Imagen referencial /Pixabay
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Una no tiene que ser una conspiranoica de carné para advertir que los de siempre están tratando de aprovechar esta pandemia mundial para vendernos el mensaje de siempre. No sé cuántas veces habré leído u oído en las últimas semanas que es un problema global que requiere soluciones globales y, en plan más cursi, que el virus no entiende de fronteras.

Bueno, debo de ser un poco idiota, pero me parece evidente lo contrario. Los virus no entienden de fronteras porque no entienden absolutamente de nada, pero para entrar en un país tienen que hacerlo dentro de un portador, porque aunque se transmitan por el aire, no son pájaros. Y no hay nada más sencillo que someter a cuarentena un espacio controlado.

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Por otra parte, si es “un problema global” es precisamente porque no hemos prestado demasiada atención a nuestras fronteras. Es hasta gracioso que sean, más o menos, los más empeñados en que destruyamos muros quienes más obsesión tienen hoy en mantenernos encerrados en casa. Sinceramente, prefiero un muro fuera que un millón de muros dentro. Y si hay algo que para reivindicar a los localistas más extremos es, precisamente, una pandemia, que no es más que uno de los aspectos más desagradables de la globalización.

La OMS ha sido acusada con bastante credibilidad de estar en manos de los chinos (un Estado que no parece tener prisas por desmantelar sus fronteras, por cierto)

Que le pregunten a los portugueses si el virus no entiende de fronteras. Portugal comparte con nosotros una bastante larga, comparten península, ancestros, clima, fauna y lo que se quiera. Pero en la España de Sánchez estamos en los primeros puestos de la tabla del desastre mientras que nuestros vecinos lusos apenas tienen ingresos hospitalarios o muertos por Covid. Deberían ir todos en peregrinación a besar la frontera.

De hecho, ¿qué ha sido de lo primero que han hecho los Estados cuando ha cundido la alarma? Cerrar sus fronteras. El Espacio Schengen ha sido una de las primeras bajas de esta pandemia.

En cuanto a la ‘solución global’, ya me dirán. La organización globalista en lo sanitario, la OMS, ha sido más que errática en sus recomendaciones, demostrando que si tenemos que desmantelar las instituciones estatales mañanas y dejar nuestro destino en manos de la ONU y sus agencias, vamos dados. Ahora que Estados Unidos ha anunciado que suspende sus pagos a la organización por el momento, un particular, Bill Gates (a través de su fundación) se ha convertido en su principal financiador y, como dicen los ingleses, quien paga al gaitero decide la melodía. ¿Quiere que su destino quede en manos del fundador de Microsoft? Por lo demás, la OMS ha sido acusada con bastante credibilidad de estar en manos de los chinos (un Estado que no parece tener prisas por desmantelar sus fronteras, por cierto).

De hecho, aunque es cierto que los Estados han seguido en su mayoría el mismo esquema económica y políticamente desastroso de someter a su población a arresto domiciliario -con escasas excepciones, como el caso sueco que ya tratamos aquí-, lo cierto es que los resultados no son en absoluto idénticos.

El virus podrá no entender de fronteras, pero tiene un defecto que la postmodernidad considera imperdonable: es decididamente discriminatorio. Discrimina por edad, por sexo, por condición socioeconómica y hasta por etnias. Ataca furiosamente unos grupos y dejar relativamente tranquilos a otros. En Suiza, sometidos todos los ciudadanos a las mismas reglas draconianas, los cantones de habla alemana tienen sensiblemente menos casos graves y menos muertos que los de habla francesa, misteriosamente.

Pero uno de los aspectos en los que más está suponiendo esta peste una advertencia CONTRA el globalismo y a favor de un saludable nacionalismo es en su aspecto económico.

España va a lamentar amargamente su apuesta por desindustrializar el país y convertirse en un país de servicios volcado en el turismo, porque no va a haber turismo en algún tiempo, y va a seguir muy tocado durante bastante más. Pero quizá sea más llamativo el caso norteamericano, la primera potencia económica mundial y no hace tanto locomotora industrial del planeta, que está descubrimiendo los quebraderos de cabeza que supone, en caso de disrupción, no fabricar ya ni un hilo.

Oh, las empresas ‘americanas’ sí fabrican, mucho. Ahí está, no sé, Apple, Microsoft, Levy Strauss. Pero estas y todas las demás han visto en seguida que es mucho más barato producir en México o en Indonesia, con salarios de miseria y escasos derechos laborales, que en Pittsburgh, y que convertirse en multinacional hace más fácil pagar impuestos ridículos en el país de origen.

Esas empresas, y sus dueños y sus altos directivos, solo son ‘americanas’ en el pasaporte, si acaso. No piensan en absoluto en términos de compatriotas, de comunidad, del interés nacional, porque son globalistas en el peor sentido del términos: los que dicen no creer en las ‘tribus’ cuando en realidad pertenecen a una especialmente cerrada que no tiene interés en el bienestar de la tierra que habiten (ocasionalmente).

Si es completamente cierto que cuando salgamos de esta tendremos que replantearnos muchos cosas, creo que lo de aplicar “soluciones globales” no debería ser una de ellas.

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