Todo lo hacemos mal. De un tiempo a esta parte, la prensa del régimen multiplica hasta la saciedad los artículos que son mera excusa para sermonearnos, no ya en cuestiones de conducta pública o en terrenos especializados, sino en las tareas más íntimas y personales.

Una pensaría que una seña característica de un país democrático sería una población adulta especialmente madura. En una monarquía antigua o en una dictadura siempre hay la insinuación de que el gobernante es de algún modo ‘padre’ de su pueblo, lo que inevitablemente llevaría a infantilizar a los súbditos. 

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Pero la paradoja es que en Occidente es sólidamente democrático, solo hay democracias, y creo que pocas veces en la historia ha debido de haber una población tan pueril, caprichosa y dócil al mismo tiempo, tan dependiente de sus ‘mayores’, tan acostumbrada a que le digan lo que tiene que hacer en cada momento. Ese pueblo de supuestos ciudadanos iguales que se gobiernan a sí mismos acepta sin protesta que las élites se metan en sus actividades más íntimas para decirles lo que tienen que hacer. No solo el gobierno, que no es lo mismo que el poder, sino todos los que están arriba, desde empresas a medios, de la Academia al estamento ‘cultural’.

A la gente no le gusta que lleguen a sus barrios tipos llegados de culturas muy lejanas a base de forzar la frontera -lo que no es exactamente un indicio de probidad cívica-, ni que en el colegio enseñen a sus hijos pequeños a ‘explorar su sexualidad’ y plantearse su orientación sexual con 5 o 6 años, por poner solo dos ejemplos de bulto. Pero calla, achantado por la acusación de fascismo troglodita.

Sin embargo, estos son, como hemos dicho, asuntos de peso. No es menos irritante -por humillante- esa lluvia fina y ya imparable de leccioncitas que nos dan nuestros ‘mayores’, como si quisieran reglamentar nuestra vida con una precisión que podría verde de envidia a Pol Pot.

Solo de estas últimas semanas:

Ya ven, no damos una; no sabemos ducharnos, ni ir al baño a las actividades más íntimas, ni dormirnos a la hora que debemos, ni cepillarnos los dientes, ni desayunar, ni comer, ni formar una familia, ni manejar cualquier aparato, ni siquiera uno tan sencillo como un cuchillo.

No todos estos sermones de Srta Rotternmeyer son iguales: algunos son perversos y ocultan una clara agenda ideológica; otros son meramente ridículos y humillantes. Pero todos delatan una mentalidad controladora y arrogante, el concepto tácito de la ‘chusma’ como unos niños que se harían daño si no siguen en todo los consejos de quienes saben. 

Es la tiranía del experto, más insidiosa que la de cualquier sátrapa totalitario. De hecho, ¿puede haber algo más ‘totalitario’, en su sentido literal, que un régimen -olviden que no se trata de algo ‘oficial’; eso es indiferente- que te dice cómo debes ir al baño?

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