que se rompe España, digamos en seguida que los primeros responsables de esta ruptura son quienes tenían la obligación de impedirla, y hacerlo cuando hubiera sido relativamente fácil y relativamente indoloro. Hoy el gran logro que esgrimen los enemigos del separatismo es que todavía un poco más de la mitad de los catalanes quiere seguir en España. Vaya cosa.

Al comienzo de nuestra democracia, la proporción superaba el 95%. No es un logro de un día, son décadas, son generaciones a las que se ha dejado marinar en una salsa de agravios y mentiras sin oponer nada. Han sido décadas de esconder la cabeza en la arena mientras los separatistas preparaban su ‘mayoría social’ silbando tranquilamente, muchos años de no oponer a toda la enaltecida simbología patria del secesionismo ninguna alternativa nacional, integradora e ilusionante, nada sino ese desangelado ‘patriotismo constitucional’ con el que amagó sin mucha convicción Jose María Aznar en su día.

A los chavales en Cataluña los nacionalistas les ofrecían una identidad, un motivo de orgullo: ser catalán era guay. Mientras, allí tanto como en el resto de España, España era una palabra, si no proscrita, al menos vergonzante, para decirla deprisa, mascullando y poniéndose colorado, como pidiendo perdón.

Quien no viera que esto que tenemos tenía que llegar indefectiblemente es que no tiene ojos o, como en el caso de nuestros gobernantes, prefiere vender siglos de historia por el plato de lentejas de tocar un poco de poder.

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