El capitalismo mata. O quizá sea el soberanismo. Probablemente, los dos. Lo estamos viendo en el Amazonas, el pulmón del planeta, que arde en un incendio sin precedentes por culpa de la codicia de las empresas que alimenta el sistema capitalista y que favorece un ultraderechista de la peor especie como es el presidente brasileño Jair Bolsonaro.

No lo digo yo, cuidado, ni siquiera cientos de miles de usuarios anónimos de redes sociales, sino también los líderes mundiales. “Nuestra casa arde. Literalmente”, escribía el presidente francés, Emmanuel Macron -respaldo poular: 22%- en un comentario publicado en su cuenta de Twitter. “La selva amazónica -los pulmones que producen el 20% del oxígeno de nuestro planeta- están en llamas. Es una crisis internacional. ¡Miembros de la cumbre del G7, discutamos esta emergencia como prioridad estos dos días!”. Y lo acompaña con una foto del devastador incendio. Inspirador, ¿no les parece?

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Pero nuestro madelman, el hombre que se mira hasta en el reflejo de sus zapatos, no iba a quedarse atrás sacando pecho solidario: “Arde el pulmón del planeta, se destruye la #Amazonia, la mayor fuente de diversidad. Urge actuar. He ofrecido a los Gobiernos de Brasil, Bolivia, Paraguay y Argentina todos los medios materiales y el apoyo político, logístico y financiero necesario para su extinción. #AmazonasSOS”. ¿Ven desde ahí mis lágrimas?

Es todo tan dramático, tan urgente, tan simple y recortado que es casi una pena que nada de lo que cuentan estos señores que nos gobiernan sea verdad.

¿Por dónde empiezo? Quizá lo más fácil y evidente: la foto con la que el Napoleón de Aliexpress quiere concienciarnos del horror. Es una foto de archivo. Su autora, Loren McIntyre, murió en 2003 con 86 años, lo que hace extremadamente difícil que se trate del incendio de este verano.

No es que no sea una tragedia que arda el Amazonas, desde luego. Pero no es “una crisis internacional”, aunque solo sea porque no es excepcional, ni en el espacio ni en el tiempo

Pasaremos de puntillas sobre la metedura de pata a rosca de nuestro presidente, ofreciendo su ayuda a dos países -Argentina y Paraguay- que no poseen ni un centímetro de selva amazónica. Porque, bueno, es Sánchez, nadie espera otra cosa del alivio cómico de nuestro panorama nacional, presidente por nuestros muchos pecados.

El pulmón del planeta. No, en absoluto. No produce el 20% del oxígeno del planeta. La principal fuente del oxígeno de la Tierra, con holgada diferencia, es el plancton marino. De hecho, la selva amazónica, como habrá adivinado cualquiera que recuerde lo que nos enseñaron en el cole sobre las plantas, consume casi tanto oxígeno como produce. Se calcula que la aportación neta de todo el ecosistema amazónico al total de oxígeno producido en el planeta es del 6%. Extraños pulmones son esos.

No es que no sea una tragedia que arda el Amazonas, desde luego. Pero no es “una crisis internacional”, aunque solo sea porque no es excepcional, ni en el espacio ni en el tiempo. En el espacio, es mayor el incendio que está devorando el África central. ¿Por qué lo de África no es “una crisis internacional”? La solución, más adelante.

Tampoco es excepcional en el tiempo: la NASA, que monitoriza estos incendios desde hace años, ya ha aclarado que los incendios amazónicos -o los del África ecuatorial- son habituales en la estación seca, que coincide con finales de agosto. No solo no es el peor que ha sufrido el área en los últimos años, sino que no parece siquiera superar la media.

¿Entonces? ¿A qué viene esta avalancha de urgencias y advertencias apocalípticas? Hay dos razones, principalmente, aunque se encierran en una. Empecemos por la menor: Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil es una de las bestias negras del globalismo mundial. Tiene el aborrecible descaro de pretender que Brasil es un Estado independiente y soberano y que sus problemas los arreglan ellos. Por eso los progresistas insisten en la responsabilidad de Brasil, y pasan por alto el incendio africano; o la responsabilidad de Bolivia, donde recientemente Evo Morales firmó decretos autorizando la quema de selva tropical en sus provincias orientales para liberar tierra para el cultivo. Pero Evo nos gusta.

El Amazonas es patrimonio de la humanidad, insisten, más que nada para avanzar la agenda globalista. Eso que tienes en tu territorio es MI pulmón, así que tengo derecho a ignorar las fronteras y las jurisdicciones y dedicarme tranquilamente a la injerencia.

Bueno, ese es en parte el juego del Cambio Climático, después de todo: crear una ‘emergencia mundial’ que haga absurdas las fronteras y odiosos los Estados nacionales. Pero frente a la fábula rousseaniana que pretende que nuestra civilización es el cáncer del planeta que destruye los lugares prístinos que los indígenas trataban con exquisito respeto, quemar la jungla -evidentemente, con menores controles o medios para evitar una catástrofe- era práctica habitual de muchas tribus amazónicas para abrir áreas al cultivo.

Pero, insisto, nada de esto es realmente importante, al menos no tanto como ese cinismo de nuestros mandamases, dispuestos a recurrir a las más burdas manipulaciones para justificar sus intenciones tiránicas. El mundo es representación, la foto es más importante que su contexto. Un oso polar famélico, un trineo sobre el agua derretida de Groenlandia: esa es la ‘realidad’ que mueve, aunque la población de osos polares haya crecido y el hielo en Groenlandia se derrita igual que todos los años.

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